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Nueve del siete (del siete)

por Alejandro
miércoles, 04 de noviembre del 2009 a las 08:35
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Han tenía la vista quemada por tanta maravilla de golpe. Su terraza era susceptible al brote de un blanco nevado, y eso que él había vivido mucho tiempo en países con capitales donde cosas como la falta de gas y de petróleo y el clima debajo de cero formaban parte de sus postales y de la tierra.

         Han no podía creer, se sentía por encima de la ubicuidad, un asombro bastante común para otro oriental encapuchado; pero en alguna Buenos Aires más panzona, quizá se hubiera podido comparar mejor: Los ojos de Han estaban completamente empachados producto del espectáculo invernal y no estomacal (espectáculo solamente interior, por supuesto)

         "¡Esto no puede estar pasando acá!" se decía a sí mismo en un perfecto castellano contemporáneo: “vieja, esto es una masa, mirá como nieva”. Y cotejaban los parientes de Han alguna tarde neoyorkina con el insólito día de la Independencia. Argentina es una barbaridad y no hace falta tener los ojos redondos para darse cuenta.

         Han se pasó la tarde viendo como los cables que atravesaban la terraza iban mutando en piolines para atar el matambre. En la casa tenían una enorme ventana al costado del horno, que daba las noticias realmente necesarias. Si bien no acostumbramos, acá, nosotros, a valorar más de diez minutos algo novedoso, un prodigio honorable que nos dice: "todo algún día nos llega, incluso sin movernos de la ciudad" Han estaba transferido, olvidado. Recuerdos acompañados con mate, rosquillas y un buen plato de arroz; un sillón muy cómodo desde el cual podían contemplarse mejor los travellings ligeros de cada gota congelada.

         A eso de las seis y media, los rasgos de aquel atardecer inesperado empezaban a borrarse por el acoso de una noche que a nadie pretendía, excepto, por supuesto, al amor perdido del frío blanco. Han quedó consternado, rúbico, somnoliento; pero el sueño estaba en otro lado, estaba en este cielo nuevo y lleno de glóbulos blancos desenfrenados cayendo como si pertenecieran a un cuerpo inmaculado, a un ángel recostado sobre las frías calles y veredas, sobre el patio y las sogas con sábanas que se veían desde la ventana de Han como fantasmas dándose una ducha bien caliente.

         Acompañar esta mancha invisible otorgando un pelo a Buenos Aires, parecía que el tiempo le pasaba más rápido. Se estaba volviendo canosa; y el obelisco por fin se daba el gusto de tener esperanzas para dejar de ser un simple y enorme crayón que apunta al cielo con la intención de dibujarlo, de rayarlo, escribiendo algo que valga la pena. De mástil podía también ser que sirva ahora que se estaba gestando y desde los aires una bandera blanca y flameante que profesaba la paz de arriba, el espacio mismo cultivando una ropita en cada pájaro y en los muñecos (por más que sean y no tengan frío); horarios con zanahoria y la derrota del agua como tantas veces la vimos caer en los autos y en los paraguas. Lluvia silenciosa que para Han ya era el nombre que iba a llevar algún día su propia verdulería.

         Y se presentó, esa canción inexistente, porque acá nunca se había hablado de ésto; ningún artista puso la mirada nunca en esta cosa nueva para nosotros que bajaba del campo celeste. Apresurando sus ideas, sobre pronósticos infiltrados en la provincia, Han tomó la cámara y filmó quince minutos. Entraban en los planos ventanas y puertas, además el padre, la madre y su hermano menor; pero la protagonista se merecía de fondo durante todo este tiempo verdaderamente diegético.

         La conmoción se instalaba definitivamente. Reinaba muchísima alegría banal y sincera tal vez. Los cachetes colorados, bien cubiertas las pantorrillas (va, todo en general, para que escribir con tanto detalle) El gorro de lana con la insignia "Hasta la victoria..." Siempre aplastado en algún cajón de la casa y ahora tan buscado y raído, causando furor en la moda (modelos con el Che en la cabeza, increíble belleza interior)

Se da una particularidad heroica cuando se ve tanta gente levantar sus brazos en situaciones como ésta, donde todo concuerda mejor desde la cima de un corazón helado a punto de estallar en regocijo y plegarias mirando a la tierra. Gente que busca y encuentra; algo le tiene que caer. Una vez Han había compartido con un amigo, Wong Tsu Tsuki, medio millón de dólares, antes de que un rayo los partiera en medio millón de pedasos (en este tiempo fue también que se los gastaron en comida rápida) La plata había caído, decían, porque a alguien se le daba por hacer magia esotérica gratuita. Sin embargo a Han no le parecía que esto llegara a convertirse en un acontecimiento milagroso y menos que la gente frecuentara el esnobismo en seguida. La nieve ya no formaba parte solamente de la tapa de su cuaderno. Puso sus manos un rato sobre la estufa y salió recién a la vereda cuando todo, incluso los autos y las calles, quedaron sepultadas en la que para muchos era como hablar del día de la cocaína (pobre nieve, que tendrá que ver)

         Han concebía la idea imperial de hombres con los pies sobre la tierra y monstruos con las narices sobre la nieve (él era muy chico, por supuesto la idea provenía del padre); mujeres y hombres también con las cabezas entre la niebla y hermanos con los ojos en el horizonte; amigos con el corazón inseparable y presidiarios con las manos en la arena (imaginar que llegan a hacer un pozo bastante profundo, por ejemplo, si no no sería noticia del verano)

         A pesar de lo ineficaz que se sentía para proyectar una bola de nieve perfecta, Han hizo su aparición en el escenario con muchísimo valor y divergencia frente a los que estaban haciendo las mismas cosas y guerras por el estilo. Dio varias vueltas manzanas, silbaba una melodía diferente por cuadra que transitaba, logrando la apoteosis final con la cara ubicada en el escalón más alto que tenían estos nubarrones especiales.

         -Quién diría- le decía Han a un viejo hombre que paseaba junto a su pequeño caniche (que además miraba cómo un siberiano comprendía lo que era estar aclimatado)

         -Dígame señor, por qué nieva por acá, hace cinco años que estoy en Buenos Aires y nunca vi nada parecido

         -Yo hace setenta y dos años, tampoco, así que si vos estás asombrado...

         El hombre no se detenía pero caminaba muy despacio y la conversación que mantuvo con Han se desplegó, por cierto sin mucha animosidad de parte del señor, pero confluían sus opiniones al fin de todo el trayecto en algo muy similar y que tenía que ver con el orgullo, no ese orgullo fatuo y entubado en un solo país, el de sentirse orgulloso por ser argentino, canadiense, albano o yugoslavo; era algo más universal y tenía que ver con la misma naturaleza, con una especie de regalo provisorio, especie humana, especie de concretar quién será elegido para que le caiga un rayo, un tsunami o unos cuantos copitos de nieve.

         -¿Cómo te llamás?- le preguntó el hombre cuando se estaban por despedir. -Han-, respondió éste, con una sonrisa enorme y cualitativa que provenía de oriente (no todo lo de ahí es tan berreta)

         -Mirá Han, no hay nada más cercano a la idea de Dios que la propia naturaleza: Castiga, Regala, te Salva, nos Salva, y nos pone caminos por delante, y todo esto es lo que me termina pareciendo muy extraño porque yo, y te soy sincero, no debería recibir absolutamente nada de nadie Han, para mi Dios es un castigo de la naturaleza y lo encierra entre todas estas cuestiones que no dejan de ser subversivas cuando me meto dentro de mi casa.

         -Me parece que usted ha hecho muchas cosas malas en la vida señor, por eso no puede disfrutar de toda esta maravilla, aunque yo pienso en la gente que vive en la calle y caigo con usted, en la misma idea.

         -Hice cosas que seguramente Dios no las ha podido mirar Han, si no, es difícil que hoy estuviera hablando con vos.

         -Sin embargo el tono de su voz, suena a hombre bueno, y en sus ojos, también encuentro una vida llena de acciones justas y considerables.

         -Es el idioma Han, que esconde muchas cosas. Ya vas a entender mejor algunas cuestiones sobre códigos lingüísticos, tenés que progresar bastante; y considerable Han, es una palabra muy grande para usar cuando estés interesado en elogiar a alguien.

         -Pero señor, ¿Qué hizo usted? ¿No es éste un país de gente buena?

         -Si hay algo realmente universal Han, es gente de todo tipo y atuendo. La conducta Han, de cada uno de nosotros, serviría para venderle planetas con paletas humanas al por mayor a cualquier indígena espacial. Imáginate todos los histéricos e histéricas solos en un mundo y lanzarlos a una órbita bien lejana.

El hombre soltó una pequeña carcajada media reacia.

         -Qué dice, no entiendo nada, lo importante hoy es que es el ¡día de la nieve!- dijo Han volviéndose a entusiasmar.

         -El día de la Independencia querrás decir, yo habré abusado de no depender de nadie más unos ciento noventa y siete años. Así que me considero (vos que me hablabas de considerar) parte íntegra del espectáculo.

         -¿Tanto tiempo señor, vivió usted? dijo Han con su pobre inocencia (y no se sabe bien hasta que punto se podría considerar)

         -No tanto, respondió el hombre, y continuó diciendo

         -Han, si te ponés a dudar quién te dice cuántas veces podrá uno renacer, o la gastada de un amigo que al menos sabés de donde viene. Tengo muchos prejuicios Han, pero tus preguntas, tan simples y eficaces me sirven para darme cuenta de ello. Debería dejarlos algún día, pero no sabés cuánto los necesito. ¿Entendés que mi perrito y los prejuicios es todo lo que me ha quedado?

         -Pero, ¿Su familia señor? ¿Dónde está? Yo ya soy un chico grande y lo voy a poder entender.

         -Mi familia ya no me quiere Han, no me quiere Dios, me va a querer mi familia.

         -Pero ¿Dónde está Dios? ¿Cómo sabe que no lo quiere?- preguntó Han indignado por el camino que había tomado esta conversación

         -No estuvo nunca Han, ¿No es una prueba concreta de que no me quiere?

         -Hay personas que siempre estuvieron y sin embargo no nos quieren, no creo que sea prueba suficiente. Además es la única forma, me parece, que tiene Dios de proyectarse frente a uno, es decir, si no, no tendría sentido un verbo tan importante como el de "creer"-. Han intentaba mostrarse como una persona que podía ofrecer consejos y puntos de vista, desplegando un costado suyo muy filosófico y que de verdad sabía que no lo poseía.

         -Ahí parece que cae más- dijo el viejo. -Por qué no te vas y te armas un muñeco de nieve Han, yo ya me meto adentro que está frío.

         Era la primera vez que Han mantenía una conversación con un sujeto grande y en otras tierras. Y la verdad no duró demasiado, tampoco la mentira o la farsa protesta que hacían algunos idiotas y viejos caminantes ornitorrincos al borde o la caída hacia el fondo de la locura y el genocidio. No quiero decir con esto que represento aquí un narrador que tiene la sospecha inmanente de que el hombre que se había cruzado con Han era uno de esos torturadores de la dictadura que todavía andan libres; pero como es difícil olvidar un pasado (aunque te lo hallan contado) tan terrible y sangriento y condenado a ser siempre un presente para recapacitar, debería decirlo: Argentinos, extranjeros, tened cuidado porque el nueve de Julio salen todos y la nieve no hizo más que recordarnos que tapar cosas con un color particular... (considero a la nieve como gotas de sangre de algún ángel herido rondando por los buenos aires) En fin, habría que encerrarlos a todos (al menos entre paréntesis) No se los puede estar viendo por todos lados con una libertad que espanta. Por más que digan lo mismo en cualquier lugar que se encuentren. Se deben usar para explicar, a fuerza de matices tautológicos, qué perversos llegamos todos a ser debés en cuando. Incluyo los hombres "considerados" libres porque siento que a todos nos irrumpe cierto tipo de maldad. La idea de vernos como si fuésemos un abanico de posibilidades y conductas heterogéneas se afianza constantemente. Han, al volver apresurado a su casa supo darse cuenta de muchas cosas y de que estaba equivocado en pensar todo como si fuera el universo una instancia de alegría y diversión eterna. Comenzó de pronto a surgir en sus ojos una mirada diferente que daba lugar a personajes oscuros y siniestros, personajes que a simple vista parecen, como decirlo, "del barrio", conocidos que nunca generarían algo parecido al temor. Nadie causa temor en realidad, sino más bien sus acciones y discursos, sus conductas que por más variadas que sean, yo creo que cualquier indígena espacial, como bien decía este hombre, preferiría exportar las suyas. Ojalá nos llevemos otra sorpresa similar a ésta de presenciar la nieve (blanco exterior, antagónico de la oscuridad interior) y sepamos darnos cuenta de cuántos modos el cielo está capacitado para llorar alegremente.     

 

 

 

Buenos Aires ajedrez

por Alejandro
miércoles, 04 de noviembre del 2009 a las 04:24
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Al doblar la esquina, estaba compenetrado, abolido en mi camino por un pensamiento viejo. Sin embargo marchaba bien lustrado y parecía obedecer una partida uniforme con mi ropa predilecta. Al doblar la esquina, algunos lo que hacían era tomar por indiferencia la llegada de una cuadra nueva, transitar a lo largo y en diagonal y levitando, como lo hace un alfiler ofensivo (que siempre lo es) echándose sobre las rupias confusas de una dama olvidada por sus caballos. Parte del plan hizo de la sustancia charco, enterrado bajo tierra también mojada; del tablero, algo inamovible, imposible de plegar, donde había que jugar hasta el cansancio y más aún después. El tablero se contraía en tiempos de crisis. Cercados con alambres punzantes, cuadrados de a pares desaparecían (por lo menos del mapa) y si quedaba por comer alguna pieza, ésta se digería imaginándose previamente todo el proceso hasta su desembocadura en el estómago. Pero la imposibilidad de llegar a formar parte de cualquier otro soporte estaba en los planes de mi destino. Al doblar la esquina, sabía que pronto doblaría otra y después otra. Así hasta llegar a formar un cuadrado, infinito como círculo paralelo triángulo rectángulo. Fronteras prefabricadas con pinos, mares, charcos o baldosas y monumentos a Gardel diseñados por indios y monumentos al indio diseñados por peones peculiares (es el caso de los que no comen) Tanto Buenos Aires, tanto baile; ignorancia pesada, torres que defienden esquinas y boliches; torres en otrora patentes de algún vehículo kafkiano. Tanto Buenos Aires me hacía, a pesar de todo, sentirme alegre y una carga preliminar de baterías para conectarme con la hoja de Cortázar y la pluma sobria, de veras muy sobria; tanta tarta y tinta consumida viendo Mayo o la avenida, para colmo, llevando damas y torres y caballos y peones ¿y para colmo? ¿Una reina infeliz porque sabe qué no es la patria? Y que tableros hay a patadas, a piñas, a prototipos para sonarse la nariz mientras miran el obelisco con un telescopio desde París. Ese fue mi pensamiento que ya no era viejo sino moderno. Al alfil se lo eleva y al peón se lo arrastra (nuevo) A la dama no tanto, a la reina se la cuida. Es que no me ayudan negando la cosa salvaje; por ahí en el teatro (pero hay que entrar en otro tablero) teatro tablero, torre de teatro, rey de teatro, flor de teatro (eso es en el truco, en la magia y en la prestidigitación) saltando por arriba de las terrazas y haciendo a la inversa de Papa Noel ¡Jaque! Un arma no es una flor, pero le pedía a mi cuerpo como mínimo que esquive una bala haciéndola pasar por un pétalo de color plateado y una Buenos Aires que tenga la esquina lo más lejano posible, derramando en torno a todo ese charco parasitario ulterior que conmueve con su llegada en masa y transforma el tablero; entre el abismo entre vivir sobre una tierra cuadrada bajo el seudónimo que se inventa por medio de una regla (el peón, así como la torre, no pueden moverse en diagonal, pero algunos ni siquiera pueden entrar) Oyeron al enemigo venir a Buenos Aires. Lo detectaron porque lloraba gritando ¡mate! ¡Mate! ¿de felicidad? Dícese del que gasta sin miramientos y el que va llamado ser viento con el papel blanco de la memoria; cultura inmadura de tanta carga horaria sin pastilla, tanto café con horario. Y hablando de las horas, que no pude vender en ninguna casa del once (y eso que las ofrecí todas juntitas, ordenaditas, sometidas dentro de un pequeño recipiente vacío llamado reloj) hablando con cualquiera podía darme cuenta de todo lo que se perdían, de todo lo que había por descubrir y jamás lo iban a tener en cuenta, las horas inmaduras metidas todas en un cuerpo adulto y vacío. Toda esa orbe de cultura que Buenos Aires tiene, inmóvil y para pocos, para tan pocos que saben pegar saltos sin ser unos caballos; reyes solitarios que van buscando aquellas oquedades de la sabiduría y el placer escondido bajo la clave del arte. En ese espacio solemne y vacío, lleno de piezas, damas dados y billares; en esa Florida hermosa y asquerosa, ese Lavalle hermoso y asqueroso, esa Corrientes hermosa y asquerosa. Hay que buscarlo, hay que buscarlo. Es bueno que la mente haga lo mismo que un colectivo, nos traslade pero parando cada dos cuadras a la búsqueda de un viajante inesperado y abstracto, dos cuadras y dos esquinas sometidas a treinta partidas y venidas de la torre (que siempre es la misma) mientras una reina inmóvil, sentada sobre las rodillas de un alfiler lujurioso (generando la envidia de los otros tres) contempla esta dimensión confusa en que se veía una parte del castillo retórico, convertido en una casa que vende celulares y entradas con descuento. Preferí hacer ceniza y lanzarla al aire como si vomitara una comida que había sido piedra o caballo. Al rato, un chillido muy visible, dibujando en el oído una melodía rechazada instantáneamente; abrí la única puerta que nos alejaba de todo cuerpo y permitía hacer de la partida una especie de ritual en el que participaban 32 piezas en una pieza más dos intelectos promovidos por la fe en la resolución de un problema que entretiene; y la movida (tan perfecta si tuviésemos una cámara en aplomo para mostrarla) quedaba suspendida en el jolgorio indeciso. Cuando entraron pudieron ser cómplices de una inextricable conversación mental a fuerza de corceles y nimiedades de peones a la casería; un Robin Trower fascinado con la pentatónica de Mi parecía excomulgar y recibir las lecciones de aquel sonido que había emitido el portal de madera. No hubo quejas, pensar en todas las jugadas obligatorias era suficiente para hacerlas pasar como un ángel, como la sustancia de un ángel blanco o negro, no importaba, no hubo quejas, se terminó en tablas y punto y aparte. Dividimos el honor y algunas galletitas que habían quedado sobre la mesa. La furia de cada pieza quedaba suspendida en ese horario matutino donde se ve una Buenos Aires con la cara dormida y mechas desparramadas sobre la calle y la vereda; pestañas amarillas que recogen el agua estancada de los años. El disco se detuvo con forma de mundo, el juego se detuvo con forma de Buenos Aires a la tardecita, cuando el sol se pone altanero pregonando la idea de que no todo está perdido. Un tablero perdido por el barullo y la incomprensión en que había quedado cada pieza, cada caballo mofado de su prolijidad para moverse, cada dama con su obligación de volver a casa cuando la oficina concluía dejando de ser un lugar causal festivo, cada torre que se cae producto del peso de tantos celulares en tantos bolsillos; cada peón vendiendo en el éxtasis la banderita de su querido país; cada alfil famoso de físico privilegiado haciendo de las diagonales un tramo final de una maratón enredada en un cuadrado; y cada rey, cada rey, cada rey, cada rey...vaya saber uno dónde podría decirse y vestirse cada rey

Historia de un hombre mayor

por Alejandro
lunes, 02 de noviembre del 2009 a las 07:07
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El señor O, de genero atento y sarcástico, consumado por la resoluta obediencia instigadora y presente en todo el recorrido de su ser, salió de su casa olvidando la llave a propósito. Su intención fue declarada más tarde por su hijo o minúscula cuando recibió la cita de un parlamento insólito que actuaba a instancias del castigo también para los que olvidan con intención, en un olvidado barrio en crecimiento (de gozar con entretenimientos televisivos).

         Sucedió lo siguiente: la familia fue atacada violentamente. Los ladrones se habían llevado hasta los imanes de la heladera, que parecían (en palabras de uno de los chorros mientras se los llevaba al bolsillo) "Pequeñas obras artísticas llenas de fogosidad que decoraban las frías paredes hogareñas"

         O minúscula sabía las intenciones de su padre, un hombre típicamente decadentista, artificial, una computadora que se revela contra su propio sistema. Mérito del hombre mayor, hacer todo el colapso de su vida una cosa dispar y entraba también la familia. Ese exceso de libertinaje estúpido y todos aquellos procedimientos irracionales que se complacía en hacerlos tangibles, en ciertas ocasiones como ésta, los estimulaba con o sin orgullo, perjudicando de todas maneras la seguridad de sus propios seres queridos.

         Lo primero que hicieron fue la denuncia contra él. Unas semanas atrás había hecho algo parecido cuando al irse a acostar, las ventanas que daban a la calle quedaron totalmente abiertas. La diferencia fue que en este caso él también se hallaba en la casa, lo cual nos hace deducir sobre su propia rotura de ilusión externa y auto desengaño.

         Se lo llevaron el mismo día de los imanes y no volvió a su casa nunca más. Pasaron años, casi diez, a pesar de que le habían dado solo dos. Él se decidió a patentar una nueva forma de vida totalmente opuesta a la anterior. Pero seguía siendo un esperpento, de vigencia ínfima, llevando la máscara sobre el cuerpo y el maquillaje en la ropa sucia.

         Los hijos, tanto o minúscula como la jota y la h (que era muda la pobre), decidieron un lindo día de sol y mansalva perdonar todas sus tontas locuras  y enviarle una carta de reconciliación. Por otra parte, necesitaban de su ayuda, porque la madre de ellos andaba mal y todo había empezado justo en el tiempo de su encarcelación. Eran diez años, la verdad, mucho tiempo; pero el dolor, mucho mayor y congénito, reclamaba la presencia de un antídoto humano y ese era O. Esperaban con ansia el cambio, que ahora al menos supiera dar cuenta de cómo fueron siempre las cosas y los sentimientos de la casta. Esperaban susceptibilidad a la transformación, que siga siendo un hombre revelado contra su propio sistema, por supuesto, un hombre MAYOR; lo importante era el hecho de que no causara daño en los sistemas ajenos.

         Nunca respondió a la carta, enviaron tres más a diferentes direcciones, pensando que podía residir en ellas. En un efusivo encuentro entre padre e hijos, luego de tantos años, aquellas letras volvieron a verse las caras. El hombre se disculpó por todas las ocasiones que lo habían llevado a servirse de esa manera; asumió sus problemas y de no olvidar, sino de ejercer a propósito los terribles poemas escritos sobre el destino de su puerta.

         -Miren, yo no he sido un buen padre, soy obsceno, me abstraigo muy fácilmente y me dejé engañar por la esperanza de que siendo padre mi vida se iba a cambiar por fin de tipografía.

         A lo que j respondió:

         -Es muy triste lo que decís, debería odiarte para siempre, sin embargo no puedo, sos mi padre y eso consta en los papeles. Es lamentable que no puedas cambiar de visión, que no veas nada en tus hijos que te provoque ternura o al menos, debes saber, que un renglón de felicidad le hemos tenido que dedicar a tu vida.

         -si, si y me disculpo con ustedes hijos, son lo que ahora ansío con toda mi alma tener. Pienso recuperarlos ofertando buena voluntad y predisposición, lo que se les antoje será otorgado sin ningún tipo de drama.

         Rencor, inventado, al menos para que O pueda salir del trance olvidado y permanecer en hogar. Su esposa se recuperó muy pronto y la alegría de a poco regresaba. Se notaba en el rostro de cada uno. Empezaron a tener visitas de amigos, parientes, hasta de vecinos que antes los odiaban.

         O mayor hizo las pases con o minúscula; lo empezó a llevar a ver Fútbol, a los recitales, y le traía debés en cuando un disco de Spinetta o alguno de Jazz; el propósito era otro y tenia que ver con la felicidad en sus hijos; muchos años haciendo muecas y nunca un mensaje hacia ellos para llenarlos de una vida intensa en el aprendizaje y el entretenimiento.

         Con el paso del tiempo, empezaron otra vez los problemas, esta vez de una envergadura más pequeña pero problemas al fin de todo. H tenía mucha envidia por j y la razón era desconocida. Nadie sabía por qué, ni siquiera h que solo decía tener aquel sentimiento y nada más, en realidad no lo decía, pero se podía ver claramente sobre la hoja. Varias veces intercambiaron diálogos fuertes, sobre todo si una le espiaba el novio a la otra, o si una creía estar menos mimada por sus padres. Por ejemplo, una noche que llovía bastante, se corrió la tinta sobre el destino que estaba sufriendo un hermoso vestido nuevo de J. Al parecer, h tenía que sacar la ropa a las apuradas y meterla dentro de la casa; pero había dejado tendida a propósito aquella prenda que tanto quería J y que usaba las noches de sábados con estrellas pintadas sobre los sueños de la luna. El vestido quedó desecho, irreconocible. J lloró bastante compensando con agua los maravillosos fines de semana que siguieron al hecho y en los que no calló ni una gota.

         Otro escándalo sucedió cuando el hermano de O mayúscula, trazó una línea sobre los hijos de éste. No quería olvidar, con el paso del tiempo, que habían sido sus sobrinos los que alegraban las tardes cuando lo iban a visitar, ya que vivía afligido, un sentimiento de miseria existencial lo evadía, y la soledad lo condenaba a quedar fuera del abecedario. Su hermano le había dicho una vez que le tirase un piropo a la M, una chica muy linda que frecuentaba los bares y las librerías de Cabildo; pero él no se animaba, le costaba emitir siquiera una palabra y los ojos no le bastaban para conquistarla.

         El escándalo, producto de aquella línea, surgió, pues, por la desconfianza que empezó a tenerle su hermano. ¡Me quiere sacar a mis hijos!, decía, cuando por fin vuelvo a estar con ellos para compartir momentos de regocijo. Esto no era cierto pero los celos de O se hacían cada vez más grandes, como cuando se comienza el primer párrafo del primer capítulo de la primera hoja de cualquier libro, independientemente de su calidad o el interés que alguien pueda llegar a darle a eso. Además O mayúscula, entre otras cosas, volvía al abuso de poder y su casa más bien parecía una pirámide flotante que levitaba; su ascenso tendía al poder infinito debido a la intención de alejarse cada vez más del renglón, éste le producía una sensación de encierro y pegocidad y falta de libertad y falta de "poder moverse", de poder mandar al que quiera y prescindir de los que intentaban desmerecerlo y sacarle créditos y oportunidades de volver a ser un padre, al menos, por otros cuatro años, cuando vecorta (su esposa) ya desde los ojos de alguien (es decir, desde el cielo), leyera todas éstas cosas sin poder contenerse, sintiendose aludida y compenetrada con la lectura hasta el punto de llevarse a "sus serifas en pañales" a casa de su madre la Z.

Lago de Parda

por Alejandro
miércoles, 28 de octubre del 2009 a las 15:08
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Las proporciones eran muy desafortunadas como para andar suponiendo que algo pudiera llegar a ser excesivamente lógico y evidente. Me parecía un rumor lejano; saborear la astucia no merecía ningún sentido cuando todos estuviesen en el mismo plato putrefacto. Realmente se estaba echando a perder. Yo miraba las estrellas y aunque el placer se hacía por dentro, no faltaba oportunidad de prometerle un canto elocuente a una noche transpirada y misteriosa.

         Porque era verano, a pesar de que resulta fácil darse cuenta que la estación deshidrata también ciertos hechos enigmáticos de una envergadura consecuente, producto de una causa diferenciada de las tantas que suceden a diario.

         La no costumbre, la no cultura invasión; películas y músicas que  recomiendan cinéfilos y melómanos, ofrecen toda una lista de sucesos, lugares y estados que da para poder hablar sobre determinados tópicos del llanto o situaciones que mejor serían vistas al ralentí (y solo por ese goce tan simple de que se quede más tiempo en pantalla). 

         Recostado, inmóvil, con la agilidad puesta en la contemplación y nada más (si a esto se le puede llamar una costumbre), espiaba cada una de las estrellas. El cielo parecía proporcionalmente más pequeño. Yo lo asimilaba desde la niñez a una bolsa plana que contenía muchos soles, muchas estrellas; también aviones y pájaros; y los árboles a veces, los más altos, pretendían integrarse al simposio estelar. Sus hojas (la de los árboles) me recuerdan a los brazos de las personas intentando rasguñar el pizarrón de la noche.

         Aquellas figuras formaban un lenguaje indivisible, una constelación brillante y otra nublada. Habría que esperar de ellas algún secreto paradigmático que sea capaz de demostrarnos por qué somos libres a pesar de conformarnos todos los días con el mismo cielo.

         Yo pretendía alejarme de aquellos lugares en el aire, concentrarme en la rutina y el atajo hacia un nuevo fin de semana; pero poniendo justamente la vista de cara al cielo podía lograr un retorno satisfactorio.

         No había forma de camuflarse entre los pastizales verdes y blancos; la luna era la lupa más grande que hasta ese momento conocía, la lupa de un ángel. Espiar, en ese momento, era una acción mutua. La luna ampliaba no sólo mi espectro, o el aluvión de almas encamadas con la mía, sino la superficie que supuestamente me sostenía sin dejar de ser un híbrido conmigo.

         Al cabo de veinte minutos, los invitados anclaron sus autos en Lago de Parda. Así se llamaba, o por lo menos eso decía en la puerta de la entrada a la casita que mis viejos habían alquilado ese verano. Yo también era parte de la visita, porque necesitaba descansar unos días, obedecer a parientes que recomiendan la costa como cita obligada para escapar del dilema y el abuso que el porteño hace con el humo y el calor.

         Me levanté, despidiéndome por última vez del cielo y sus reflexiones; guardé con ganas una variedad de presagios que irían a estimular por unos días mi imaginación.

         Saludé a todos sin conocer a nadie. Macanudos, felices y sin caprichos; equidistantes formaban un círculo de parejas de cuarentones.

         Mi padre se llamaba José y era el único que se disponía a prender el fuego. Yo me parecía bastante a su carácter. Sus ojos eran aún más grandes pero se agotaban más rápido que los míos. Me llamaba la atención su costado más caótico porque me servía para reconocer mejor en las demás personas cuándo y cuánto tiempo variaban los diferentes estados como el de paciencia o antipatía.

         Todo había sido propuesto en capital. El reencuentro luego de tantos años de amistad. Ya todos casados y con hijos menores y adolescentes. Volverse a juntar para conservar el recuerdo, más bien para recuperarlo puesto que la memoria, después de todo se los termina robando, y pensamos que sólo estamos con varios presentes, al desnudo, estafados por nuestro propio intelecto.

         Egresarse con chicos, hoy verlos hombres y mujeres. El hastío del tiempo nos quiere atrapar ya fuera en días o  noches, sin embargo nos alejamos unos, y otros se acercan a un proyecto tan particular y diferente del nuestro.

         Mi madre se llamaba Maite, la reunión era por parte de mi padre pero se la veía contenta. Hacía relaciones con todo el mundo, algo que pude heredar de ella aunque a veces debo confesar que me paso de la raya y la relación la termino haciendo con el mundo en sí mismo como forma natural y prosaica.

         Me cuesta bastante mirar a los ojos, el espejo satisface mis limitaciones, pero siempre recaigo en la mirada de ella para saciar mis dudas existenciales. Su rostro involucra el mío también; puedo ver entre el vaho de la vida las cosas tan irregularmente que me incita el análisis propio en mis padres. Ellos tienen la gama de rasgos que dieron un color tan opacado como el mío. Sin embargo la simpatía empareja un poco la balanza de una personalidad que va pesando cada vez más y promete asumir un precio relativamente social.

 

         Trato de no entrar mucho en detalles porque lo que en verdad quiero contar radica principalmente en lo ocurrido a la vuelta, cuando todos estaban de nuevo en sus hogares. Es una aproximación que dije y que tuve, por así decirlo, hacia uno de los amigos de mi padre.

         Nos enteramos tarde, casi una semana después de la reunión en la costa. El tipo desapareció sin aviso; por momentos creí que una broma tonta había sido la encargada de negar un secuestro o una discusión con su esposa.

Se llamaba Ricardo, me acuerdo que de todas las personas ese día presentes era el más humorista, el que ponía la voz por encima de todos. Haciendo muecas casi horribles, se deleitaba contando anécdotas sobre negocios clandestinos y judíos entrenados en el ejercicio del ahorro eterno. Recuerdo haberme cansado de escuchar tantas boludeces. Hasta mi viejo sentía curiosidad por frecuentar otro tipo de charlas. El instante iba siempre prefigurando un eco de salida, pero aquello era sólo un deseo eterno en ese momento.

         Recuerdo que, no viene al caso, sentí aprensión pero de golpe, porque estaba concentrado ya en mis temores acerca del destino; debía cuidarlo mucho, a pesar de que lo había dejado por un rato de lado, sin registro ni papeles en orden.

         Este hombre, volviendo al caso, seguía hablando y hablando y su esposa se moría junto a él, enferma de placer y ensoñación alucinógena, producto del vino más el asado.

         Y qué relación hay entre la desaparición de Ricardo y su risa desgarradora, cómica y brutal para los oídos con ideales de nostalgia. Pues, hay bastantes. Hoy se sabe poco sobre el caso. El otoño cubre los detalles que implican la deducción de asuntos tanto cotidianos como policiales; con la corteza de los pequeños apuntes, el logro de escarbar pero encontrar, a pesar de quedar con las uñas llenas de tierra y lugares habilitados para no buscarlos.

         En primer lugar Ricardo era el más grande de todos, contando los hombres y las mujeres. Había repetido dos veces, de esa manera llegó a formar parte del grupo en el cual conoció a mi padre y a los demás compañeros. Es un dato menor pero se hace ostentoso, para exagerar un poco, cuando se advierte que el cigarrillo (y me era posible saberlo hasta cierto punto) era su herramienta de manipulación más explícita sobre la mesa. Como un animal que marca el territorio de todos mientras que el suyo lo rechaza con el incienso de un árbol moribundo. Evidentemente los impulsos que rebosaban de su capacidad biológica lo asemejaban a un hombre con el instinto heredado. Le pregunté a mi padre en voz baja. Me lo confirmó más tarde, cuando ya no quedaba nadie en Lago de Parda.

         Un hombre que fuma y bebe, y se traga hasta el mismo sustantivo de gula; pero que antes de evaporarse manda un mail a todos narrando una escena dolorosa, repitiendo cuarenta veces la palabra llorar en rededor de querer, desear, añorar; y firmando y aclarando que el cigarrillo y el humor destruyen los pulmones ya sea por humo o por risas.

         ¿Acaso no deberían estar en la mira de las sospechas todo el grupo de egresados del 72`, además del suicido casi anti-premonitorio que me ofreció aquella noche la personalidad de este sujeto? O los amigos que construyó a lo largo de su vida. ¿Acaso mi padre, mi madre?. ¿Acaso yo no seré culpable de una desaparición que se instaló a nivel nacional y desbordó, a su vez, el tamaño esperanzador que sus parientes pudieran llegar a poseer? ¿No seremos también culpables todos cuando alguien interiormente suele cotejar diferentes apariencias y, a pesar de ello, decide quedarse con todas (ya sean dos o más) utilizándolas como forma de vida y valga la redundancia con la posibilidad de no poder algún día llevar a cabo un examen autobiográfico verosímil?

         Durante el día no puedo emular los pálpitos que mantienen en coma y luciérnagas a las estrellas. Tampoco suelo llevar mapas, no los necesito; los rayos del sol alumbran cualquier camino. Pero sí puedo deducir y confesarme del otro lado de la ventanilla, que Ricardo es un personaje creado para ser de nadie. Se ofende seguido, porque sus proporciones son confidenciales y se lo ha visto además varias veces en la costa de lágrimas contando chistes horribles. La desgracia le ofrece un asiento en otra de las tantas reuniones inoportunas.        

         Me levanté, ahora si, con la noche de mochila y los cuadernos de poesías anclados en mi cabeza. La Luna inmensa era vestigio de un crimen perpetuo. Yo Prefiero, y no lo dudo, las historias que flotan en el aire; pero en Lago de Parda, por lo visto, parece que siempre hay oportunidades para bañarse con ingenio, sin la ropa de la soledad

 

 

Inacabados

por Alejandro
martes, 22 de septiembre del 2009 a las 08:12
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Esta vez pude lograrlo sin aquella necesidad de andar buscando personas que usen horas como si fueran elementales para detectar algún aspecto sórdido en la mañana. Esta vez logré mucho de lo que antes parecía ser una capacidad. Había cosas interesantes también; en otro caso hubieran podido ser aceptadas como válidas. Siempre recordemos con la misma dignidad. Abuso de razón, tal vez; pero no menos determinante el hecho de ser y triunfar acotando discursos hinchados y para el uso evitable de vivir hablando inacabado.

         Le preguntamos cómo lo había hecho, cómo se había conformado con aceptar de entrada una propuesta tan arriesgada. Porque no sé cuando y no sabemos dónde se ve una cosa parecida, algo tan confuso de interpretar; llegar afuera, buscar entre nieblas y la repisa llena de lapiceras con tinta inacabada

         Y cuando el momento preparado, o mejor aún, esperando junto y cerca de ese espacio que si usa las horas y sólo aquella oración decisiva se va terminar llenando de algo profundo, indignante o no, levantamos entre todos una carretilla de ojos que instalaron el rumor en la mente concretada. Pero quieran aquellos oír lo que dijo que contenía, claro, cómo lo había logrado. Primero decirlo, y segundo, la maravillosa acción que estaba en cuestión.

         Empezaron todos sentados porque resaltaba más la imagen que iba a dar en unos instantes. "Lo que haga está directamente relacionado con lo que voy a ir diciendo".

         Mientras comentaba cómo iba a ser su manifestación olvidamos por completo de dónde proveníamos, si éramos niños oyendo a la abuela o muchachos a punto de iniciarse en una aventura narrativa psicofísica inacabada.

         Entendimos un poco, no del todo, y la masonería dentro de un recipiente con poca luz y alejada un poco de la ciudad parecía que en cualquier momento se iba a desbaratar y los miembros, o sea nosotros, terminaríamos ocupándonos de asuntos rutinarios, prosaicos, aburridos, inacabados.

         Pero con ese poco le estrechamos la mano, tan arrugada, tan fabricada con amor a patadas. Una sonrisa repentina se detuvo en su rostro calcado al mío; la firma que registraba nuestra respuesta frente a semejante logro individual y que pronto sería considerado un legítimo ritual. De ahora en más ¿quién podría quitarnos el lugar de oyentes agitados, conmocionados, inacabados?

         Le pedimos de rodillas que repitiera todo antes de irse, no era difícil volver a hacerlo, de cualquier manera nadie jamás nos podría quitar ese conjunto de satisfacción que fue moldeando el alma, por lo menos la mía, que tanto anhelaba la impermeabilidad, que tanto buscaba refugiarse bajo el derroche de tiempo de una tarde inacabada.

         Los que seguían sentados (algunos escaparon por la puerta del fondo que estaba más escondida que ellos) me miraron. Estaban atentos. No comprendían absolutamente nada, no derogaban su voluntad a cualquiera y yo podía haber sido la excepción (hasta el momento la solución quebrada con vozarrón estoico), única forma entronadora y meticulosa sobre sobres de remitente vencido. Aburridos amigos conocidos por la manera de fugarse toda la noche para corregir un código postal antiguo que tiene la dirección de una iglesia presbiteriana. Un domingo con voluntad nada más que ajena, esperando ansioso recibir el mensaje y la sabiduría obnubilada prevista para lograr una vida inacabada.

         Oigamos como canta este tipo, ahí parado, haciendo propuestas obscenas y calificadas aún sin causas o palabras comprensibles. La ronda era cada vez más estrecha hasta que el de Itatí le puso punto final a esta barbaridad de gente inmiscuida en el ruido filosófico, ostentando el goce impío y manifestándose en contra del sistema basado asado sal y carne individuo a la parrilla hasta la última leña y ojera fuera de una tarde (debo decir inacabada por la regla pero no puedo, sería demasiado sufrir) un patio y un tramo de pasillo soleado, incluso en las horas para prender la luz, el crepúsculo que lleva la manzana dentro suyo.

         Quedábamos pocos pero seríamos hipócritas diciendo que seguíamos pensando, como al principio, que disfrutábamos el hecho de escuchar un cuento ya dicho y hecho tantas veces en los tiempos; era mejor tener una experiencia más personal con las hojas que no resultan tan superfluas cuando se las tiene delante de la nariz, pues está comprobado que los casos en los que han entrado por las orejas, el receptor empieza a experimentar otro tipo de sentido y la convulsión del mensaje se hace mayor (esto sería bueno, tal vez) y así se termina por comprender otra cosa en tono más "de un alma" Para la mayoría, sin embargo, aquí se daba su mayor expresión inacabada.

         Hoy estoy soy en otro lado, sabiendo que no todo es tan grupal y que la culpa se la lleva siempre el que ha ideado una reunión en beneficio propio. El de Itatí me llamó el otro día y me dijo que estaba orgulloso de haberse quedado conmigo hasta el final, porque eso le sirvió para comprender todo con mejor cautela, que habíamos caído en un trance de conciencia eterna internados ondulados untados sobre la tierra que se pega al crimen y al abuso de un pobre trabajador que busca su lugar en ella. No tengo tiempo para decir en realidad todo lo que tengo pensado buscar de ahora en más. El séquito de aquella tarde no tenía para nada que ver con la sensatez de hombres y mujeres que se juntan para conseguir un laburo inacabado. Todos sabían lo que buscaban y que así como algunos tienen su pala, su micrófono como herramienta, aquí se ponía en juego la persuasión, elemental para venderle un producto a cualquiera. Yo necesitaba cualquier cosa, por eso me había quedado hasta el final; pero algunos verdaderamente querían al oficio e hicieron una prueba con sacos lapiceras o cualquier cosa. Había que vendérselos a cualquiera, nada más y nada menos eso era lo que proporcionaba una buena calificación; y la verdad, pelearse con estos tipos no tenía importancia, después de todo nosotros habíamos asistido sin que nadie nos pusiera un arma en la cabeza. Pero siempre se termina descubriendo gato encerrado en todo aviso pequeño e interesante de diario respetado, algo de sin vergüenza, de ladrón inacabado.

         Después, cuando pensé porqué había ido con tanto entusiasmo a compartir una rueda de piedra sobre la base de consignas aceitosas, dudé verdaderamente de mí como ser capacitado. Dude mucho y sólo lo hice para poder retomar el camino más o menos de la infancia. Otra vez la búsqueda de lo cotidiano, mi corazón era como un radar pero rojo y no perderme de vista, además de seguir algunas otras cosas y mujeres (así en la tierra como en el cielo) tenía que ser, seguramente su principal función (inacabada)

Yo salí después que el de Itatí, no se che, para que carajo había entrado, lo cierto es que ahora salía comprendiendo bastantes oportunidades que mejor no obviarlas, como si seríamos máquinas que para todo sirven. La verdad, somos muy limitados, eso nos hace más humanos que nadie, el gran problema es que nos negamos a aceptar nuestra ruina para colaborar en lo que no tenemos idea de cómo se hace sin darnos cuenta que aquí, optando por esto tendríamos un beneficio inacabado.

         El de Itatí me dijo, antes de entrar, mucho antes cuando hacíamos la fila para entrar al "infierno" (no es un boliche, sigo hablando de este paradero de llamadas inacabadas para gente de cualquier tipo de raza acabada inacabada, a punto de acabar o de llegar a formar parte de la naturaleza) y me lo había dicho bien clarito: "vamos a entrar, vamos a entrar y encima estamos orgullosos"; pero yo no le di ni cinco de bola, quería escuchar, quería aprender, ofrecer, pulular, olfatear, husmear, observar y conquistar el ofrecimiento con una buena melodía de propaganda estúpida dedicada a la hermosa generación del siglo veintiuno.

         Para qué seguir hablando, es que intento ser inacabado y me confundo, me acuerdo esto de los límites humanos que ya se me iba olvidando de nuevo. Debí haber imaginado que salir al cielo se podía haber inmiscuido con su antagónico. Para nada, por supuesto, adentro era para salir peor, salir solo a alguna terraza del infierno, pero siempre quedar encerrado dentro de éste.

         Sería mucho pedir que de ahora en más nos deban llamar "call boys" o mejor dicho, debamos llamar nosotros a todos y venderles cualquier porquería. Queremos dejarle la casa llena de basura, que la sustituya por cuentos y cuantos poemas o cualquier cosa que le sirva para aprender algo. La divina tragedia, escrita por Dante, un muchacho que vive en los juncos aledaños a Mataderos y tiene una banda de cumbia guerrilla, es una excepción que hacemos, porque éste material se lo regalamos si compra un set de peluquería para llevar en el bolsillo, o si compra la colección de discos verano 2040-49, que pronto saldrá en los puestos de diarios a un precio muchísimo más elevado del que nosotros le ofrecemos. Me parece que sigo sin comprender lo de Itatí, me entusiasmo y enseguida tengo la necesidad de vender algo a los gritos; por favor, disculpen, las molestias serán inacabadas.   

 

La vida de Brenda

por Alejandro
martes, 22 de septiembre del 2009 a las 07:54
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La vida de Brenda podía comerse toda junta, como si fuera un bocado de chocolate de menta. La vida de Brenda era deliciosa y efímera y quedaba ese sabor mentolado durante un tiempo en la boca rumiante. Por ejemplo, si se conservaba ese frenesí para llevar a cabo toda la forma de proyecto y obsesión antes que nadie, en el preludio de su vida, cuando ya se podía prever que lo que iría a dejar, con el paso de los años y los dientes blancos como tabletas recortadas de chocolate, era justamente ese maravilloso aliento en el aire que nos da ganas de tomarlo para salir adelante. Ese placer inmaterial en el que se había convertido la vida de Brenda no era más que siempre debilidad por el postre. Todas las pasiones cercanas a la simpatía y también al rechazo (si comparamos aquel cumplido rico sólo poseyendo una dentadura privilegiada). Porque la vida de Brenda dejaba sus marcas a largo plazo. No estaba nada mal comerse una vida de Brenda, pero comerse dos podía traer problemas importantes para la salud o para todas las apariencias juntas o derramadas sobre la mesa.

         Una vez la Nancy pasaba por encima de la tan y tan ansiada esperanza de conseguir el préstamo para el departamento o al menos para conseguir un simple cobertizo. Iba caminando pobrecita con su carita media triste, pisando sueños de ser una chica grande con futuro; hasta que se encontró con la vida de Brenda. La levantó la miró un poco la palpó la dio vuelta y la contempló por un largo rato.

-“Qué vida tan delicada” -dijo la Nancy. –“Parece tan deliciosa, me la llevaría de una a la boca, pero prefiero mejor guardarla. No quiero al fin y  al cabo quedarme sin techo ni comida”.

La vida de Brenda quedó resguardada en el oscuro y profundo bolsillo de la Nancy.

         La vida de Brenda y la Nancy iban juntas ahora por una causa tan simple como era la del encuentro casual y repentino. El sabor y el instinto discreto que tiene el hombre (en este caso la mujer) de llevarse una golosina al cielo bastante antes de que sea catalogada de golosina

         La Nancy cerró los ojos y contempló una vidriera diferente y cuando salió apurada de vuelta en busca si se quiere de sentido o comprensión por el oráculo de la casualidad, halló enseguida otra forma de relacionar los por qué con alguna buena razón para contestarlos. Sacó la vida de Brenda y se la dio a un niño que pasaba mendigando, pidiendo una monedita para poder comprarse algo.

         La Nancy sabía lo que tenía que hacer porque no había otra causa que le impidiera dejarse llevar por una buena intensión. La vida de Brenda siguió pasando de manos a manos inmaduras; otras no tanto (a veces hasta las de un animal) Pasó por mucha gente porque realmente nadie quería llevarse a la boca una verdadera hostia hecha de chocolate y menta, posiblemente construida a partir de la creencia divina y oscura de endulzarse la barriga de más y no compartir el alimento cuyo propósito devendría más tarde en sentimiento y así en soledad. Por eso todos conservaban hasta cierto punto la vida de Brenda y la iban trayendo, regresando, obsequiando, prestando, conjugando o delegando al poder siempre conveniente por una buena causa.

         Ya se hacía tarde cuando la Nancy llegó a decirle al pobre hombre que vendía numeritos todo lo que sentía desde antes, un rato antes, parada sobre sueños y una dulzura en forma de moneda verde. Le contó todo de una pero, igualmente la charla duró bastante y la vida de Brenda por primera vez no formaba parte de la cuestión en sí.

Su importancia quedaba al margen de la inocencia, puede ser, dos personas que no tenían esa fuerza para enfrentar al mundo y si pasaban y no se quedaban, pocos se darían cuenta. A nadie le importaría y aunque ahora estaban y seguían enumerando desgracias, tantas por acá por allá y por debajo, y el de arriba que no se las resolvía. No caían en el oprobio por algo: La vida de Brenda (un numerito más ahora) era la que en verdad había bajado para solventar sus implicancias en el destino de otro, en beneficio del otro. Una cadena que había empezado siendo de chocolate y con el tiempo se transformaba en acero inoxidable, uniendo por el solo placer de transmitirle al que sigue menos que una palabra, menos de un gesto: La vida de Brenda, tan dulce, tan ceremonial, tan callada y redonda; tan madura aunque por dentro se viera verde como la uva en los Parrales del invierno, como las esmeraldas y como las plantas que conservan con toda su arrogancia la miel de la sabia.

         Así se veía la vida de Brenda cuando pasaba de vida en vida. La Nancy la había tenido dos veces y esta vez se la daba al hombre de los numeritos; éste a su vez se la dio de yapa a un abuelo que caminaba un día muy temprano (mañana primaveral cercana a la distancia de salir a flores y olores convertidos ya en proverbios humanos por excelencia)

         Un día, finalmente, la Vida de Brenda cayó en la vida de Brenda; una casualidad con precedentes, pero que para éste caso hubo una clara particularidad, clave si entendemos que lo netamente ontológico pasaba desapercibido. Porque, a pesar (mejor dicho a pensar) en la mano tan fina y elegante y acaramelada que llevaba Brenda con su brazo, traería ciertos prejuicios (una mano mugrienta se puede limpiar, es el caso de esta chica) Lo cierto es que aquí hallaron refugio las dos. Esta vez las dos partes (el objeto y la persona) se sintieron cómodas por primera vez. Así es, la vida de Brenda tenía vida, era conciente de los placeres que causaba en la gente; pero nunca lo había sido tanto cuando daba por fin con la persona justa para cumplir con su objeto último que era provocar en el otro la esencia invisible y mentolada, transformadora, obligándola para siempre a no ser partidaria de la verborragia y sí en cambio de la plenitud silenciosa que construye esa mirada de un ser fascinante que esconde el saber y se resguarda en el misterioso acantilado de su origen secreto (el silencio pareciera cumplir con la función de dilatar siempre la belleza y abolir esa suerte de sujeto espantoso del que todo se sabe y poco importa).

         La vida de Brenda produjo justamente eso en Brenda, que lo había perdido cuando caía en la edad de la deformidad, edad, pues, donde las cosas innatas se pierden por un tiempo indeterminado. El sigilo con que se mueve y nos va envolviendo una extraña personalidad que no conocemos y que encima va haciéndose cómplice del destino bonito pero que yace eterno en la superficie y la vanidad. Brenda tomó bien fuerte su moneda verde y ante las miradas atónitas y los ofrecimientos que iban de lo más disparatado hasta la misma vida de una persona, consideró que lo que había sido una mercancía de intercambio para otros era para ella un amuleto con sabor a sentimientos que sus papilas gustativas volvían a recuperar.

         Y así termina la vida de Brenda; pero su final pareciera formar parte de un nuevo ciclo en la forma de crecer de Brenda y esta vez para siempre. De ahora en más nadie podía ser poseedor de algo que ella toda su vida consideró propio pero que por razones del destino (inevitablemente distorsionado para cualquiera y nadie se zafa) no retuvo en lo alto, dos parpados caprichosos y atentos a no mirar ni dejar mirar, a no vivir ni dejar vivir. Son cosas que no se pueden olvidar ni dejar llevar por cualquiera. Cosas que pertenecen y punto y que los demás, Brenda, busquen su propia hostia. 

 

Entre primos y la búsqueda de extraños presagios

por Alejandro
jueves, 17 de septiembre del 2009 a las 16:46
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Respondió en un abrir y cerrar de labios, como si se negara al compromiso ofreciendo una carta de disculpas que dura horas. La pregunta había sido muy compleja pero él solía decir que lo efímero está siempre vivo y más cuando se intenta poner las cosas en el peor lugar y más complicado de todos. Fantasía (detrás de la puerta que daba al cuarto de Pedro) pudo llegar a oír aquella notable respuesta y mejor que nadie, fue ella pariente de las ventajas que traería nuestra decisión implícita en eso que a Pedro le gustaba llamar el gueto mágico entronado en la sustancia de la alegría.

         Fantasía salió corriendo, abrió la ventana y me hizo una seña para que golpeara la puerta.

         -Señora, estoy buscando a Fantasía, ¿no sabe si está?

         Esta mujer, que había sido la primera persona en salir a ver quien era, tenía la cara muy compulsiva y la piel como demasiado sintética para que yo pudiera frisar en apariencia alguna edad cercana al tiempo que llevaba con vida.

         -No, señor, y perdone pero en este momento no puedo atenderlo-. Se escuchaba que de fondo sonaba Pedro con quejas imperecederas. La señora, madre biológica de estos dos revoltosos jóvenes (aunque, a decir verdad, tenían la misma edad que yo) media hincha pelotas y media River Plate, giró su rostro de nuevo hacia mí, esta vez hinchada hasta el paroxismo pero, al menos reconociéndome, al mismo tiempo que yo a ella. ¡Cómo iba la tía a olvidarse de su sobrino favorito, por dios!

         Se disculpó de rodillas riendo a carcajadas y entrando en razón; luego se levantó y me abrazó, entre la poca risa que se iba ya desvaneciendo por completo. Sus palabras salieron como plagas que ahora se iban metiendo en la casa.

         -Pasá, pasá, pasá por favor, lo que pasa es que me agarraste discutiendo con tu primo sobre el origen de la vanidad. Él no se molesta en decir otra cosa que vanidad, vanidad. ¿Te parece che, que la vanidad sea el origen de la vanidad?

         -No se tía, que se yo, puede ser-. le dije medio incómodo, tratando de poner la campera en algún lugar ordenado.

         Pedro salió a mi encuentro y cuando me iba a saludar, Fantasía se interpuso y con una emoción que me pareció exagerada pero linda, me dio primera la bienvenida al mundo de los Piniataro. Yo conocía ese mundo pero hacía bastante que no pasaba. Unos cuantos años atrás, ellos me habían prestado una cámara para filmar un casamiento por encargo del tipo que vivía (y que lo sigue haciendo) en el almacén de enfrente de mi propiedad. Resulta que su hija se casaba y necesitaba a alguien para que documentara las imágenes de la fiesta, el jolgorio y el casamiento en cuestión. Yo me ofrecí pero con la única condición de encontrar una filmadora antes que nada. Cuando recordé que la tía Maru tenía una chiquita y fácil de manipular (aunque difícil para manipular imágenes) le rogué que me la prestara; después anduvo mucho tiempo en mi casa, después me acordé que la tenía que devolver, después de quién era y después, mucho tiempo antes de lo que había sucedido ayer con César, caigo por fin con cámara en mano, primos en los hombros y tía en la nuca iluminada por mi aparición y la de la cámara, después, lo de su edad, era un chiste, jamás se materializará en palabras.

         La idea de ir a visitar a mis primos, siguiendo pasos frívolos, zancada tras zancada y llegar y nada más que presentar una excusa sola, otorgar en mano un aparato y despedirme en un abrir y cerrar de besos, como mínimo quedaba mal, por suerte mi destino de pariente cercano llegaba además con una búsqueda, una búsqueda muy pura relacionada una sola vez con presagios que había tenido viajando en el bondi. Tanto Fantasía como Pedro, iban a tener un accidente.

Uno no sabe bien quién es hasta el mismo día en que nace, y desde, podría decirse, la tarde de aquel mismísimo día uno ya se pone a ver las cosas con mayor detenimiento. La búsqueda consistía (y después de considerar que el accidente no era físico sino casual), en el choque frontal con determinado personaje que estaba de paso y que a mi siempre me había interesado para indagarlo impulsivamente sobre el cine, la poesía, la música y tantas otras cosas referidas a la creación impulsiva también. Digo, la búsqueda iba a comenzar cuando ya ellos supieran acerca de mi presagio. Después del accidente (lo llamo así porque Pedro y Fantasía reconocerían a éste y por cosas que ocurrieron en el pasado Pedro terminaría a las piñas con el tipo hasta dejarlo hecho trizas) yo quedaría en encontrarme con alguno de los dos, que se encargaría de seguirlo hasta cualquier punto, cualquier dirección o cualquier lugar sin dirección, ya sea Pedro o mi querida prima Fantasía, alguno, no importaba quien, necesitaba para que me ayudase a detectar adónde podía yo topármelas con este hombre

         -Presagio, de qué hablas che, esas son pavadas, además ya sabes que si nos cruzáramos con el Pájaro Pedro se pondría como loco. O no te acordás que hace unos años Pedro, que lo conocía porque había sido su profesor de Literatura inglesa, le pidió encarecidamente que le corrija unos relatos que tenía y éste no sólo que lo trató de plagiador, sino que robó sus ideas y más tarde las colocó en un prólogo, creo que de su libro más importante o el de mejor venta.

         -Te entiendo Fantasía, lo que pasa es que el tipo me sirve bastante, hace poco editó un libro muy interesante sobre cine italiano, además publica comentarios semanales en revistas de arte cinematográfico; me pareció interesante encontrar, tanto en sus comentarios como en éste nuevo libro, algo parecido a lo que yo quiero plasmar en una pantalla; tiene una forma de expresarse inteligente, me siento muy representado en lo que dice, cómo siente además esto de los aspectos en la armonía musical y la poesía simbolista.

         Pedro y mi tía Maru, que escucharon y especularon antes de que yo lo supiera, me reprimieron de forma antológica, más que nada Pedro no llegando al insulto me dijo que yo estaba medio chiflado, primero por lo del presagio y segundo con hacerme el favor de saber dónde podría ir a vérmelas con el crítico. Accedí a su reclamo, además tranquilamente podía buscar su mail en algún apartado debajo de lo que solía escribir semanalmente. Después, cuando pasó un rato largo desde el minuto en que había entrado a la casa de los Piniataro, comprendí que no había tenido sentido pedirles a mis primos que hicieran esto. Comprendí también que el interés por encontrarme con el hombre decaía en expansión; sus ideas me interesaban mucho, por ejemplo decía que tanto el cine como la literatura acceden al alma porque ésta carece de venas y de sangre. La inyección a través de los ojos en un espacio vacío donde nada intercede, y las palabras, las imágenes y los sonidos que producen estas dos artes se apoderan de éste como si fuera la misma sangre circulando por la habitación del cuerpo; en otras palabras, que cuando vemos una gran película o leemos un gran libro el alma comienza a fluir, la presión preexiste pero hasta no compartir esta experiencia (que por supuesto dice que se da además con otras artes como la pintura, lo que pasa que por cuestión de gustos y placeres...) uno desconoce si tiene alta o baja; es un monumento pero con vida al alma. Las manifestaciones artísticas cumplirían el papel de torreones y vasos sanguíneos para el alma y no descubrir esto sería la "muerte natural de la misma" que después el cuerpo, en determinadas ocasiones está dispuesto a imitar. Por muerte natural, muerte natural; es así como el alma llega al mundo y lo triste está en que no es una enfermedad sino un tipo de muerte.

         Fantasía extrajo de su bolsillo una púa, me la puso en mi mano derecha y me dijo al oído si no le tocaba algo, un par de acordes para sustituir presagios insulsos por alguna linda visión con los oídos. Como no había guitarra le pregunté si me quería acompañar hasta mi casa pero no aceptó. Terminamos hablando un poco, entre distintos silencios de una radio fm y biscochos que la tía había hecho al horno.

         -Como te decía -dijo Pedro-, mi viejo está acostumbrado, una vez hasta pensó que le iban a dar un premio y sin embargo terminó tirando las palabras a la basura. Es normal que pase, a veces pensamos que vamos cargando una mochila de ilusiones, un halo de providencia y las manos ocupadas en el diálogo preferido, pasa un día, dos y nos damos cuenta que todo eso junto era ilusión y nuestro cuerpo con nosotros adentro una mochila media gastada que ya la dejás por otra mina.

         -¿Como? -pregunte confundido-, ¿nosotros nos dejamos por otra mina?, es una carga hasta cierto punto, aunque yo no diría eso, el amor, sabes, es otra cosa, o está dividido en categorías, no estoy de acuerdo con vos Pedro, un fracaso en lo que sea termina siendo alimento para ganado. El alma gravita; además una mujer abarca mucho más que nosotros y la mochila al hombro, te lo digo como buen compositor de mentiras que soy, filmar una mujer es salirse de los límites que tendría la imaginación ¡y tan fácil es!

         Fantasía me miraba, le gustaba lo que decía, no era romántico pero me acercaba bastante a lo que esperaban las mujeres de los hombres. Se la veía con los pies cruzados y los brazos hacia atrás con las manos pegadas al piso. Tenía puesta una especie de piyama escocés. La alfombra de su habitación incitaba de hacía rato a sacarnos las zapatillas. Se suponía que había escuchado lo que yo había manifestado acerca de las extrañas opiniones que tenía Pedro; pero cuando saltó con lo de ir a comprar un poco de comida, me di cuenta que las apariencias eran a veces engañosas.

         -Que increíble -dijo Pedro-, el ser humano nunca se ha conformado con el conocimiento de las cosas, las cosas que se ven a simple vista y que son supuestamente creíbles, no consideró que las cosas creíbles puedan llegar a ser más increíbles que las mismas increíbles-. Autodefinición y paradojas estetas en un primo como para hacer una remake obligada. En el desván había toda una colección de fotografías antiguas que debían haber estado en el living y por una coyuntura en el desorden casi virtual, debido y bebido angustia en red y camarita; cuartos prestados por amigos invisibles y progenitores ocupados en crear personas de cuerpo y palabra, estaban en un rincón o mejor dicho una repisa bastante vieja; de allí venía la vos diluida de Pedro que, conmigo de frente a centímetros y Fantasía a mi derecha formábamos un triángulo de conversación traída de la adolescencia. Recuerdos a los que ahora Pedro le sumaba una filosofía póstuma y que tenía que ver más con esa intención de mostrarse maduro en el ocaso de alguna charla sobre las imágenes de niños brincando en la memoria.

-Ser humano sin zapatillas- le dije a Pedro, que deglutía unas cuantas masitas con agilidad.

-Es algo increíble, por lo menos en mi casa, hay que ver si me consideras una persona creíble.

-Ni ahí- suspiró Fantasía, vos sos una persona terrible que viene cuando se le da la gana, y nos contás una búsqueda,

-Salgamos a la tía Maru- dije, ustedes tienen una madre presiosa, ¿por que saldremos tan diferentes a nuestros padres?

-Salimos de la tía Maru che- dijo Pedro entonando lo indiscutible y trayendo de la cocina un frasco de galletitas nuevas

-Y yo de mi madre; pero a veces hay que salir a propósito, tu tía tiene un don Pedro, bizcochos para entrar nadando en Normandía.

-¿Y que significa salir de alguien? pregunto Fantasía (apodo bastante realista el de Nati)

-Nose- conteste prosaicamente. -Por eso te digo primita, salgamos, hay que salir de todos lados, la regla más creible que nos ha dado Dios.

-Irreversible- aludió Pedro, cebándome un mate de azúcar con un poquito de yerba. -Quien dice, ¿no? si algún día llegamos a Marte salimos de este mundo, está bien, vos me podés decir, así como llegaste tenés la posibilidad de salir, con el suicidio o con la felicidad también te apartás un poco de la vida, pero irse del mundo sin irse de la vida, ¿no te parece ridículo che?.

-¡Basta Pedro!- exclamo una Fantasía fatigada, -hablemos de otras cosas-.

La tía Maru abrió la puerta despacio, asomó la cabeza, guiñó dos veces un mismo ojo y Fantasía se puso de pie. Con total franqueza hay que decir algo acerca de sus talones, moldeados con una perfección casi Tarantiniana; y los calcetines a mi lado, de primer plano veleidoso, estimulante y que engarzarían okey con el rostro de mujer sobria de placer recubierta en humo que sustituye una masa de aire lujurioso en el ambiente. Fantasía se arrimó a la puerta y sigo hablando de sus talones en sus pies uniformes y en esa piel prístina de la belleza sobre un lienzo movido. Talones en simetría con la felpa tan femenina que recubría la habitación pulposa y desde una lámpara y un pequeño muñequito de arlequín, al borde de la cama, pude seguirme como si me estuviera llevando y desde allí mostrar lo que venía, viendo a Fantasía en diagonal dirigiéndose a la puerta con sus finos talones en busca de una señal que evidentemente desconocía. Cuchichearon largo rato y tía Maru terminó dejando la puerta entre abierta   

 "Cada hombre, su cuna de lado, roedor permitido"  Cuanto de César había en mi, solo con imprimir una oración en el espacio, a razón de calmarme viendo a Pedro cómo pensaba e intentaba obtener a la fuerza una sortija que hacía de bombilla plástica, un cuadro embasado en paquete con fecha vencida. Tenía pilas que eran como mis talones cruzados en sentido opuesto (signo más en el menos y el menos en el más); a razón de moverme y contemplar una Fantasía que se acostaba ahora en la cama haciendo una mezcla obscena con el mazo de cartas que había junto al velador

-Bueno, primos, se hizo tarde y me tengo que rajar. Estoy con ideas y César capaz que también, ustedes la verdad que son compañía pero pienso en esto de andar por la vida creando y me agarra una terrible desesperación; ermitaños los laureles que supimos conseguir, no sé si me escuchan. Hola, hola. Miré de vuelta a Fantasía que seguía barajando, Pedro se había estirado a lo largo de la puerta, construyendo un puente que dejaba la cabeza por fuera del dormitorio; parecía que intentaba llamar a su madre y la puerta guillotina hizo que pensara sin cabeza, en bloques ecuménicos otorgados al hombre todos juntos a pagar en cuotas (oh juremos por gloria morid) Repetí de vuelta y haciendo alusión a una doble despedida tuve que pararme y ver desde lo alto esta situación confusa. En ese momento Fantasía me miro y empezó a repartir encima de la cama, una y una, dos y dos, tres y tres, cuatro y cuatro, ya está, pasaba el tres, quería un chinchón. Le agradecí, pero tarde se hacía y la prima más linda se ponía; le di un golpe al tobillo derecho de Pedro que no dejaba de llamarme la atención esa postura extraña, obnubilada con crestas a elección en caso de venir al mundo sin cabeza. Los dos seguían en ellos y yo ya no parecía aquel individuo que había llegado por sumisión media confusa. Otra vez me despedí no sin antes preguntarle a Fantasía si lo que había hablado con mi tía era secreto o predicado con oportunidad de pasar a mis oídos. Fantasía callaba eterna, siete y siete, ocho y ocho. Ah! tampoco chinchón, valla uno a saber. Abrí con mis propias manos la puerta, esquive la cabeza de Pedro, hice un saludo general a lo Napoleón y salí por fín a la calle y a la retórica presencia de la noche; mire de soslayo una vez más a la casa pero nadie había tomado una decisión y llegar hasta la verja para despedirme. Que cosa seria cuando se tiene en cuenta parientes que le faltan tornillos, más cosa seria cuando uno cree que tiene todos y no le falta aceite para volver a la casa. Es terrible pero vale decir normal porque tanto Pedro como Fantasía acostumbran a quedar envueltos y por separados en poemas de soliloquio moderno, como fichas de un mecanismo asistemático para equilibrar el todo con absurdos inteligentes al estilo Ionesco; infinitos manteles de esmirlas peligrosas mostrándonos que hubo una previa desnudez en la mesa y vanidades originadas en la vanidad. Llego aquí a sostenerme de un primo sospechoso que renglones atrás lo consideré un absurdo sobre proscenios parecidos a la vida.

         Allanaron por primera vez todo lo que no pudieron trasladar  (falta de coherencias). En el asfalto, porfiado con equidistancias de última sospechosas, me encamine haciendo más que dedos. Ombligos repatriados en el centro de mi cabeza, unilaterales, sin tener para nada en cuenta qué era lo que había conseguido hasta el momento. Coherencias por el lado de buscar atónito; pero dejar un presagio gracioso, terminó guiando mis bajos propósitos hasta llegar por fin a mi pequeño y pérfido cubículo adyacente al pasaje Don Quijote. Una victoria en las manos de Sancho Panza, por el contrario, me obligó a escalar demasiado para lograr mi retorno sin plagios de ser eternizado por una vuelta llena de ganas.

         Cuando me acuerdo de todas estas cosas, henchidas hasta cierto punto y estomacales (a pesar de que los pasajes son generalmente flacos). Mis primos, César y la tía, me parecieron por un momento que figuraban en algún catálogo desconocido de mi conciencia, creando un todo homogéneo sin censuras. Capítulos que se llenan buscando algo y que no logran el montaje final cuando podría haberse dicho fin, adiós, nos vemos en otro libro, hipertextos que se zarpan y te dicen no sin finura cuando morirás mientras acabaste de presentar tu primer manuscrito. La idea era ésta: descartar absolutamente todo; dejar el guión y buscar otra vida, dedicarme a la poesía cuando tuviera ganas, escribir por el ensueño viril. Dejar las propuestas por un tiempo, y no llamar la atención de los demás en seguida con propuestas irrisorias o no tan audaces como uno pudiera creer.

         Tenía proyectos en toda la habitación, uno de ellos (para mi el más interesante), estaba elaborado pero no con intenciones de ser leído por cualquier sujeto. Una vez había tenido presentimientos incómodos y me tuve que poner a escribir acerca de ellos, no me quedaba otra; una idea podía llegar a ser infinitas hojas asépticas. Contuve la mirada en la ventana y desembarqué con el espíritu al hombro, suponiendo que no todos sabían hacer ideas o pasarlas en limpio. Pero quedaban y quedaban, siempre despreciadas por cualquier lugar, y el interés que ponía sobre ellas era ínfimo y por tantos motivos que siempre eran bienvenidos, ni siquiera sobrevivían a ese que hacer o destino inválido.

Esa misma noche, mientras canturreaba una página de clásicos que duran horas (después se hacen modernos) llamaron a la puerta unas cuantas veces con cierta violencia pero manejada cautelosamente. Desde mi prontuario anochecido se pudo comprobar que la visita terminaba en el éxtasis de algunos sin vergüenzas empresarios que van con la Biblia en la mano, acusando estados que acostumbran llevar una buena cantimplora pero nada más. No me ubicaron y sin embargo lograron sacarme información precisa como para pedirme una pizza con faina. A eso de las dos de la mañana me llamó César un poco horrorizado (hasta se sentía el sudor por los poros del teléfono). Imaginé bastantes cosas pero nunca que iría a tornarse peligroso en zozobra, que lo único hecho al ruego soportaría cargas engañosas y sediciosas. Y tenía razón, tenía ideas, quería ponerse a discutir y planear un boceto más económico. Dilucidar en torno a la toma de conciencia, con efemérides muy concretas sobre el aspecto psicológico. Resulta que un mago, antes de dar el espectáculo, recuerda que ha olvidado en su casa medio canasto de secretos y palomas para usar en el show. Entra en pánico, quiere tomar apurado la campera y agarra su sombrero obedeciendo a pensamientos inconclusos. Empieza a caminar hacia la salida, atraviesa todo el corredor unidimensional que llega hasta dos manijas de una misma puerta impecable con cartelito de exit. No abre, regresa por otro lado, inventa en ese retorno trucos menores para tener por si acaso; cuando por fin da con una llave, ésta carece de función, por lo menos para esa puerta, entonces retoma una vez más pero sigue sin conseguir huir del pequeño anfiteatro. Esta desesperación durará hora y media de reloj, y para mayor verosimilitud, la película estará filmada casi toda en plano secuencia mientras que la psiquis de este muchacho se irá tornado cada vez peor. Pero (paradojas si las hay en el cine), no será en vano su tiempo para realizar otras búsquedas y amores desfallecidos o rebanados por otros magos y que vivían en dimensiones opuestas. La gran alegoría que presenta nuestro mundo hoy en día es acaso la presencia de magos (nosotros) ajusticiados y varados en el medio de una terrible pirámide dada vuelta donde los tiempos se vuelven obsoletos por estar abajo y de punta. El eterno capitalista que descansa en la palma de su mano creyendo estar en Dios, mientras acepta el perdón de cinco mensajitos de texto, escribe un libro, lo planta y se toma un avión a su casa para llegar al entretiempo de River-Boca.

         César estaba entusiasmado ahora con hablar de los hombres más que de los héroes, de los magos edición siglo XXI, más que de los practicantes con la capa en la cabeza por incapacidad. Inmolarse con estilo, usar a la carne para proteger a la maquina. Desaparecer en esa lóbrega venta de almas encasilladas en el asiento trasero de la conciencia; en los pasillos donde magos y trucos perdidos divagan porque van detrás de cada búsqueda interior.

         A lo mejor, esto podría haber sido una buena idea telefónica, pero no lo era. Se me había ocurrido que hubiera podido serlo, César me hablaba y yo pensaba ideas para escribir en el soporte telefónico. Cuando finalmente corté, comprendí de veras, que a cada uno se le está permitido como roedor ir detrás de supuestas ideas para llenarse la panza y la cabeza, tapando esas oquedades ignorantes que nos habilitan para sentirnos contentos frente a la vulnerabilidad imperiosa que nos termina superando. Y no estaba demás agregar poemas ignominiosos, embelleciendo así hasta las charlas en el Chat inconspicuo, en el bar incesto o la mancha que tenemos o seremos como habitantes inconclusos de la vereda federal.

         Detrás de la ventana, pasado un cuarto de hora, pude oler (siguiendo con esto del roedor permitido) una planicie llena de imagen triste, en el páramo pequeño, sobre la vía láctea (una fábrica media abandonada) que había esencia pedregal y parda amontonada pero delimitada por un espacio ataviado de enormes lunares inhóspitos. Ahí fue, que el aura floreció demasiado, me acerque y la ventana (esposa de ventano y ya diré por qué) casada, que flameaba como bandera de cuatro dibujos separados por esa cruz famosa que siempre la atraviesa. Ahí, ya no había flaqueza ni despotismo iluminado, ahí contuve la mirada de una persona terriblemente llena de lunares y morfemas azules. Quedando inmóvil, sin embargo abrí la puerta y Fantasía, por sorpresa del párrafo que ya iba buscando para cualquier lado, entró (y sabía que llevaba talones Tarantinianos) Entre mis manos, un ruidito hacía como no de mi, busqué de nuevo mis ojos en la ventana (esposa de ventano, en la eternidad juraron separarse, dieron al mundo de las aberturas un hijo que hoy está preso por contrabando de inmigrantes novedosos que solían pasarse de frontera a través de su madre, ¡es decir por una ventana!) y poniéndolos ahora sobre Fantasía me di el gusto de sentirme totalmente sorprendido por su visita.

-Que haces acá, gracias por haberme despedido, hoy en tu casa

-Perdoná, la verdad que vine a eso, vos sabes como somos nosotros che, ¿nunca te pasó ni parecido?

-Puede ser- respondí con una vos extraña, más fina de lo habitual, como si la vos fuera autómata y correspondía a cualquier otro sujeto del cual me hubiera reído bastante

         Entramos y la capital se hizo más chica. Hablamos con una comodidad superior a la otra en su casa y cuando ella ya se iba volví a preguntarle

-¿Que te dijo Maru, cuando te llamo y traía galletitas?.

Fantasía exhaló un aire desconocido. Afuera el oprobio de una noche con escamas húmedas espiaba toda clase de intensiones. Quizá me debiera haber arrepentido insistiendo tanto por una cosa que de última podría tener una importancia menor.

-Era una tontería, dijo felizmente. Ayer hablábamos de papá sin entusiasmo; recordábamos viejas anécdotas, una vez, me acuerdo que tenía cosas que hacer y no podía tomarse tres horas para ir a ver una de esas peleas que tanto le gustaban. Entonces fue a buscar una radio, y como no había ninguna en casa agarró plata del saco de mamá y salió disparando a comprar alguna media berreta. Bueno, pasaron tres horas y no venía, estábamos muy preocupadas, cuando por fin llega como pretextando que se había recorrido todo el barrio buscando y ni siquiera pudo conseguir pilas. Se había quedado sin pelea, sin hacer su trabajo, o sea nada. Después cuando pasa el tiempo eso se vuelve relato gracioso. Tu tía no hizo más que recordarme dos cosas: viniste a casa a devolvernos algo pero te fuiste sin devolvernos nada, "hacele acordar" me decía. Fantasía muy contraída se acercó hacia uno de mis dos pómulos colorados ahora producto de aquella cámara de vuelta en el cajón de remeras de mi habitación. Posando sus labios sobre la superficie asimétrica de mi oreja izquierda rezongó una frase ortodoxa y bajo sospecha de ser vulgarizada por el populacho introvertido en alguna peatonal o carnaval enajenado: "-Que no se olvide de devolvernos lo que nos corresponde". Su vos era maravillosa en estado de susurro, y por un instante sentí el deseo de reposar en aquella melodía por un tiempo infinito. Fantasía no se movía, su pelo se deslizaba marrón acrílico sobre uno de mis hombros que hubiera parecido (en el caso de que no llevara puesto camisa) una pequeña cabeza con pelo largo y exagerado. En el contorno de nuestros placeres y en ser atropellado por esteres y prosas rimbombantes prestadas al aire. Sensación ilícita empero todos estos años buscando historias complejas de parcelas y parientes perdidos en el ombligo repatriado sin sangre modelo. Mis vanos sucesos difícilmente tuvieron la suerte de seguir por incapaces de no saber ser que no deben ser

         Ahí nomás me levanté para devolverle la cámara, le pedí disculpas pero dejando claro que la visita había sido también para charlar y pasar un rato, como después se vivía una sensación tan rara me dije le largo y de largo te dije de dije me largo le dije ¿Te parece que halla otro juego en el que halla que repartir más que en el chinchón?   

 

La conformación y el fracaso de un guión ficcional

por Alejandro
lunes, 07 de septiembre del 2009 a las 17:53
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Caía del cielo una supuesta alegoría sobre la esperanza, y después de haberme abotonado con infame precisión la camisa y haberla ajustado a las oquedades que existen siempre entre el estómago y el baquero, tomé la campera y escapé. Ahora bien, por qué digo “escapé” y no “salí”, puesto que albergaba una casa, mi casa, y no en alguna penitenciaria del gran Buenos Aires. Bueno, se podría decir, y vanos los comentarios complementarios en la cabeza del lector (incluyéndome a mi post-edición-blog- y santa librería ) que cuando escribo o cuando pienso, es constante mi grado de incentivación e impulso a transgredir las normas de la velocidad, como si mi cabeza fuese una vorágine que no admite la paciencia en ningún momento; al levantarme ya presiento un imán en la nariz y el propio planeta se me pega a ella como si fuera una insignificante molécula de aire, a diferencia que esta última, por razones evidentes es un poquito más chica.

Tendría que reconsiderar aquella idea plegaria de los movimientos que habitan sobre mis dos costados cuando camino rápido por la vereda; una idea usada para asemejar el cine a la rutina, para la manipulación del tiempo y el espacio cortado y planchado, arbitrario, haciendo “a lo Godard” unos desentendidos y radicales cortes en el plano. Así son mis efímeros trayectos (producto de esta corrosión del tiempo que lleva a la prioridad de mis pensamientos cuando debería estar poniendo atención en cruzar bien la calle) y los síntomas que se generan a mi alrededor no hacen más que dilatar asociaciones y sueños encadenados a una verdad inevitablemente distorsionada.

         A las doce y media del mediodía, más o menos, iba a tener un encuentro con mi gran amigo César. A sólo pasos de convertirnos además en socios, sentía que mi corazón irradiaba demasiada felicidad, que esta vez íbamos a lograr algo importante.

La historia sobre un tipo que había descubierto una abertura en su pecho de la cual podía lanzar rayos láser con sólo imaginar un pecado, de verdad me cautivaba. Estaba absorto, era una idea que, con bajo presupuesto y algunas condiciones evidentes siempre exigidas sobre el guión, por supuesto: enemigos, secundarios graciosos, la conquista del amor imposible, etc; el éxito no era más que un plan asegurado. César ya me lo había dicho por teléfono antes de salir de mi casa: “Es una gran idea, los productores se pelearán por obtener nuestra propuesta!!”.

         Yo ya estaba en la esquina de Jonte y Caracas, yo que era un tipo muy puntual en general, esta vez, imaginen ustedes; pero César, por el contrario, cayó a eso de la una menos cuarto. Sin embargo me pareció considerar esto como un gesto muy positivo, puesto que él nunca había sido más impuntual que ahora, cada uno, como ya bien dije sobre mis pretéritos impulsos, manejaba el tiempo a su manera, el reloj en la muñeca, era lo mismo que el collar en el cuello o el cinturón en el Jean, o el anillo al dedo, es decir, una muestra prescindible de todo cuerpo liberado

         Antes de comenzar el diálogo, nos dimos un gran abrazo, él venía con el pelo recogido hacia atrás, traía un semblante agónico y octaédrico, sus ojos oscuros parecían ya de lo lejos auspiciar una imagen del film y apenas dejamos el abrazo para volverlo a usar en la confirmación del éxito, me dijo muy claramente:

-Me parece que lo primero que tenemos que montar, es una escena fuerte, que atrape al espectador al instante y me parece también que el héroe tiene que ser más bien filosófico, intentar que la gente vea cierta complejidad en el asunto y no algo banal que se descarta con otra película en seguida. Tal vez, y ya que usamos la ficción, la vida podría significar otra cosa, estar encapsulada desde el origen por una fuerza que ha sometido siempre a la sociedad y que lo hará eternamente; y a esta especie de Mesías, que nació con un sólo poder, me parece que podríamos agregarle (digo agregarle irónicamente) una serie de defectos biológicos que lo llevan a descubrir que es poseedor de otras cualidades como esta del rayo, un rayo que acabará, con cada pecado desvanecido, liberando a todos de esta fuerza que no tiene nada que ver con un Dios, sino, podría ser, con un Gran señor que lo ha tenido a éste como esclavo desde antes que la raza humana halla sido creada. ¿Que pensás Che?

 -Muy interesante, dije, un poco consternado, primero por el entusiasmo que traía Cesar y también porque de verdad pensaba que la idea básica planteada en un primer momento se estaba empezando a gestar como si, gracias a los dos, tuviera una vida propia, ineluctable.

 -Debería llevar una plástica envidiable, podríamos buscar material en el cómic o en el cine de Antonioni, quiero que sea algo bien nacional pero con una mirada estéticamente universal, una dialéctica que pueda proyectarse en calidad del presente que vivimos todos los hombres. Mejor vamos a un bar, nos sentamos y seguimos charlando, ¿que te parece?; porque acá hay mucho ruido, además hoy juega Argentinos Juniors y en cualquier momento esto va a ser un verdadero quilombo

 Accedí al pedido de César y nos fuimos para el lado de San Martín. Si podíamos hoy llegar a concretar todo, daríamos inconscientemente un gran paso, sobre todo en estas cosas que llevan un tiempo prolongado y perspicaz; hablar de un año nada más, en el cine podía ser un sinónimo de "recién comenzás", por eso, y ante el orgullo de sentirnos capacitados para generar un arte desde su rama más compleja en cuanto procedimiento, industria, movilización, operatividad, contacto, financiación y miles de cosas y lenguajes varios, era más que admirable el hecho de sentarnos durante un par de horas con muchas ideas en la cabeza para incorporarlas a la estructura de la película, ya sean textos visuales, escritos y también ideas sonoras, por supuesto.

 Como los puentes que siguen ese camino de rizos ondulados, de praderas panteístas y montañas con verdes y prismas basados en el clima templado y arenoso; aún de día se tenían en cuenta los recuerdos que había dejado la luna impar bajo el hechizo indiscutido de su belleza redonda y jovencita. Un atardecer que se hizo luego el arquetipo de tres movimientos a cambio de la concreción definitiva de nuestro glorioso guión técnico. A pesar de haber compartido mi sánguche y tomar prestado del baño un vaso para bajarlo, porque uno, dos cafés está bien, una gaseosa, pero toda la tarde pidiendo de comer y tomar daría como resultado hasta la post producción y el trailer. Pero, después de todo, muy poco pudimos hacer aunque era muy cierto que habíamos llegado a prefabricar una historia compleja sobre un tipo que terminaba siendo, en la noche de cuaresma, el fan número dos de este súper héroe, y digo segundo porque, al final de todo, se hace saber que el propio narrador de la historia nunca podría llegar a ser relevado de su condición obsesiva por alcanzar a este héroe del láser donde quiera que valla.

 A eso de las seis y media de la tarde decidí salir del transe y tomar un poco de aire por los alrededores del barcito. Toda esta morfina onírica del film tuvo su origen hará un año más o menos, cuando estaba en la casa de Rem tomando unos mates y escuchando algo de música sesentona. Me acuerdo que sonaba de fondo un tema muy conocido de los Zombies y la madre del pibe bailaba cerca del aparato, entre la nostalgia de un pasado cultural efervescente y la segunda  pava sobre la ornalla en estado de ebullición total. De golpe la inspiración había llegado a mi espíritu no de manera casual, sino por un conjunto de factores que provenían de la casa; la energía rumiante comenzó a ponderar sobre mi sentencia de vida, una sola palabra que se hacía pasar por idea absoluta quebró mi conciencia en ese momento cronológicamente exacto donde She`s no there y la madre extasiada en el piso subían a la cúspide que en otrora dejaba su lugar a millones de estribillos prácticos y frenéticos. Yo permanecía sentado pero con esa suerte de consigna que recomendaba considerar al cuerpo como un baúl y al alma un tesoro al que había que estimularlo para que tenga valor propiamente. Entonces agradecí mucho la invitación y me fui corriendo a la casa de mi querido amigo César. Compañero de infancia y especie de ruptura con mi vacuo perfil adolescente. Desde hacía tiempo que las ganas estaban, yo quería filmar y el quería escribir; sellar un pacto y un producto diseñado en la adocenada fábrica del alma; y sin embargo yo había recogido finalmente la pluma y él una cámara familiar. Y de esta intensión tan humana y sincera sólo había quedado una especie de corto medio pesimista sobre la conquista que desbordaba todos los límites posibles hasta llegar al poderío nupcial del reflejo mismo.

         Quedábamos en seguir haciendo proyectos y más proyectos, algún día, pensábamos que algo original, algo con capacidad para soportar una crítica respetable y provocar alguna sensación en el que se sentara adelante… tenía que salirnos.

Un sujeto de unos treinta años de edad y con tintes heroicos y superpoderes un poco bizarros, personaje dotado por un suntuoso talento en el pecho, pero todavía sin nombre, en fin, el cómic, en su vertiente más analgésica llevada al cine por dos jóvenes un poco detractados como lo éramos nosotros, luego de tantos años buscando una temática bastante modesta, tal vez, pero dándole el toque personal y la magia. Quedaba la noción del contexto y varios objetivos. La idea había llegado, eso era lo pragmático, y ya no quedaba más que sentarse y someterse a todo tipo de planteo y propuestas para llegar a la concreción final de la historia.

 Así estuvimos entretenidos pensando que en esto había empeño, que dos extraños sujetos inmersos en algo paralelo al mundo podían soportar, sin embargo, la carga desmesurada del mismo y encasillarlo (a fuerza de meter una vida en dos horas), su apariencia redonda como la perfección de una falsedad que dice que todo está muy bien, que si viviéramos en un cuadrado, eso sería un signo de malestar y poema con héroe y héroe sin h; pero nadie puede negar que la cosa está cada vez peor aunque seamos parte de un reino y una tierra en forma de globo. Expresar que cada cabeza tiene dentro un cuadrado era lo mismo que decir: cada cuadrado tiene dentro un planeta, cada planeta tiene dentro una cabeza y muchos cuadrados que la siguen.

Todos eran pensamientos quizá triviales o estrepitosos como para estamparlos sobre la capa de un héroe anónimo que se siente perdido en la capital y sube a los colectivos pidiendo monedas mostrando su rayo interior como si fuera un talento innato (y es que lo era) ante la presencia de gente muy desconfiada que creía más en la broma y la comicidad que en la admirable y extraña, pero verdadera causa de su patrón extraterrestre.

         Fue entonces que supimos algo muy lamentable y tedioso hasta cierto punto, descubrir, y a falta de rasgos provisorios debajo de un manto negro que está por venir. En fin, no servíamos en absoluto para crear una historia ficcional, había ganas, ideas y propuestas, escenas para que el héroe diera sus batallas y también para que llorase; pero talento no había por nada en el mundo. Fuimos sinceros aceptando que ninguno de los dos tenía interés por los cómics ni por los tipos con poderes sobrenaturales. El entusiasmo del mediodía, se había transformado (cuando salimos del bar), en un motivo más que guarda el tiempo de incentivo pasajero, y cuando ya preferíamos tirar esa cantidad ilustre de hojas y destinos, hicimos una breve promesa de, o retomar este guión del cual no teníamos mas ya la intención de formar parte (o sea que si seguíamos estaríamos fomentando hipocresía) o la de volver a plantear un nuevo proyecto donde se pueda ver que nuestros ideales (medio devaluados hasta el momento, nostalgia que hechiza) tengan una comodidad mayor en el relato y que los juegos con dobles sentidos y toboganes al óleo no estuvieran tan en desacorde con la situación alarmante que vive hoy nuestro querido país.

         Caminamos un rato largo, sobre la noche, media en desarme, la luna superpuesta con una nube que la atravesaba, como si fuera una navaja que atraviesa un ojo, y perdón Luisito por usar el mismo ejemplo pero así se parecía el preludio de nuestra odisea. La cancelación de esta especie de guión a voluntad conciente, nos había dejado, no sólo en la oscuridad inevitable de un anochecer que siempre llega, también transitábamos por un destino nublado desde lo interior, esperando tal vez que llegara a cicatrizar por cada paso que devenía en cada cuadra; hablábamos poco y encima de cosas en absoluto imprescindibles. Yo sabía que César nunca había dejado de poner voluntad en el trabajo pero aquí el problema no pasaba por eso, pasaba (y esto era precisamente la triste realidad del relato), que más de dos o tres hojas no habíamos podido crear, y esto por no decir, y valen los sustantivos que pronto serán por prestamos y no gratuitos (hasta las palabras se cobrarán, terrible presagio), todavía faltaba mencionar el enorme desorden de aquellas ideas prosaicas sepultadas no en hojas (vale decir además y ya que está), sino en la pocas servilletas y sobre la estepa de unas cuantas mesitas que tenía aquel pequeño bar de Jonte.

 Pero no podría seguir tendiendo al disgusto y la amargura existencial por una mera idea no tan aprensible al imaginario colectivo nacional. Caminar empezó a ser una idea interesante para la conciencia, para refrescar espacios y profundizar en otras cuestiones; antifaces había a patadas y tapar rostros inmiscuidos en la mentira y el moho no podía ser por nada en el mundo nuestra insignia a seguir. Ante la desesperación de encontrarnos lejos de ser figuras talentosas y propensas a digerir rápido una oferta que la mente puede ser capaz de ofrecerle al espíritu humano para ganar una estatuita en Cannes, antes que nada evitamos canalizar el disturbio. Entrábamos en otra dimensión y la medianoche nos ofrecía una bebida que también serviría como cualidad para delimitar un horario y marcar el inicio de nuevos tiempos (podría decirse que hay vida después del Apocalipsis, ¡si señores! hasta aquí llegaba nuestro grado de insatisfacción por la falta de un don divino)

 -Que barbaridad, che; cómo pudimos perder toda una tarde, con lo que valen las tardes. Me parece que estamos conjugando mal las situaciones y yo me debería ir a otro lado, otro rubro. Cuando me pongo a pensar qué significa tener una gran imaginación, me estanco en algunas palabras, ni siquiera tengo imaginación para pensar qué puede llegar a ser la imaginación

 -No te preocupés Cesar, estás siendo demasiado duro con vos mismo -le dije medio con hombros bajos y sabiendo que aquellas palabras iban como flechas metálicas directo a mi conciencia-

 -Es que no me comprendés, el arte me termina superando, tengo las alas pero adentro de mi cuerpo, y con las manos la verdad que muchas cosas no sé hacer. Escribir es una tarea difícil y no encuentro justificación cuando me dicen que el tiempo sirve para escribir y no viceversa

 -¿Qué escribir sirve para el tiempo? -le pregunte bastante sublimado, prolongando el tedio de una conversación en vías de autodestruirse-

 -Exacto -respondió, aunque, irónicamente, no con mucha precisión-. Preguntále a un gran escritor, no importa si está vivo o muerto, vos preguntále si cuando se pone a llenar hojas no está, al mismo tiempo haciendo el tiempo, que para nada lo concibe como el tétrico camino por el que hay que pasar para que le editen un par de poemas y basta.

 César estaba siendo presa de su propia agonía, más tarde pudo llegar a comprender que la cosa no era para tanto, un simple boceto es una buena manera de concretar algún día algo con valor, hacerle entender que todo podía transformarse en una empresa de energía positiva para la vida me terminaba salvando a mi también, y para esquivar la pesadumbre que nos había producido este rebaño mal llevado, propuse olvidarnos de todo y empezar al otro día con algo nuevo. El destino, tan ambiguo, tan particular y tan extraño para la filosofía del ama, podría dejarnos, sin malentendidos, alguna sorpresa en el primer escalón de la madrugada, cuando ya estuviéramos en el feto de otro día y las llagas de la noche anterior hallan sido producto de una inflamación que no se cura con ningún antibiótico pero sí con la decisión de que el sol retome de oriente una vez más (el regreso, en mayor o menor medida, tiene que ver con el renacimiento, nacer a expensas del otro. El pasado no es más que un presente olvidado)

 Hablemos de otra cosa Cesar, hay tanto que saciar, tantos modos y trémolos, acuarelas, escenas inolvidables, tengo tanto amor por el arte, no quiero fatigarme al divino botón por patrañas obtusas (como diría un libro traducido al español) Le insistí de nuevo si quería sacar otro tema pero se limitó a palparse los bolsillos de su campera de corderoy. Buscaba algo hasta que finalmente lo encontró. Un papel que estaba plegado unas cuantas veces.

 -Y dónde está Godot -le pregunté como intentando pegarle una cachetada a su conciencia, cada vez más comprometido en un hallazgo-. Abrió el papel sin darle interés a lo que le había preguntado y comenzó a recitar:

 

         "Entonces, por ahí, fuego y ronda habría que elegir

                      Cada llama reposa junto al árbol impreso en la hoja

           cada hombre; su cuna de lado, roedor permitido

                      Sale a prenderse y es comprensible, está mejor dando vueltas

                      El queso se hallaba muy cerca de la ronda fundamental

                      no es que estaba mal atraparlo pero nadie lo seguía

                      Ni a él ni a su lácteo corrompido"

 Después de esto, un silencio profundo que auguraba otra vez alguna pena socavada. Se rascó el cuello, lo friccionó y luego me miró y me dijo:

 -Que te parece

 -Es un poema. -Respondí con un halo de ingenio prematuro-

 -Lo escribí sin pensar en nada

 -Pero está muy bueno, -le dije, y era verdad que me había gustado bastante-

 -Es que necesito expresarme che, es el único que hice, se lo leo a todo el mundo. Sucumbió por un instante y después continuó, con otro vaso de cerveza en otro bar y otra galaxia de voces y ruido, en todo este contexto incomodo para reflexionar sobre supuestos que atañían a esencias imperceptivas en las personas, nuestro juego de silencios y proverbios se hacía grande y ostentoso y nos impedía, también, escapar de cualquier manera a vivir ajenos al arte o a participar en el intento por lo menos de subirse a sus vagones espirituales

 -Yo creía que el comic te gustaba che, -continuó-.

 -Y la verdad que tanto no, pero como olvidar El Eternauta

 -Impresionante, -cabizbajo, frotándose sus manos, en estado reflexivo medio somnoliento, contuvo un par de dedos como si fueran muecas hechas con las manos, moviéndolos incesantemente, parecían de alguna forma entrar en disputa o complementar con sus pensamientos-. Agregó pero empezando de vuelta:

 -Impresionante, ¡ese sí que era un héroe!: Héctor Oesterheld, ¡que soñador por dios! ¡Ahí sí que había idea, descripción, conflicto, por vez primera ciencia ficción en escenario porteño! Nosotros apenas entendemos qué significa hacer un Decoupage. ¿De qué hablar ahora con la ciencia ficción?, no sé, podría el héroe, tal vez, luchar contra sigo mismo, ya que se deprime porque los enemigos son falsos que se sienten cómodos donde están sin enfrentar a nadie; famélicos de orgullo deteriorado. Se ve que hay una dictadura en la cabeza y nuestro héroe no puede entrar con ese láser de mierda que para lo único que le puede llegar a servir es para generar escándalos sin sentido. Hoy deberíamos creer mejor en alguien que regale libros en la parada de los bondies, en los subtes, a los cartoneros, para que sepan que hay papeles que se reciclan en la cabeza. La basura, ¡que barbaridad!, está en todos lados. ¿Te imaginás un tipo que vive de los cartones (a nosotros poco no nos falta) leyendo, sentado en un cordón, Operación Masacre? Escuchame, ¿como querés que hoy día hayan héroes si la gente se siente libre y orgullosa sin haber tocado nunca ni siquiera la tapa de un libro?, y no lo digo por los pobres que pobres no tuvieron la oportunidad ni de casualidad. ¿Cómo querés crear un héroe si no tenemos armas para hacerlo? y si las tuviéramos sería una gran contradicción porque las armas deberían hallarse en el polo opuesto de la figura de un héroe, puesto que sus poderes, se supone, forman parte de su cuerpo y sabe que ha nacido con privilegios peligrosos (como los grandes escritores de este país) pero que sin embargo podrían utilizarse para combatir el crimen y el desorden general. Vivimos una época de mierda donde para desarrollar la imaginación no hace falta precisamente leer novelas con súper héroes adentro ni novelas de Ágata Christie con crímenes adentro; hoy, la imaginación está en el informativo, en las películas de mierda que pasa el cable, toda la basura junta se recicla en la cabeza de barrios al por mayor. ¿Por qué no leerán a Kafka digo yo (decía César en realidad) mientras se hacen un viajecito a la salada, mientras se deforman el cuerpo con ropa barata y ordinaria, fingiendo que lo superficial escapa de todo supuesto mal vestido; que la carita linda con ventanilla polarizada tiene más valor que el pobre diablo encerrado en el cuarto cubierto en lágrimas (encima que le costaron un huevo) porque le faltaba poco para terminar de leer Rayuela?

 César no paró de hablar hasta las cuatro de la mañana aproximadamente, y hubo momentos en los que su grado de impotencia pregonó la ausencia. Cuando ya regresábamos, no dudó en obsequiarle a la gente que pasaba incoherencias que la verdad conmocionaban por su calidad como para asociarlas con otras cosas esenciales, por ejemplo cuando se reflexiona sobre las distintas edades que uno va teniendo en la vida. El tipo que pide un café con leche en vaso de Whisky o la extraña sensación de prolongar la infancia hasta la muerte, resumen de las intenciones que tenía César de mezclar los tiempos, proferir gritos como “¡Viva la muerte!” o “¿¡Por qué no te fijas por donde caminás, no ves que soy un pobre viejo que anda reclamando las mismas prioridades que tuvo cuando sintió su halo de juventud retumbar en las sombras de la eternidad!?

César confundía la última conversación aceptable que habíamos tenido con la desesperación de no poder concretar nada y las horas que pasaban y pasaban. Yo me había animado a decirle un secreto que llevaba muy guardado en el bolsillo y él, ya sin poder sostenerse de ningún lado, cayó inquieto y gélido como las baldosas mismas que lo ampararon. Y en ese estado que daba pena en serio, respondió segregando un indulto a mi favor. Más tarde se recuperó y yo me ofrecí para acompañarlo hasta la puerta de su casa. Llegamos justo con la conclusión de encontrarnos de nuevo, dejar pasar un par de días a ver qué pasaba pero asumiendo el costo que nos iba a salir todo esto si quedábamos parados en el aire. El futuro, en mi caso y en el de César, no estaba primero en las manos de alguna omnipresencia divina, a eso queríamos llegar y para ello necesitábamos afianzarnos en el presente y poner en marcha la imaginación. Era cosa de esperar que algo novedoso surgiera en la cabecita de alguno de los dos. Nuestro futuro pasaba más bien por sacar la cabeza de un pasado tan acuoso como el que habíamos vivido durante toda la noche.

Me despedí de César sin antes decirle de nuevo mí humilde y preciado secreto: “si querés conocerme, mira mucho cine de Bergman”.

 Aminoranza de todas las antenas con que se hacían ecos un montón de inhóspitos fieles en desuso. Vinieron dos tardes más tarde y devolvieron toda el alma de una, quedando yo sobornado bajo mis pies que se las ingeniaron para esquivar este charco metafísico. Desde la ventanilla de un Bondi que pasaba, también se dieron el gusto de lanzar un vómito congestionado, al ralentí y desembocando en la planicie más peluda de una cabeza que pasaba. Después vino un golpe y una erupción mental y los empalmes en veremos; el tránsito precavido pero asqueroso como los expertos lanzadores; árboles, vidrieras y veredas, todo, absolutamente todo lo que percibía se inmoló para dar paso a las llamas de la imaginación secular. Aquel instante que me pareció muy análogo a un plano en planta del paraíso; quiero decir, por su perfección y por su dentadura que dio origen a la boca más temible que haya besado el suelo. Una condena en base a delitos de la ilusión corrupta; entre y por los surcos de una propiedad mutante se alzó a la vista de unos pocos en uno mismo, el incesto honrado jubiloso rey de los Cantos (especie de raza frígida y subterránea que altanea por debajo de las avenidas de Buenos Aires) señalándome al unísono con estos Cantos para que reconociera  (y esto lo sabía porque en los sueños uno siempre sabe de más pero llega al menos a un resultado inconcluso) todas las dificultades que uno tiene cuando ejerce el cargo de ser humano. Me invitaba a su reino que ya sabía yo que era fatuo y horrendo pero hinchado en detalles y verdades que si se las colgaba en alguna pared de la ciudad podrían algún día llegar a concientizar a mis semejantes, quienes le atribuían al aburrimiento y la nostalgia de otra vida mejor los motivos por los que se sentían incapaces de cambiar el canal con mayor raiting farandulera (y ya me lo había dicho César con justicia)

 Después de haber transitado toda esta odisea, me levanté transpirado, a punto de recapacitar de nuevo. Acordarme de César, el guión, el fracaso, el agua y el alcohol. Haberme tirado un ratito a descansar, de golpe se transformó en parte, y no por propia voluntad, mejor dicho y simplificando, sacrificaba un sueño para elevarme al menos por un par de segundos y meditar elocuentemente sobre quién iba a guiarme de ahora en más. Yo cortaba esa pesadilla de rasgos homogéneos y medía con ojos y manos el vasto imperio de los sentidos (paradójicamente acorralado por la presencia de los demás), aquellos que tenían el futuro asegurado; yo sabía que aún no era capaz de asegurar mi pasado, y a pesar de esta enorme diferencia (¡¡relojes afianzados en la muñeca y el despotismo verbal!) pude corroborar, al vestirme y ponerme las zapatillas, que el presente no necesitaba ser cotejado con otros tiempos. Estoy y soy (me decía por dentro) estoy y soy estoy y soy ¡por favor! y por las dudas, no sea que mañana tenga que olvidar las cosas que hoy me pertenecen y que suelo interpretar de manera moderada.

         En otro lugar (a dos cuadras nada más), César estaba como embalsamado. Dormía en el infinito, buscando al mismo tiempo formar parte de otra raza diferente, una raza embriagada en zonas y con luces de metáforas inquietas. Aún le importaba intercambiar diálogos sobre su lecho y se hacía la idea de llegar a vivir mejor en aquel universo post-socrático. Más tarde lo vino a acariciar una mano muy fina y ceremonial, una mano que pensaba y se convencía de que por culpa suya había dejado que César se lamentase tanto, que César divagase tanto esos días que las ideas se le venían como vientos imprecisos y solitarios que buscan la compañía más cercana, cuando no tienen otra alternativa.

-Vos, -le decía la mano- sos el único que siente nostalgia cuando sueña mientras el mediodía se pasa. Lo veo en esos ojos que tenés bien apretados contra el oscuro salón individual.

Y mientras que César empezaba como a recitar su manifiesto poema de velador, en vos baja y sin disimulo posible, se alzó un bello rostro dueño de aquella mano fraternal que había entrado en el sueño, eclipsando la concepción del ocaso y llamando a César en un vuelco a la realidad muy flexible y cariñoso.

César levantó los párpados en reposo y el labio triste de Maite se esmeraba en repetir como podía una oración de las tantas y tan ineficaces que César iba diciendo infinito

         -¿Te sentís mejor? -preguntó Maite-, que lucía pálida y sus manos no dejaban de esgrimir los cachetes y la oreja de César

         César no respondió, seguía en la hipnosis pasajera que todo despertador conmociona. Se acomodó mejor poniendo su cabeza en posición más o menos perfecta sobre la almohada y así se quedó contemplando el semblante de la Maite; pero también algo había además entre el cansancio y Maite mirando un Sábado medio húmedo por la ventana de sus ojos oscuros y de neblinas. Sepillándose más tarde los dientes, recordó el fracaso y la angustia de no haber podido dilucidar el interés por aquel guión desparramado en los juncos de la noche anterior. En el bar y la planicie fresca de una vía de escape intermitente, César había hallado un lugar acogedor, ambos subordinados al poder de una prenda amistosa con olor a proyecto rosa y maduro antes de creer que por ahí se van incorporando problemas especiales, olvidados por el entusiasmo

         -César es todo lo que tengo -dijo César, como ganado por sí mismo-. ¡No hay más guión, el porvenir está en tus manos, así que no las pongas sobre algo que pueden estimularlas a que se pierdan!

 Maite se levantó, salió de la habitación, pasaron dos minutos, entró de vuelta, pero esta vez traía bajo sus manos una carpeta

         -¿Qué es eso? -dijo César, que todavía seguía con la sabana que le cubría hasta el cuello-

 -Tuve una idea, y de eso pasé a una conversación, y de eso a un problema, y de eso a una historia. -Maite levantó la risa por primera vez y le alcanzó la carpeta. César se esforzó por alcanzarla, la abrió y con ínfimo entusiasmo se puso a leer lo que decía-.

 -Que interesante, ¿de que se trata?, todas las hojas tienen número… claro las enumeraste, hay un montón, me parece que voy a terminar odiando las historias, pero queriendo al fin y al cabo que nadie se anime a quemar ninguna. La regla, cómo era: películas con final cerrado igual a final feliz; película con final abierto igual a final tristón pero la posibilidad de revertir las cosas queda, ahí está el secreto, esto es una barbaridad, la resaca digo, contame Maite de que se trata

 -No se bien como decirte, es como un viaje por la penumbra, a lo largo del recorrido uno se va dando cuenta que nunca va poder medir esa distancia que nos separa del punto de partida; pero  tampoco si estamos seguros de que alguna vez tuvimos el deseo de salir y hacer una maratón sin ser concientes hasta qué punto somos inválidos con el ímpetu desvaído.

         César entendió poco pero además que Maite tenía una idea más bien de novela y que por costumbre de vivir en él fue moldeándola para llevarla al cine. Desde el primer día en que se habían conocido Maite le confesó que se sentía capacitada para ayudarlo en el guión. César se puso jocoso, le gustó aquella explicación pero le hizo dar a entender que por el momento no necesitaba profundizar en pesquisas novedosas, que por el momento (recién se levantaba, que momento) no se entusiasmaba con meterse a crear una nueva historia, le dijo "guardálo que ya lo vamos a usar, no te impacientes, tengo que juntarme con mi amigo porque todavía tenemos cosas para hablar, habíamos quedado en algo, no recuerdo muy bien en qué pero quizá él sepa mejor que yo y me esté precipitando demasiado rápido, recién me levanto mi amor"

 -Pero César, esto me lo aceptaron, el I.N.C.A.A.A va producir el proyecto, no me habías dejado terminar, era como una sorpresa que te quería dar, a vos y a tu amigo. ¿Ustedes en qué terminaron además de una evidente borrachera? ¿Pudieron hacer el guión? Claro, Maite no sabía nada y sabía lo que no sabía César, y éste empezaba a recordar, mitigar el prisma de una prudencia indispuesta, que todo lo habían; ojos henchidos al filo del olvido, empezando por una tarde para andar con remerita, poniendo luego las ideas en servilletas usadas y más tarde en alguna zanja inmaculada al margen de un cordón cualquiera; todo lo habían dejado para hoy.

         César no tenía celular (eso sí que está por verse, diría una empresa telefónica que hace propagandas mostrando adolescentes estúpidos que piden una foto, foto, etc.) y le pidió a Maite que le mandara un mensajito a su amigo, un recado importante, tal vez un poco devaluado pero que valía para retomar una propuesta deficiente.

         -No, Maite, terminamos en nada, pero algo ya se nos va a ocurrir.

         César no se animó a prender un cigarrillo antes de prepararse algo para almorzar y se dio cuenta que el antojo tenía que ver con ansiedades y furtivos sentimientos en seguida frustrados, en presencia de una suerte inhóspita que se le venía venir a Maite.

 -¿El I.N.C.A.A.A decís, que lo va a producir? -preguntó César mientras se dirigía a la cocina y utilizaba el encendedor finalmente para prender la ornalla-.

 -¿Te parece raro?, -respondió Maite, no sin otorgarle al emisor también un velo matiz interrogatorio con ésta pléyade vestida de oración-.

 -Rarísimo, en estos momentos me parece cualquier cosa una oportunidad perdida, hay veces que me quedo pensando mientras hablo, como ahora, quiero decir, ¡metéle para adelante!, la cinefilia se ha encamado en nuestras vidas, yo quiero vivir con ella y con vos debajo de las sábanas, como si fuera una pompa que me separa de la realidad, el soporte de un sueño acreditado para que te dejen convivir en él. Eso es mi cine Maite y lo quiero vivir en vos, así que me parece genial, no raro y las oportunidades ( si bien encontrás de las dos especies), la tuya es demasiado genial, lo que puede ser muy bueno pero lleno de alertas porque entrás en algo groso. Estamos hablando Mai, justamente de algo que nunca será justo para cualquiera que no tiene talento, que desconoce el sabor de las sustancias con que está hecha el alma y prefiere la diversión económica, labrar una llave que no abre ninguna puerta que de al alma, cinco sentidos ¡y punto a vivir en ella! Estoy muy orgulloso de vos, si hay algo de lo que estoy seguro, es de que vos sos precisamente esa llave que tengo y que puede abrir cualquier cosa, así me descubro sabiendo que estoy hecho de a par, que sos una parte relativamente grande de mi.

 César se levanto de la mesa y Maite, que estaba parada mirándolo y escuchándolo atentamente apoyada inclinada en la puerta de la cocina sin puerta, se acercó a sus brazos, que ahora se abrían como yunques imantados y se pegaron formando una linda parodia humana, del mundo unido en dos individuos divididos en uno, dos cuerpos aprensibles por frases inherentes a distintos fragmentos escritos en la palma del alma. Y las manos de César, como cochecitos en la espalda de Maite, corrían una carrera lenta pero placentera para pilotos y copilotos, que por cuestiones de anillos y tamaños, sus oportunidades disuadieron cuando llegaron por fin al podio de la cabeza, con una lluvia negra de pelos que los olvidaron sepultados en la raíz de una tormenta eterna. 

 

 

 

 

Sobre el blog

El blog de alesurro

Una manera de esquivar el horror;  imagenes que se han manifestado increiblemente, circulando por los resquicios de la realidad, imagenes que debieron pertenecer al dolor de un pasado que no se ha consumado sino en la eternidad rompiente, donde los fantasmas tienen el privilegio de vivir orgullosos mostrando sus heridas mortales. Una manera de esquivar el horror, las presencias inhóspitas. Escribir es algo así como taparme los ojos; es un juego para esquivar mis propios fantasmas, fantasmas de palabras; es una paradoja, porque a medida que los voy generando, voy seduciendo a mis ojos para que fuguen hacia dentro, se escondan de sus propios horrores (que no precisamente tienen que carecer de belleza).

Y así mis manos se vuelven omniscientes, porque al mismo tiempo que me cubren de ellos, los crean sin cesar, los adoran y los visten una y otra vez, como si fueran angelitos a los que hay que cuidar y hacerles infusión de tinta.

 

Todas las obras están legalizadas en Dirección Nacional del Derecho de Autor

 

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