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El mal de las flores

por Alejandro
domingo, 15 de noviembre del 2009 a las 20:17
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Gastón Viñas

La T tiñe toda tu tumba de circulo eterno,

                                              Cruz sin terminar

              Trazos reventados de terciopelo lunar

Tambores que originan huecos de neblina

                                                                                       Orígenes asesinos abanicándose sobre ideas de grises tardes

                                Y la danza invocada

                                en filas de luces anesteciadas con paz


La T filtrada en palabras que deberían vivir en el "más alla" del margen

                                                               Buscarse un estilo, un acento, un tipo para la eternidad

El mal de las flores no hace tanto daño por estos tiempos

                         Inspira a un radio muy pequeño;

                                                           el mal de las flores bondadosas frecuenta los barrios bajos y altos

                                           Y las gentes toman su aroma creyendo que son fieles a la época,

             que son emblemas de las plantas-palabras-profetas-adinerados-hablan desde los mismos vidrios que sirven también para bajar patinando del cielo

El mal de las flores sucumbe a los animales

                                                                       Casi que se regala,

confundiéndose así

a los regalos con los utópicos talentos

 

...Y ella que se me va del jardín de sus pensamientos...


 

Nos esconde

por Alejandro
miércoles, 11 de noviembre del 2009 a las 07:20
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Nos esconde

Nos esconde un sabor a calor en ese gran caparazón que llamamos encuentro.

 

Se queda con la charla, la piel y la ceremonia Dylanesca que nos une.

 

Se queda horas oyendo. A pesar de su gauchada, uno termina maldiciéndolo; sin embargo hay algo de benévolo eterno, de sabana húmeda que agobia y se desarma sobre colchones de cemento y placitas listas para volverlas a calentar todas las mañanas.

 

Y como pensamientos que tienen pies y brazos y cabezas, tomamos de la mejor bebida para el alma; nos nutrimos varios tiempos hurgando en el arte y la palabra, buscando una suerte de confianza tímida

 

Nos esconden los templos azules, y sin desviarnos de ellos recordamos el sabor de nuestras vidas. Vidas lenguas; vidas que gustan acumular semanas en la boca y pasar inadvertidas mientras le dejan a los actores la posibilidad de hablar por nosotros: La cámara se prende, pero la realidad se apaga como si fuera un sol bajo las órdenes de una noche pretenciosa

La oscuridad

por Alejandro
miércoles, 11 de noviembre del 2009 a las 06:37
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La oscuridad

Si tuviese la forma del rojo y pudiera enjuagar mis sentidos

Me llevaría tiempo; pero dejaría estropeado el mantel del espacio

La luz desarmaba palabras sólo comprensibles a la sombra de un libro

Las persianas hacían de pestañas cuando mis ojos, sellados por el caparazón de la noche, me enviaban al movimiento que tramaba el marco silencioso.

Me veía en un cuadro vacío de negro, una fogata oscura que el encendedor de la vida no podía apagar

¡Cuánto deseaba ser color inflamado!

¡Ser lo que nadie ni cosa deseaba en ese letargo de llamaradas!

Si tuviese la forma desnuda no me ensuciaría de horas; pero estaría robando sueños ilustres que la humilde aurora fue poniendo en el canasto de los años

El peso de mi existencia en la balanza del amor y la pena

El vuelo perdido en el aire confuso hasta de respirar

Cartas vanas en el mazo de la vida. El comodín del destino no me toca por aquellas horas,

donde le confieso al silencio que espío las ironías

con que juega la oscuridad.

 

Hombre 1: -Que linterna más extraña la vida, que oscurece los lugares más brillantes de la fantasía

Hombre 2: -Se confunde señor, la vida es la fantasía, y nosotros somos faroles que alumbran su sentido

 

Un día de niño

por Alejandro
miércoles, 11 de noviembre del 2009 a las 06:12
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Es un día de niño,

toboganes desembocan en oscuros amaneceres;

subibajas hechos a la medida del sol.

Hamacas, sortijas y círculos de nubes animadas;

juegos con bajo sentido y sobre nada,

la vida desinflamada.

 

Pero es un día de adulto, también

acecha el peligro, el tropiezo y el optar para mi tan genuino

 

Náuseas emergen de castillos plagados de seda arenosa,

finalizando su recorrido en la fiesta de mi conciencia.

 

Nada más efímero que la felicidad.

Nada perdura más que la felicidad ingenua.

 

Y nada más vulgar que la idea de estar vivo,

¿Pero hay algo que deifique tanto como el hecho de existir?

Nuestra mera existencia

atornillada al banco de la vida y a la mesa moribunda del que pronto hará un asado con ella

 

Sabemos que su mantel con flores y miel

cubre la incongruencia de oler a destino

La belleza gran de naturaleza muerta.

 

Alimenta, la idea de ser niño

Incomprensible, absurdo, fugaz, mezquino, antisocial, ingrato,

falto de elocuencia.

 

La pubertad es su frontera,

el lago que bordea selva de vida.

 

Y la isla de nuestro cuerpo

halla su lugar en un corazón nuevo y hermoso;

pero que planta bandera,

en las tierras de la soledad.

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Nueve del siete (del siete)

por Alejandro
miércoles, 04 de noviembre del 2009 a las 08:35
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Han tenía la vista quemada por tanta maravilla de golpe. Su terraza era susceptible al brote de un blanco nevado, y eso que él había vivido mucho tiempo en países con capitales donde cosas como la falta de gas y de petróleo y el clima debajo de cero formaban parte de sus postales y de la tierra.

         Han no podía creer, se sentía por encima de la ubicuidad, un asombro bastante común para otro oriental encapuchado; pero en alguna Buenos Aires más panzona, quizá se hubiera podido comparar mejor: Los ojos de Han estaban completamente empachados producto del espectáculo invernal y no estomacal (espectáculo solamente interior, por supuesto)

         "¡Esto no puede estar pasando acá!" se decía a sí mismo en un perfecto castellano contemporáneo: “vieja, esto es una masa, mirá como nieva”. Y cotejaban los parientes de Han alguna tarde neoyorkina con el insólito día de la Independencia. Argentina es una barbaridad y no hace falta tener los ojos redondos para darse cuenta.

         Han se pasó la tarde viendo como los cables que atravesaban la terraza iban mutando en piolines para atar el matambre. En la casa tenían una enorme ventana al costado del horno, que daba las noticias realmente necesarias. Si bien no acostumbramos, acá, nosotros, a valorar más de diez minutos algo novedoso, un prodigio honorable que nos dice: "todo algún día nos llega, incluso sin movernos de la ciudad" Han estaba transferido, olvidado. Recuerdos acompañados con mate, rosquillas y un buen plato de arroz; un sillón muy cómodo desde el cual podían contemplarse mejor los travellings ligeros de cada gota congelada.

         A eso de las seis y media, los rasgos de aquel atardecer inesperado empezaban a borrarse por el acoso de una noche que a nadie pretendía, excepto, por supuesto, al amor perdido del frío blanco. Han quedó consternado, rúbico, somnoliento; pero el sueño estaba en otro lado, estaba en este cielo nuevo y lleno de glóbulos blancos desenfrenados cayendo como si pertenecieran a un cuerpo inmaculado, a un ángel recostado sobre las frías calles y veredas, sobre el patio y las sogas con sábanas que se veían desde la ventana de Han como fantasmas dándose una ducha bien caliente.

         Acompañar esta mancha invisible otorgando un pelo a Buenos Aires, parecía que el tiempo le pasaba más rápido. Se estaba volviendo canosa; y el obelisco por fin se daba el gusto de tener esperanzas para dejar de ser un simple y enorme crayón que apunta al cielo con la intención de dibujarlo, de rayarlo, escribiendo algo que valga la pena. De mástil podía también ser que sirva ahora que se estaba gestando y desde los aires una bandera blanca y flameante que profesaba la paz de arriba, el espacio mismo cultivando una ropita en cada pájaro y en los muñecos (por más que sean y no tengan frío); horarios con zanahoria y la derrota del agua como tantas veces la vimos caer en los autos y en los paraguas. Lluvia silenciosa que para Han ya era el nombre que iba a llevar algún día su propia verdulería.

         Y se presentó, esa canción inexistente, porque acá nunca se había hablado de ésto; ningún artista puso la mirada nunca en esta cosa nueva para nosotros que bajaba del campo celeste. Apresurando sus ideas, sobre pronósticos infiltrados en la provincia, Han tomó la cámara y filmó quince minutos. Entraban en los planos ventanas y puertas, además el padre, la madre y su hermano menor; pero la protagonista se merecía de fondo durante todo este tiempo verdaderamente diegético.

         La conmoción se instalaba definitivamente. Reinaba muchísima alegría banal y sincera tal vez. Los cachetes colorados, bien cubiertas las pantorrillas (va, todo en general, para que escribir con tanto detalle) El gorro de lana con la insignia "Hasta la victoria..." Siempre aplastado en algún cajón de la casa y ahora tan buscado y raído, causando furor en la moda (modelos con el Che en la cabeza, increíble belleza interior)

Se da una particularidad heroica cuando se ve tanta gente levantar sus brazos en situaciones como ésta, donde todo concuerda mejor desde la cima de un corazón helado a punto de estallar en regocijo y plegarias mirando a la tierra. Gente que busca y encuentra; algo le tiene que caer. Una vez Han había compartido con un amigo, Wong Tsu Tsuki, medio millón de dólares, antes de que un rayo los partiera en medio millón de pedasos (en este tiempo fue también que se los gastaron en comida rápida) La plata había caído, decían, porque a alguien se le daba por hacer magia esotérica gratuita. Sin embargo a Han no le parecía que esto llegara a convertirse en un acontecimiento milagroso y menos que la gente frecuentara el esnobismo en seguida. La nieve ya no formaba parte solamente de la tapa de su cuaderno. Puso sus manos un rato sobre la estufa y salió recién a la vereda cuando todo, incluso los autos y las calles, quedaron sepultadas en la que para muchos era como hablar del día de la cocaína (pobre nieve, que tendrá que ver)

         Han concebía la idea imperial de hombres con los pies sobre la tierra y monstruos con las narices sobre la nieve (él era muy chico, por supuesto la idea provenía del padre); mujeres y hombres también con las cabezas entre la niebla y hermanos con los ojos en el horizonte; amigos con el corazón inseparable y presidiarios con las manos en la arena (imaginar que llegan a hacer un pozo bastante profundo, por ejemplo, si no no sería noticia del verano)

         A pesar de lo ineficaz que se sentía para proyectar una bola de nieve perfecta, Han hizo su aparición en el escenario con muchísimo valor y divergencia frente a los que estaban haciendo las mismas cosas y guerras por el estilo. Dio varias vueltas manzanas, silbaba una melodía diferente por cuadra que transitaba, logrando la apoteosis final con la cara ubicada en el escalón más alto que tenían estos nubarrones especiales.

         -Quién diría- le decía Han a un viejo hombre que paseaba junto a su pequeño caniche (que además miraba cómo un siberiano comprendía lo que era estar aclimatado)

         -Dígame señor, por qué nieva por acá, hace cinco años que estoy en Buenos Aires y nunca vi nada parecido

         -Yo hace setenta y dos años, tampoco, así que si vos estás asombrado...

         El hombre no se detenía pero caminaba muy despacio y la conversación que mantuvo con Han se desplegó, por cierto sin mucha animosidad de parte del señor, pero confluían sus opiniones al fin de todo el trayecto en algo muy similar y que tenía que ver con el orgullo, no ese orgullo fatuo y entubado en un solo país, el de sentirse orgulloso por ser argentino, canadiense, albano o yugoslavo; era algo más universal y tenía que ver con la misma naturaleza, con una especie de regalo provisorio, especie humana, especie de concretar quién será elegido para que le caiga un rayo, un tsunami o unos cuantos copitos de nieve.

         -¿Cómo te llamás?- le preguntó el hombre cuando se estaban por despedir. -Han-, respondió éste, con una sonrisa enorme y cualitativa que provenía de oriente (no todo lo de ahí es tan berreta)

         -Mirá Han, no hay nada más cercano a la idea de Dios que la propia naturaleza: Castiga, Regala, te Salva, nos Salva, y nos pone caminos por delante, y todo esto es lo que me termina pareciendo muy extraño porque yo, y te soy sincero, no debería recibir absolutamente nada de nadie Han, para mi Dios es un castigo de la naturaleza y lo encierra entre todas estas cuestiones que no dejan de ser subversivas cuando me meto dentro de mi casa.

         -Me parece que usted ha hecho muchas cosas malas en la vida señor, por eso no puede disfrutar de toda esta maravilla, aunque yo pienso en la gente que vive en la calle y caigo con usted, en la misma idea.

         -Hice cosas que seguramente Dios no las ha podido mirar Han, si no, es difícil que hoy estuviera hablando con vos.

         -Sin embargo el tono de su voz, suena a hombre bueno, y en sus ojos, también encuentro una vida llena de acciones justas y considerables.

         -Es el idioma Han, que esconde muchas cosas. Ya vas a entender mejor algunas cuestiones sobre códigos lingüísticos, tenés que progresar bastante; y considerable Han, es una palabra muy grande para usar cuando estés interesado en elogiar a alguien.

         -Pero señor, ¿Qué hizo usted? ¿No es éste un país de gente buena?

         -Si hay algo realmente universal Han, es gente de todo tipo y atuendo. La conducta Han, de cada uno de nosotros, serviría para venderle planetas con paletas humanas al por mayor a cualquier indígena espacial. Imáginate todos los histéricos e histéricas solos en un mundo y lanzarlos a una órbita bien lejana.

El hombre soltó una pequeña carcajada media reacia.

         -Qué dice, no entiendo nada, lo importante hoy es que es el ¡día de la nieve!- dijo Han volviéndose a entusiasmar.

         -El día de la Independencia querrás decir, yo habré abusado de no depender de nadie más unos ciento noventa y siete años. Así que me considero (vos que me hablabas de considerar) parte íntegra del espectáculo.

         -¿Tanto tiempo señor, vivió usted? dijo Han con su pobre inocencia (y no se sabe bien hasta que punto se podría considerar)

         -No tanto, respondió el hombre, y continuó diciendo

         -Han, si te ponés a dudar quién te dice cuántas veces podrá uno renacer, o la gastada de un amigo que al menos sabés de donde viene. Tengo muchos prejuicios Han, pero tus preguntas, tan simples y eficaces me sirven para darme cuenta de ello. Debería dejarlos algún día, pero no sabés cuánto los necesito. ¿Entendés que mi perrito y los prejuicios es todo lo que me ha quedado?

         -Pero, ¿Su familia señor? ¿Dónde está? Yo ya soy un chico grande y lo voy a poder entender.

         -Mi familia ya no me quiere Han, no me quiere Dios, me va a querer mi familia.

         -Pero ¿Dónde está Dios? ¿Cómo sabe que no lo quiere?- preguntó Han indignado por el camino que había tomado esta conversación

         -No estuvo nunca Han, ¿No es una prueba concreta de que no me quiere?

         -Hay personas que siempre estuvieron y sin embargo no nos quieren, no creo que sea prueba suficiente. Además es la única forma, me parece, que tiene Dios de proyectarse frente a uno, es decir, si no, no tendría sentido un verbo tan importante como el de "creer"-. Han intentaba mostrarse como una persona que podía ofrecer consejos y puntos de vista, desplegando un costado suyo muy filosófico y que de verdad sabía que no lo poseía.

         -Ahí parece que cae más- dijo el viejo. -Por qué no te vas y te armas un muñeco de nieve Han, yo ya me meto adentro que está frío.

         Era la primera vez que Han mantenía una conversación con un sujeto grande y en otras tierras. Y la verdad no duró demasiado, tampoco la mentira o la farsa protesta que hacían algunos idiotas y viejos caminantes ornitorrincos al borde o la caída hacia el fondo de la locura y el genocidio. No quiero decir con esto que represento aquí un narrador que tiene la sospecha inmanente de que el hombre que se había cruzado con Han era uno de esos torturadores de la dictadura que todavía andan libres; pero como es difícil olvidar un pasado (aunque te lo hallan contado) tan terrible y sangriento y condenado a ser siempre un presente para recapacitar, debería decirlo: Argentinos, extranjeros, tened cuidado porque el nueve de Julio salen todos y la nieve no hizo más que recordarnos que tapar cosas con un color particular... (considero a la nieve como gotas de sangre de algún ángel herido rondando por los buenos aires) En fin, habría que encerrarlos a todos (al menos entre paréntesis) No se los puede estar viendo por todos lados con una libertad que espanta. Por más que digan lo mismo en cualquier lugar que se encuentren. Se deben usar para explicar, a fuerza de matices tautológicos, qué perversos llegamos todos a ser debés en cuando. Incluyo los hombres "considerados" libres porque siento que a todos nos irrumpe cierto tipo de maldad. La idea de vernos como si fuésemos un abanico de posibilidades y conductas heterogéneas se afianza constantemente. Han, al volver apresurado a su casa supo darse cuenta de muchas cosas y de que estaba equivocado en pensar todo como si fuera el universo una instancia de alegría y diversión eterna. Comenzó de pronto a surgir en sus ojos una mirada diferente que daba lugar a personajes oscuros y siniestros, personajes que a simple vista parecen, como decirlo, "del barrio", conocidos que nunca generarían algo parecido al temor. Nadie causa temor en realidad, sino más bien sus acciones y discursos, sus conductas que por más variadas que sean, yo creo que cualquier indígena espacial, como bien decía este hombre, preferiría exportar las suyas. Ojalá nos llevemos otra sorpresa similar a ésta de presenciar la nieve (blanco exterior, antagónico de la oscuridad interior) y sepamos darnos cuenta de cuántos modos el cielo está capacitado para llorar alegremente.     

 

 

 

Buenos Aires ajedrez

por Alejandro
miércoles, 04 de noviembre del 2009 a las 04:24
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Al doblar la esquina, estaba compenetrado, abolido en mi camino por un pensamiento viejo. Sin embargo marchaba bien lustrado y parecía obedecer una partida uniforme con mi ropa predilecta. Al doblar la esquina, algunos lo que hacían era tomar por indiferencia la llegada de una cuadra nueva, transitar a lo largo y en diagonal y levitando, como lo hace un alfiler ofensivo (que siempre lo es) echándose sobre las rupias confusas de una dama olvidada por sus caballos. Parte del plan hizo de la sustancia charco, enterrado bajo tierra también mojada; del tablero, algo inamovible, imposible de plegar, donde había que jugar hasta el cansancio y más aún después. El tablero se contraía en tiempos de crisis. Cercados con alambres punzantes, cuadrados de a pares desaparecían (por lo menos del mapa) y si quedaba por comer alguna pieza, ésta se digería imaginándose previamente todo el proceso hasta su desembocadura en el estómago. Pero la imposibilidad de llegar a formar parte de cualquier otro soporte estaba en los planes de mi destino. Al doblar la esquina, sabía que pronto doblaría otra y después otra. Así hasta llegar a formar un cuadrado, infinito como círculo paralelo triángulo rectángulo. Fronteras prefabricadas con pinos, mares, charcos o baldosas y monumentos a Gardel diseñados por indios y monumentos al indio diseñados por peones peculiares (es el caso de los que no comen) Tanto Buenos Aires, tanto baile; ignorancia pesada, torres que defienden esquinas y boliches; torres en otrora patentes de algún vehículo kafkiano. Tanto Buenos Aires me hacía, a pesar de todo, sentirme alegre y una carga preliminar de baterías para conectarme con la hoja de Cortázar y la pluma sobria, de veras muy sobria; tanta tarta y tinta consumida viendo Mayo o la avenida, para colmo, llevando damas y torres y caballos y peones ¿y para colmo? ¿Una reina infeliz porque sabe qué no es la patria? Y que tableros hay a patadas, a piñas, a prototipos para sonarse la nariz mientras miran el obelisco con un telescopio desde París. Ese fue mi pensamiento que ya no era viejo sino moderno. Al alfil se lo eleva y al peón se lo arrastra (nuevo) A la dama no tanto, a la reina se la cuida. Es que no me ayudan negando la cosa salvaje; por ahí en el teatro (pero hay que entrar en otro tablero) teatro tablero, torre de teatro, rey de teatro, flor de teatro (eso es en el truco, en la magia y en la prestidigitación) saltando por arriba de las terrazas y haciendo a la inversa de Papa Noel ¡Jaque! Un arma no es una flor, pero le pedía a mi cuerpo como mínimo que esquive una bala haciéndola pasar por un pétalo de color plateado y una Buenos Aires que tenga la esquina lo más lejano posible, derramando en torno a todo ese charco parasitario ulterior que conmueve con su llegada en masa y transforma el tablero; entre el abismo entre vivir sobre una tierra cuadrada bajo el seudónimo que se inventa por medio de una regla (el peón, así como la torre, no pueden moverse en diagonal, pero algunos ni siquiera pueden entrar) Oyeron al enemigo venir a Buenos Aires. Lo detectaron porque lloraba gritando ¡mate! ¡Mate! ¿de felicidad? Dícese del que gasta sin miramientos y el que va llamado ser viento con el papel blanco de la memoria; cultura inmadura de tanta carga horaria sin pastilla, tanto café con horario. Y hablando de las horas, que no pude vender en ninguna casa del once (y eso que las ofrecí todas juntitas, ordenaditas, sometidas dentro de un pequeño recipiente vacío llamado reloj) hablando con cualquiera podía darme cuenta de todo lo que se perdían, de todo lo que había por descubrir y jamás lo iban a tener en cuenta, las horas inmaduras metidas todas en un cuerpo adulto y vacío. Toda esa orbe de cultura que Buenos Aires tiene, inmóvil y para pocos, para tan pocos que saben pegar saltos sin ser unos caballos; reyes solitarios que van buscando aquellas oquedades de la sabiduría y el placer escondido bajo la clave del arte. En ese espacio solemne y vacío, lleno de piezas, damas dados y billares; en esa Florida hermosa y asquerosa, ese Lavalle hermoso y asqueroso, esa Corrientes hermosa y asquerosa. Hay que buscarlo, hay que buscarlo. Es bueno que la mente haga lo mismo que un colectivo, nos traslade pero parando cada dos cuadras a la búsqueda de un viajante inesperado y abstracto, dos cuadras y dos esquinas sometidas a treinta partidas y venidas de la torre (que siempre es la misma) mientras una reina inmóvil, sentada sobre las rodillas de un alfiler lujurioso (generando la envidia de los otros tres) contempla esta dimensión confusa en que se veía una parte del castillo retórico, convertido en una casa que vende celulares y entradas con descuento. Preferí hacer ceniza y lanzarla al aire como si vomitara una comida que había sido piedra o caballo. Al rato, un chillido muy visible, dibujando en el oído una melodía rechazada instantáneamente; abrí la única puerta que nos alejaba de todo cuerpo y permitía hacer de la partida una especie de ritual en el que participaban 32 piezas en una pieza más dos intelectos promovidos por la fe en la resolución de un problema que entretiene; y la movida (tan perfecta si tuviésemos una cámara en aplomo para mostrarla) quedaba suspendida en el jolgorio indeciso. Cuando entraron pudieron ser cómplices de una inextricable conversación mental a fuerza de corceles y nimiedades de peones a la casería; un Robin Trower fascinado con la pentatónica de Mi parecía excomulgar y recibir las lecciones de aquel sonido que había emitido el portal de madera. No hubo quejas, pensar en todas las jugadas obligatorias era suficiente para hacerlas pasar como un ángel, como la sustancia de un ángel blanco o negro, no importaba, no hubo quejas, se terminó en tablas y punto y aparte. Dividimos el honor y algunas galletitas que habían quedado sobre la mesa. La furia de cada pieza quedaba suspendida en ese horario matutino donde se ve una Buenos Aires con la cara dormida y mechas desparramadas sobre la calle y la vereda; pestañas amarillas que recogen el agua estancada de los años. El disco se detuvo con forma de mundo, el juego se detuvo con forma de Buenos Aires a la tardecita, cuando el sol se pone altanero pregonando la idea de que no todo está perdido. Un tablero perdido por el barullo y la incomprensión en que había quedado cada pieza, cada caballo mofado de su prolijidad para moverse, cada dama con su obligación de volver a casa cuando la oficina concluía dejando de ser un lugar causal festivo, cada torre que se cae producto del peso de tantos celulares en tantos bolsillos; cada peón vendiendo en el éxtasis la banderita de su querido país; cada alfil famoso de físico privilegiado haciendo de las diagonales un tramo final de una maratón enredada en un cuadrado; y cada rey, cada rey, cada rey, cada rey...vaya saber uno dónde podría decirse y vestirse cada rey

Historia de un hombre mayor

por Alejandro
lunes, 02 de noviembre del 2009 a las 07:07
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El señor O, de genero atento y sarcástico, consumado por la resoluta obediencia instigadora y presente en todo el recorrido de su ser, salió de su casa olvidando la llave a propósito. Su intención fue declarada más tarde por su hijo o minúscula cuando recibió la cita de un parlamento insólito que actuaba a instancias del castigo también para los que olvidan con intención, en un olvidado barrio en crecimiento (de gozar con entretenimientos televisivos).

         Sucedió lo siguiente: la familia fue atacada violentamente. Los ladrones se habían llevado hasta los imanes de la heladera, que parecían (en palabras de uno de los chorros mientras se los llevaba al bolsillo) "Pequeñas obras artísticas llenas de fogosidad que decoraban las frías paredes hogareñas"

         O minúscula sabía las intenciones de su padre, un hombre típicamente decadentista, artificial, una computadora que se revela contra su propio sistema. Mérito del hombre mayor, hacer todo el colapso de su vida una cosa dispar y entraba también la familia. Ese exceso de libertinaje estúpido y todos aquellos procedimientos irracionales que se complacía en hacerlos tangibles, en ciertas ocasiones como ésta, los estimulaba con o sin orgullo, perjudicando de todas maneras la seguridad de sus propios seres queridos.

         Lo primero que hicieron fue la denuncia contra él. Unas semanas atrás había hecho algo parecido cuando al irse a acostar, las ventanas que daban a la calle quedaron totalmente abiertas. La diferencia fue que en este caso él también se hallaba en la casa, lo cual nos hace deducir sobre su propia rotura de ilusión externa y auto desengaño.

         Se lo llevaron el mismo día de los imanes y no volvió a su casa nunca más. Pasaron años, casi diez, a pesar de que le habían dado solo dos. Él se decidió a patentar una nueva forma de vida totalmente opuesta a la anterior. Pero seguía siendo un esperpento, de vigencia ínfima, llevando la máscara sobre el cuerpo y el maquillaje en la ropa sucia.

         Los hijos, tanto o minúscula como la jota y la h (que era muda la pobre), decidieron un lindo día de sol y mansalva perdonar todas sus tontas locuras  y enviarle una carta de reconciliación. Por otra parte, necesitaban de su ayuda, porque la madre de ellos andaba mal y todo había empezado justo en el tiempo de su encarcelación. Eran diez años, la verdad, mucho tiempo; pero el dolor, mucho mayor y congénito, reclamaba la presencia de un antídoto humano y ese era O. Esperaban con ansia el cambio, que ahora al menos supiera dar cuenta de cómo fueron siempre las cosas y los sentimientos de la casta. Esperaban susceptibilidad a la transformación, que siga siendo un hombre revelado contra su propio sistema, por supuesto, un hombre MAYOR; lo importante era el hecho de que no causara daño en los sistemas ajenos.

         Nunca respondió a la carta, enviaron tres más a diferentes direcciones, pensando que podía residir en ellas. En un efusivo encuentro entre padre e hijos, luego de tantos años, aquellas letras volvieron a verse las caras. El hombre se disculpó por todas las ocasiones que lo habían llevado a servirse de esa manera; asumió sus problemas y de no olvidar, sino de ejercer a propósito los terribles poemas escritos sobre el destino de su puerta.

         -Miren, yo no he sido un buen padre, soy obsceno, me abstraigo muy fácilmente y me dejé engañar por la esperanza de que siendo padre mi vida se iba a cambiar por fin de tipografía.

         A lo que j respondió:

         -Es muy triste lo que decís, debería odiarte para siempre, sin embargo no puedo, sos mi padre y eso consta en los papeles. Es lamentable que no puedas cambiar de visión, que no veas nada en tus hijos que te provoque ternura o al menos, debes saber, que un renglón de felicidad le hemos tenido que dedicar a tu vida.

         -si, si y me disculpo con ustedes hijos, son lo que ahora ansío con toda mi alma tener. Pienso recuperarlos ofertando buena voluntad y predisposición, lo que se les antoje será otorgado sin ningún tipo de drama.

         Rencor, inventado, al menos para que O pueda salir del trance olvidado y permanecer en hogar. Su esposa se recuperó muy pronto y la alegría de a poco regresaba. Se notaba en el rostro de cada uno. Empezaron a tener visitas de amigos, parientes, hasta de vecinos que antes los odiaban.

         O mayor hizo las pases con o minúscula; lo empezó a llevar a ver Fútbol, a los recitales, y le traía debés en cuando un disco de Spinetta o alguno de Jazz; el propósito era otro y tenia que ver con la felicidad en sus hijos; muchos años haciendo muecas y nunca un mensaje hacia ellos para llenarlos de una vida intensa en el aprendizaje y el entretenimiento.

         Con el paso del tiempo, empezaron otra vez los problemas, esta vez de una envergadura más pequeña pero problemas al fin de todo. H tenía mucha envidia por j y la razón era desconocida. Nadie sabía por qué, ni siquiera h que solo decía tener aquel sentimiento y nada más, en realidad no lo decía, pero se podía ver claramente sobre la hoja. Varias veces intercambiaron diálogos fuertes, sobre todo si una le espiaba el novio a la otra, o si una creía estar menos mimada por sus padres. Por ejemplo, una noche que llovía bastante, se corrió la tinta sobre el destino que estaba sufriendo un hermoso vestido nuevo de J. Al parecer, h tenía que sacar la ropa a las apuradas y meterla dentro de la casa; pero había dejado tendida a propósito aquella prenda que tanto quería J y que usaba las noches de sábados con estrellas pintadas sobre los sueños de la luna. El vestido quedó desecho, irreconocible. J lloró bastante compensando con agua los maravillosos fines de semana que siguieron al hecho y en los que no calló ni una gota.

         Otro escándalo sucedió cuando el hermano de O mayúscula, trazó una línea sobre los hijos de éste. No quería olvidar, con el paso del tiempo, que habían sido sus sobrinos los que alegraban las tardes cuando lo iban a visitar, ya que vivía afligido, un sentimiento de miseria existencial lo evadía, y la soledad lo condenaba a quedar fuera del abecedario. Su hermano le había dicho una vez que le tirase un piropo a la M, una chica muy linda que frecuentaba los bares y las librerías de Cabildo; pero él no se animaba, le costaba emitir siquiera una palabra y los ojos no le bastaban para conquistarla.

         El escándalo, producto de aquella línea, surgió, pues, por la desconfianza que empezó a tenerle su hermano. ¡Me quiere sacar a mis hijos!, decía, cuando por fin vuelvo a estar con ellos para compartir momentos de regocijo. Esto no era cierto pero los celos de O se hacían cada vez más grandes, como cuando se comienza el primer párrafo del primer capítulo de la primera hoja de cualquier libro, independientemente de su calidad o el interés que alguien pueda llegar a darle a eso. Además O mayúscula, entre otras cosas, volvía al abuso de poder y su casa más bien parecía una pirámide flotante que levitaba; su ascenso tendía al poder infinito debido a la intención de alejarse cada vez más del renglón, éste le producía una sensación de encierro y pegocidad y falta de libertad y falta de "poder moverse", de poder mandar al que quiera y prescindir de los que intentaban desmerecerlo y sacarle créditos y oportunidades de volver a ser un padre, al menos, por otros cuatro años, cuando vecorta (su esposa) ya desde los ojos de alguien (es decir, desde el cielo), leyera todas éstas cosas sin poder contenerse, sintiendose aludida y compenetrada con la lectura hasta el punto de llevarse a "sus serifas en pañales" a casa de su madre la Z.

Lago de Parda

por Alejandro
miércoles, 28 de octubre del 2009 a las 15:08
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Las proporciones eran muy desafortunadas como para andar suponiendo que algo pudiera llegar a ser excesivamente lógico y evidente. Me parecía un rumor lejano; saborear la astucia no merecía ningún sentido cuando todos estuviesen en el mismo plato putrefacto. Realmente se estaba echando a perder. Yo miraba las estrellas y aunque el placer se hacía por dentro, no faltaba oportunidad de prometerle un canto elocuente a una noche transpirada y misteriosa.

         Porque era verano, a pesar de que resulta fácil darse cuenta que la estación deshidrata también ciertos hechos enigmáticos de una envergadura consecuente, producto de una causa diferenciada de las tantas que suceden a diario.

         La no costumbre, la no cultura invasión; películas y músicas que  recomiendan cinéfilos y melómanos, ofrecen toda una lista de sucesos, lugares y estados que da para poder hablar sobre determinados tópicos del llanto o situaciones que mejor serían vistas al ralentí (y solo por ese goce tan simple de que se quede más tiempo en pantalla). 

         Recostado, inmóvil, con la agilidad puesta en la contemplación y nada más (si a esto se le puede llamar una costumbre), espiaba cada una de las estrellas. El cielo parecía proporcionalmente más pequeño. Yo lo asimilaba desde la niñez a una bolsa plana que contenía muchos soles, muchas estrellas; también aviones y pájaros; y los árboles a veces, los más altos, pretendían integrarse al simposio estelar. Sus hojas (la de los árboles) me recuerdan a los brazos de las personas intentando rasguñar el pizarrón de la noche.

         Aquellas figuras formaban un lenguaje indivisible, una constelación brillante y otra nublada. Habría que esperar de ellas algún secreto paradigmático que sea capaz de demostrarnos por qué somos libres a pesar de conformarnos todos los días con el mismo cielo.

         Yo pretendía alejarme de aquellos lugares en el aire, concentrarme en la rutina y el atajo hacia un nuevo fin de semana; pero poniendo justamente la vista de cara al cielo podía lograr un retorno satisfactorio.

         No había forma de camuflarse entre los pastizales verdes y blancos; la luna era la lupa más grande que hasta ese momento conocía, la lupa de un ángel. Espiar, en ese momento, era una acción mutua. La luna ampliaba no sólo mi espectro, o el aluvión de almas encamadas con la mía, sino la superficie que supuestamente me sostenía sin dejar de ser un híbrido conmigo.

         Al cabo de veinte minutos, los invitados anclaron sus autos en Lago de Parda. Así se llamaba, o por lo menos eso decía en la puerta de la entrada a la casita que mis viejos habían alquilado ese verano. Yo también era parte de la visita, porque necesitaba descansar unos días, obedecer a parientes que recomiendan la costa como cita obligada para escapar del dilema y el abuso que el porteño hace con el humo y el calor.

         Me levanté, despidiéndome por última vez del cielo y sus reflexiones; guardé con ganas una variedad de presagios que irían a estimular por unos días mi imaginación.

         Saludé a todos sin conocer a nadie. Macanudos, felices y sin caprichos; equidistantes formaban un círculo de parejas de cuarentones.

         Mi padre se llamaba José y era el único que se disponía a prender el fuego. Yo me parecía bastante a su carácter. Sus ojos eran aún más grandes pero se agotaban más rápido que los míos. Me llamaba la atención su costado más caótico porque me servía para reconocer mejor en las demás personas cuándo y cuánto tiempo variaban los diferentes estados como el de paciencia o antipatía.

         Todo había sido propuesto en capital. El reencuentro luego de tantos años de amistad. Ya todos casados y con hijos menores y adolescentes. Volverse a juntar para conservar el recuerdo, más bien para recuperarlo puesto que la memoria, después de todo se los termina robando, y pensamos que sólo estamos con varios presentes, al desnudo, estafados por nuestro propio intelecto.

         Egresarse con chicos, hoy verlos hombres y mujeres. El hastío del tiempo nos quiere atrapar ya fuera en días o  noches, sin embargo nos alejamos unos, y otros se acercan a un proyecto tan particular y diferente del nuestro.

         Mi madre se llamaba Maite, la reunión era por parte de mi padre pero se la veía contenta. Hacía relaciones con todo el mundo, algo que pude heredar de ella aunque a veces debo confesar que me paso de la raya y la relación la termino haciendo con el mundo en sí mismo como forma natural y prosaica.

         Me cuesta bastante mirar a los ojos, el espejo satisface mis limitaciones, pero siempre recaigo en la mirada de ella para saciar mis dudas existenciales. Su rostro involucra el mío también; puedo ver entre el vaho de la vida las cosas tan irregularmente que me incita el análisis propio en mis padres. Ellos tienen la gama de rasgos que dieron un color tan opacado como el mío. Sin embargo la simpatía empareja un poco la balanza de una personalidad que va pesando cada vez más y promete asumir un precio relativamente social.

 

         Trato de no entrar mucho en detalles porque lo que en verdad quiero contar radica principalmente en lo ocurrido a la vuelta, cuando todos estaban de nuevo en sus hogares. Es una aproximación que dije y que tuve, por así decirlo, hacia uno de los amigos de mi padre.

         Nos enteramos tarde, casi una semana después de la reunión en la costa. El tipo desapareció sin aviso; por momentos creí que una broma tonta había sido la encargada de negar un secuestro o una discusión con su esposa.

Se llamaba Ricardo, me acuerdo que de todas las personas ese día presentes era el más humorista, el que ponía la voz por encima de todos. Haciendo muecas casi horribles, se deleitaba contando anécdotas sobre negocios clandestinos y judíos entrenados en el ejercicio del ahorro eterno. Recuerdo haberme cansado de escuchar tantas boludeces. Hasta mi viejo sentía curiosidad por frecuentar otro tipo de charlas. El instante iba siempre prefigurando un eco de salida, pero aquello era sólo un deseo eterno en ese momento.

         Recuerdo que, no viene al caso, sentí aprensión pero de golpe, porque estaba concentrado ya en mis temores acerca del destino; debía cuidarlo mucho, a pesar de que lo había dejado por un rato de lado, sin registro ni papeles en orden.

         Este hombre, volviendo al caso, seguía hablando y hablando y su esposa se moría junto a él, enferma de placer y ensoñación alucinógena, producto del vino más el asado.

         Y qué relación hay entre la desaparición de Ricardo y su risa desgarradora, cómica y brutal para los oídos con ideales de nostalgia. Pues, hay bastantes. Hoy se sabe poco sobre el caso. El otoño cubre los detalles que implican la deducción de asuntos tanto cotidianos como policiales; con la corteza de los pequeños apuntes, el logro de escarbar pero encontrar, a pesar de quedar con las uñas llenas de tierra y lugares habilitados para no buscarlos.

         En primer lugar Ricardo era el más grande de todos, contando los hombres y las mujeres. Había repetido dos veces, de esa manera llegó a formar parte del grupo en el cual conoció a mi padre y a los demás compañeros. Es un dato menor pero se hace ostentoso, para exagerar un poco, cuando se advierte que el cigarrillo (y me era posible saberlo hasta cierto punto) era su herramienta de manipulación más explícita sobre la mesa. Como un animal que marca el territorio de todos mientras que el suyo lo rechaza con el incienso de un árbol moribundo. Evidentemente los impulsos que rebosaban de su capacidad biológica lo asemejaban a un hombre con el instinto heredado. Le pregunté a mi padre en voz baja. Me lo confirmó más tarde, cuando ya no quedaba nadie en Lago de Parda.

         Un hombre que fuma y bebe, y se traga hasta el mismo sustantivo de gula; pero que antes de evaporarse manda un mail a todos narrando una escena dolorosa, repitiendo cuarenta veces la palabra llorar en rededor de querer, desear, añorar; y firmando y aclarando que el cigarrillo y el humor destruyen los pulmones ya sea por humo o por risas.

         ¿Acaso no deberían estar en la mira de las sospechas todo el grupo de egresados del 72`, además del suicido casi anti-premonitorio que me ofreció aquella noche la personalidad de este sujeto? O los amigos que construyó a lo largo de su vida. ¿Acaso mi padre, mi madre?. ¿Acaso yo no seré culpable de una desaparición que se instaló a nivel nacional y desbordó, a su vez, el tamaño esperanzador que sus parientes pudieran llegar a poseer? ¿No seremos también culpables todos cuando alguien interiormente suele cotejar diferentes apariencias y, a pesar de ello, decide quedarse con todas (ya sean dos o más) utilizándolas como forma de vida y valga la redundancia con la posibilidad de no poder algún día llevar a cabo un examen autobiográfico verosímil?

         Durante el día no puedo emular los pálpitos que mantienen en coma y luciérnagas a las estrellas. Tampoco suelo llevar mapas, no los necesito; los rayos del sol alumbran cualquier camino. Pero sí puedo deducir y confesarme del otro lado de la ventanilla, que Ricardo es un personaje creado para ser de nadie. Se ofende seguido, porque sus proporciones son confidenciales y se lo ha visto además varias veces en la costa de lágrimas contando chistes horribles. La desgracia le ofrece un asiento en otra de las tantas reuniones inoportunas.        

         Me levanté, ahora si, con la noche de mochila y los cuadernos de poesías anclados en mi cabeza. La Luna inmensa era vestigio de un crimen perpetuo. Yo Prefiero, y no lo dudo, las historias que flotan en el aire; pero en Lago de Parda, por lo visto, parece que siempre hay oportunidades para bañarse con ingenio, sin la ropa de la soledad

 

 

Sobre el blog

El blog de alesurro

Una manera de esquivar el horror;  imagenes que se han manifestado increiblemente, circulando por los resquicios de la realidad, imagenes que debieron pertenecer al dolor de un pasado que no se ha consumado sino en la eternidad rompiente, donde los fantasmas tienen el privilegio de vivir orgullosos mostrando sus heridas mortales. Una manera de esquivar el horror, las presencias inhóspitas. Escribir es algo así como taparme los ojos; es un juego para esquivar mis propios fantasmas, fantasmas de palabras; es una paradoja, porque a medida que los voy generando, voy seduciendo a mis ojos para que fuguen hacia dentro, se escondan de sus propios horrores (que no precisamente tienen que carecer de belleza).

Y así mis manos se vuelven omniscientes, porque al mismo tiempo que me cubren de ellos, los crean sin cesar, los adoran y los visten una y otra vez, como si fueran angelitos a los que hay que cuidar y hacerles infusión de tinta.

 

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Inacabados (Angeles)
asi q anduviste por el infierno y volviste para contarlo? tengo ganas de saber lo de Itati......(31 oct)
Lago de Parda (Yakely)
     Hola mi buen amigo, cómo estás? Sabes? Me gusto mucho este cuento... Tango que se me vino las ......(28 oct)
La vida de Brenda (Yakely)
Vaya Historia de Brenda... Me gusta esta parate de la historia, tiene alma y sobre todo reflexión ......(27 oct)
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Hola Amigo, Cómo estás? Espero de corazón te encuentres bien... Seguro estas bien verdad?Ten una ......(27 oct)
Y a las hojas de los árboles dedico mi traición (betzaida)
que crees tu si ponemos 5 ojas de arbol en una bolsa plastica y otras 5 en unas servilletas por dos ......(04 oct)

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