…que nacen de mi vida para postrarse en recuerdos tan reales como el presente mismo, haciendo de éste algo sumiso donde se apoyan las nostalgias y las tristezas de mi pasado. Extrañarte es poco y mucho menos un período que he de vivir, porque reconozco ahora las horas más bien como un vaho espeso, como la eterna mancha que llevaré de tu desgracia; no queda otra que seguir y seguir contandote lo que fuiste para mi, hablarte mientras quedo acurrucado dentro mi caverna espiritual, dentro de mis llanos horizontes donde se sedimentan mis angustias más influyentes y todas las huellas que iré dejando marcadas en el aire de este mundo hasta morirme y por fin descubrir ese paseo al que sola te fuiste, sin dejarme que te llevara prendida al cuello; y que por tus alas ahora ya no precisás de ninguna correa impune, y que por tus ojos que cerraron la imagen que tenías de mi y se abrieron en otra parte donde pueden mirarme mejor y todo lo que me quieran; ¡que nacen de mi vida! A cada rato, a cada segundo: los recuerdos, la presencia que tengo de vos y que está impregnada en cada célula de mi formación; mi adolescencia te la debo, te debo cada momento que hiciste que yo no sufriera de ese síntoma tan horrendo como es el de la soledad, que hiciste que yo tuviera siempre un abrazo a mano para dar, cuando no solo que no los tenía sino que no sabía lo que eran porque nunca me habían dado ninguno y los de niño que albergaban en las fotos y en mi inconciente, y eso no servía de nada porque mi presencia continuaba yéndose de mi, sabés Wendy, había días, días pretéritos, en que estabas con mi espíritu y nada más, mi cuerpo estaba solo y deforme, mirándose en los espejos de su inocencia y desdicha, mirándose qué tan feo era, y que la vida le había otorgado el don de sentir profundamente que podía irse de ella cuando quisiera. Debo decir, aunque no recuerde perfectamente cada día de estos doce años en que te tuve a mi lado, que hay algo que fue tan a priori, tan tierno y hermoso y hermoso y hermoso, y que era saber que todos aquellos años el regreso a casa era un sinónimo de tu bienvenida, de tu sonrisa fiel, eras un ser tan pero tan alejado de un acto hipócrita y de la falsedad que la razón humana se ha acostumbrado a crear histórica y culturalmente, eras un pedazo de inocencia, rebeldía, bondad, belleza, cariño, simpatía, eras la destinataria de una misión, y esa misión fue el hecho de ayudarme a crecer, ayudarme a perder los miedos de la madurez, ayudarme a querer, porque yo no sabía lo que significaba querer, desde este punto veo lógico que ahora te vayas, como fiel peregrina que eres, y que te quedaste a mi lado el tiempo necesario para que yo sepa abrirme solo al mundo, enfrentar las cosas y a partir de tu bondad infinita reconocer un acto de crueldad en seguida; amar, llorar, no dejar nunca de insistir cuando verdaderamente querés vivir, como vos hiciste hasta el ultimo minuto de tu vida, tus llantos agónicos y tus ladridos no se desvanecían nunca a pesar de que tu enfermedad se agravaba con cada segundo que pasaba, insistías, insistías, para que ahora sea yo quien te diera una mano, quien te extirpara ese tumor maligno que ya no te dejaba jugar con la pelotita de tenis, saborear tu plato de comida preferido, subirte a la cama para estar mas calentita y cómoda. Y me lo pedías a gritos, y yo a tu lado acariciándote, con mi corazón destruido en millones de fragmentos oscuros como la sangre de un hígado asqueroso. Y yo a tu lado acariciándote para que tu dolor descanse la mayor parte posible en algún lugar sin cuerpos, para que mis manos, que iba apretando cada vez mas fuerte a tu pelo brilloso y marroncito, puedan extirparte por medio de fuerzas espirituales que confiaba que mi alma poseía, todas las malditas cosas que tan mal te estaban haciendo. Y bajo la impotencia que me carcomía como una fiera hambrienta, empezaba a preparar alguna camita en el cielo, pero no para vos, sino para mi, porque era en ese momento que comenzaba a creer más en mi propia muerte que en la tuya, ¿o acaso no te fuiste literalmente con una parte de mi? ¿Acaso no quedaron en tu cuerpo las miles y miles de caricias que mis manos te regalaron con tanto amor? ¡¡Por dios!! ¡¡Que las almas existan y libres sean!! Y que tu vida no haya quedado allí apretada en esa fosa horrenda que me toco fabricarte para tu destino póstumo, y cuando te envolvieron con cal, que parecías una fantasmita indefensa con grandes ambiciones de seguir cuidándome y brindándome amor de cualquier manera; cuando veía cómo la tierra te iba tapando, y mis ojos a punto de rebalsar y mis brazos temblando de tanto haber cavado y sosteniendo ahora una pala que parecía más un elemento para construir mi culpa que la herramienta para ajustar bien el mecanismo de tus alas emergentes que ya eran semillitas cuando tu enfermedad se acomodaba en tu cuerpito. Si, tenías semillitas de alas. Quiero morir escribiéndote, haría un texto infinito para que mis penas no sean tan horrendas como veo que son a pesar de que los días van pasando, y que va amaneciendo, y saliendo el sol, y la luna, y el viento de un otoño plañidero y modesto, y la lluvia, la lluvia que temo que te moje cuando caiga sobre tu tierra, que te vaya convirtiendo en otra cosa, que vayas haciéndote naturaleza de vuelta hasta que un día ya no quieras despedirme ni siquiera con tu imagen putrefacta, hasta que un día te olvides de mi y renazcas en otra perra otro hogar otros brazos otras manos otros ojos y otro espíritu que alimentar y cuidar por años. Y todo esto es lo que siento que me destruye, por lo que lloro y lloro, pensando que cuantas más lagrimas tenga bajo mi poder, quizá pueda construir con ellas un ejercito con la única misión de ir a buscarte y regresarte a la vida. El silencio que hay ahora en casa es atroz, es mortuorio, es un silencio muy parecido al olor que salía de tu boca poco antes de que te fueras, ese olor que no era de este mundo, hasta me parecía sentir que estaba olfateando a la misma muerte, y tanto yo como vos estábamos totalmente enceguecidos de esta posesión, ninguno de los dos quería aceptar que había un jaque mate de hacia dos semanas y que tus quejidos nocturnos eran el anuncio de que algo malo iba a pasar, ya no te podías parar sola, bebías y comías poco, y ya no jugabas o me recibías como antes, cuando llegaba a casa y tu cola se empezaba a mover por arte de magia. Ahí estaba yo, sabia Wendy, construyendo tu nuevo hogar, haciendo con todos los dolores que produce la prolijidad el molde de tu cuerpo en la tierra, y planificando sobre todo que tu corazoncito, sepultado dentro de lo que pronto también lo iba a estar, albergara bajo el peso de una eternidad lo más bella y alegre que se pudiera, como lo fue ese mismo corazoncito, que tuvo la suerte de nacer dentro de vos y que supo palpitar en vida tanto ahínco y juventud. Es que, cuando uno ha estado mas de diez años acostumbrados a que el regreso al hogar connote tu figura y tu regocijo, y energías hermosas y sonrisas y colmillos que avanecen de una previa siestita y ojitos hechos con la borra de un sueño muy profundo; cuando uno se ha acostumbrado a observarte cada día, y que tu imagen de pichona gigante, tus orejas enormes y de plastilina (hubiera sido terriblemente horrendo sustraerte esta virtud y hacértelas como a los doberman, como nos “recomendaban” ciertos veterinarios, porque eras cruza de perro de barrio con doberman) con tus patitas marrón clarito, casi amarillas (la zona del lomo la tenias bien negra) tu trompita y tu cola como el timón sin rumbo de la raza que eras. Todo ello estaba siendo ahora depositado por mi, en esa fosa, que junto a mis demás familiares empezamos a hacer en seguida, luego de tu muerte. Todo caería y mis recuerdos, por el contrario empezarían a elevarse de una manera totalmente conmovedora sobre mi espíritu, mis sensaciones de tiempo y espacio se iban haciendo corrosivas hasta el paroxismo; pilas y pilas de recuerdos, de caricias abrazos ladridos llantos combates lúdicos retos mordidas cariñosas insistencias de salidas y baños con manguera shampo y toalla; pilas y mas pilas de momentos al ladito tuyo comenzaban a superarme aplastando mi cuerpo con vehemencia (cierto desprecio de la mente sobre mi figura) Porque era todo esto lo que me iría a quedar ahora de vos, y el hecho de haber visto cómo mi pequeña amiga se iba siendo cadáver frío y exquisito (si, porque a pesar de sus doce años tenía un halo de juventud que impactaba, y exquisita como fue, dueña y señora sin hijos y delicada se tenía que ir) La fosa me parecía insondable, porque nunca mas iba a tener la posibilidad de verle sus ojitos de uva, su piel tan suave como la de los pollos; nunca mas la posibilidad de verme a los ojos y sentir cuando lo hacía que me decía: “te quiero”, y bien directo a los ojos me lo decía, porque su timidez, si es que la tenía, se medía en otras cuestiones más sutiles, como su acercamiento a otras personas que no eran de la familia, dándonos el parte psicológico de que nos quedáramos tranquilos que aquella persona era poseedora de un buen corazón y por ende podía quedarse que de su trompa no saldría ninguna queja en vano. Porque Wendy presentía, intuía, nos llevaba tanto en el alma como nosotros a ella. Era una perra expuesta constantemente al sentimiento, era una mas en la familia, no había como en otros casos en que generalmente se los tiene, cierta distancia entre las personas y el animal, y estoy seguro que si en algún momento hubiera pretendido usar los cubiertos, la mesa, con otro plato y otra silla por favor. Así y todo, ella siempre estaba ahí a la hora de comer, junto a nosotros, pidiéndonos un tanto maleducadamente que compartiéramos con ella la comida, y no estaba equivocada, porque nosotros la habíamos criado como a un igual y sus derechos eran bien creíbles y plausibles de ser llevados a la practica. Debo reconocer que este desvío argumentativo tiene esencia de nostalgia, de irme a propósito por las ramas para escapar de mis grandes tristezas que albergan en el tronco de la cuestión. Y la cuestión es que hoy te estoy escribiendo una carta de despido, me estoy despidiendo de vos, porque ya nunca más volveré a verte; tengo fotos, tengo recuerdos, tengo tu platito de agua y comida al lado de la heladera que no me animo a tocarlo, y siento que por las noches te acercas a ellos, se escucha tu lengüita contra el agua, se escuchan tus movimientos, tu respiración tus sueños inquietos, tu presencia augura en toda la casa, como si ahora nos abrazaras con un poder mayor, como si ahora fueras diez veces más grande de lo que eras, dueña y señora de mi alma, y cada vez el platito con agua está mas vacío, ¿será que con tu atuendo blanco de cal te despertás y te hacés efímeros paseos controlando que todo esté en orden, viendo si las plantitas fueron bien regadas, si algún gato a intervenido en la mugre de tus suelos y dominios de la terraza? Quiero abrazarte y ya no puedo, quiero darte el calor que necesitás pero se que tu cuerpo ya no lo precisa, tengo ganas de llevarte hasta la agronomía, como cuando me acompañabas en mi odisea de pensamientos amorosos ¿te acordás, cuando compartías mis tristezas en ese parque que te parecía enorme? un lugar para escarbarlo hasta más no poder; después te cansabas y querías un poco de agua, querías regresar y dormir por horas, soñar con tu paseo y con algún lindo perrito que conociste en el camino. ¿Te acordás, esa noche que volvimos tan mal, porque habías sido la gran culpable de que un indefenso gatito quedara sin vida?, resulta que te fuiste a su encuentro cuando se encontraba debajo de un auto (hay que reconocer que uno de tus grandes hobbies fue siempre ahuyentar gatos escondidos en diversos lugares del barrio) y justo cuando sale escapando, otro auto, como salido de un infierno inventado solo para ese preciso momento, lo golpea, dejándolo en el medio de la calle desangrándose y en estado de una desesperación similar a la posesión por parte de espíritus nocturnos, y esa noche nos volvimos tristes, porque vos también te habías dado cuenta de lo que habías hecho, y que no había sido a propósito, y después el tema que le compuse a ese misterioso gato anónimo que tuve la desgracia de ver como moría, y cantaba en la pieza, junto a vos que me mirabas desde la cama de mi hermano; pasado unos días cantaba: “ y mis ojos se dejaron llevar, mi vulnerabilidad, se retorcía en mi cuerpo, y la muerte de aquel gato llevaron a mi alma por dentro, a descubrir su verdad” Y de qué verdad hablaba sino de la misma que se me presenta ahora con tu muerte, una verdad inhóspita, increíble, que nos deja totalmente vacíos y con las manos, que teníamos llenas de esperanzas e ilusiones, listas ahora para tirar al cesto de la impotencia, de la vulnerabilidad y hasta de la locura. Quiero que sepas que no pretendo ni siento adularte como si ahora fueras el árbol, el cielo y la tierra al mismo tiempo, seguís siendo mi Wendy, esa es tu imagen y siempre así la será, y creo que si nos hemos cruzado en esta vida, tal vez es por algo y tal vez logremos algún día encontrarnos de nuevo, te extraño demasiado como para asumir que nuestros ojitos tan parecidos en el fondo no vayan a cruzarse nunca más y que ahora con la lluvia te estés mojando bajo la tierra tan húmeda y fría, no me puedo sacar esa obsesión que tengo de verte sufrir, porque lamentablemente así es como te fuiste, y no lo merecías, porque tu bondad era inmensa, hasta diría que todo lo que fuiste se puede reducir a eso, cuando se nos muere un ser humano, quizá nuestras lagrimas las compensamos un poco con algún acto de maldad que aquella persona en su vida haya ejercido, por mínima que sea; pero en vos no hay ni hubo maldad, hay amor instintivo, hay todo lo que no se justifica por nada en el mundo que deje de existir, hay todo lo que debería existir, lo único, y eso sentía cuando te enterraba, que enterraba al amor propio, enterraba mi propia felicidad, enterraba sonrisas, enterraba otro corazón con mi pulso, enterraba sin darme cuenta el hecho de que ya no había tiempo para agradecerte por todo lo bien que me habías hecho en la vida, porque si hoy alguien me dijera que soy una persona buena, agradable y simpática, parte de ello te lo debo a vos, que moldeaste mi forma de ser, que me inclinaste con tu tierna trompita el camino para que ya no vea a mis costados vergüenzas, angustias, miedos, desconfianzas, me extirpabas la soledad como te hubiera gustado que yo extirpe esa mierda de tumor, que yo te entregara mis pulmones para que pudieras respirar mucho mejor de cómo lo terminaste haciendo, pobrecita, quedaste muy mal y yo a tu lado sin poder hacer nada, y cuando estábamos en el hospital y mi papa se había ido a sellar unas recetas para que te mandaran hacer una placa, y estaba yo solo con vos, que agonizabas y te habían colocado morfina, y que te irían a agujerear con todas las inyecciones posibles, y estaba yo solo con vos, manteniéndote el respirador en tu naricita y llorabas y llorabas y a mi se me iba haciendo un nudo enorme en la garganta y miraba por la ventana, tres y media de la tarde, un sol hermoso, seguramente niños jugando en alguna plaza, mujeres a punto de ser madres, hombres charlando en sus trabajos, pero también, personas pidiendo monedas en la calle, personas en hospitales de urgencia, o sacando turno para que los atiendan, en fin, el mundo con miles de contrastes que hacían de ese sol algo que ya para mi no iría a connotar la felicidad de tiempos de antaño, la alegría de salir a tomarlo creyendo que todos somos cómplices y compartimos una tardecita preciosa. Estaba con vos y con el nudo, mirando por aquella ventana, pensando qué iría a pasar con tu vida, sabiendo que el medico minutos antes se había manifestado muy severamente y hablaba de que lo tuyo podría ser terminal, de que había que esperar los informes de la radiografía, y fue ahí, la única vez en tu vida que pegaste un Tarascon, y la victima fue papa; pero no eras vos sino tus dolores los que llevaron a que te defiendas de esa manera cuando te quisimos pasar a una camilla fría y de metal para que te sacaran esa radio, y con qué vitalidad por dios lo mordiste, cuanta vida cristo mío había en ese animal, tu enfermedad no había hecho de vos un ser ya desmoronado anímica y mentalmente, tenías más vida que nunca, querías recuperarte, no te ibas a dejar vencer tan fácilmente, había un fuego dentro tuyo que combatía cada lagrima obscena que quería salir por tus ojitos, había el fuego del cachorro que tiene toda la vida por delante, había punk rock emergiendo a patadas de cada una de tus células. Y cuando te atamos la boca por si volvías a morder, tu sufrimiento se dilató aun más, porque no te querías ver así, no querías terminar así, habiendo sido tan cariñosa durante toda tu vida, habiendo tanto entre la piel, mi piel, y tu pelo; y sentías que tu dignidad se perdía, que ya era inevitable que te hicieras pis encima y que no podías bajar a tu lugarcito en la terraza donde hacías todas tus necesidades, necesitabas nuestra ayuda y eso también te hacia mucho daño, te sentías mal con vos misma, pobrecita Wendy, desde que he comenzado a escribir mi amor por vos, por cada palabra se duplicó, y no me queda más que firmar con mis lagrimas, y escribirlo todo de vuelta también con más lagrimas y volver a firmar y usar las sobras para cuando me vaya a bañar y para mañana y pasado y hasta que mi tristeza de alguna manera pueda ser controlable, para que mis sentimientos vuelvan a su estado normal (¿) cual será por dios el estado normal de los sentimientos. Yo solo se que hoy estoy triste porque ya no te tengo conmigo, porque solo me queda recordarte y porque siento tanto tanto tu alma dentro mío que las ganas de que te aparezcas son infinitas. Espero que estés calentita, ahora que viene el invierno conseguite un lugar calentito y acogedor en el cielo o en donde vayas a estar, vos ya sabes que en mi pieza siempre vas a tener tu lugar y vas a hacer bienvenida, simplemente porque seguís siendo la dueña de estas tierras, la hembra que nos cuidabas con todo el amor que le hubieras podido dar a tus hijos, eras sabia Wendy, porque a pesar de ser yo un ser humano y vos una perra siempre me mostraste cosas que solo jamás hubiera podido reconocerlas, me ayudaste a crecer y hoy sabés lo que hay del otro lado, siempre fuiste una especie de vidente, una ninfa en cuatro patas que sollozabas cada vez que me veías mal, una geisha de la alegría, una de las cosas más preciadas que se han ido de mi vida y me has hecho llorar por primera vez, por primera vez desde que la gente me dice que ya estoy grandecito...…”Que nacen de mi vida los recuerdos de tu ausencia, incontrolables cuando los pienso mirando desde la terraza tu cielo nublado allá junto al árbol de duraznos…
Chau Wendy
2/1/97 - 9/5/09
Alejandro Surroca