Buenos Aires ajedrez
Al doblar la esquina, estaba compenetrado, abolido en mi camino por un pensamiento viejo. Sin embargo marchaba bien lustrado y parecía obedecer una partida uniforme con mi ropa predilecta. Al doblar la esquina, algunos lo que hacían era tomar por indiferencia la llegada de una cuadra nueva, transitar a lo largo y en diagonal y levitando, como lo hace un alfiler ofensivo (que siempre lo es) echándose sobre las rupias confusas de una dama olvidada por sus caballos. Parte del plan hizo de la sustancia charco, enterrado bajo tierra también mojada; del tablero, algo inamovible, imposible de plegar, donde había que jugar hasta el cansancio y más aún después. El tablero se contraía en tiempos de crisis. Cercados con alambres punzantes, cuadrados de a pares desaparecían (por lo menos del mapa) y si quedaba por comer alguna pieza, ésta se digería imaginándose previamente todo el proceso hasta su desembocadura en el estómago. Pero la imposibilidad de llegar a formar parte de cualquier otro soporte estaba en los planes de mi destino. Al doblar la esquina, sabía que pronto doblaría otra y después otra. Así hasta llegar a formar un cuadrado, infinito como círculo paralelo triángulo rectángulo. Fronteras prefabricadas con pinos, mares, charcos o baldosas y monumentos a Gardel diseñados por indios y monumentos al indio diseñados por peones peculiares (es el caso de los que no comen) Tanto Buenos Aires, tanto baile; ignorancia pesada, torres que defienden esquinas y boliches; torres en otrora patentes de algún vehículo kafkiano. Tanto Buenos Aires me hacía, a pesar de todo, sentirme alegre y una carga preliminar de baterías para conectarme con la hoja de Cortázar y la pluma sobria, de veras muy sobria; tanta tarta y tinta consumida viendo Mayo o la avenida, para colmo, llevando damas y torres y caballos y peones ¿y para colmo? ¿Una reina infeliz porque sabe qué no es la patria? Y que tableros hay a patadas, a piñas, a prototipos para sonarse la nariz mientras miran el obelisco con un telescopio desde París. Ese fue mi pensamiento que ya no era viejo sino moderno. Al alfil se lo eleva y al peón se lo arrastra (nuevo) A la dama no tanto, a la reina se la cuida. Es que no me ayudan negando la cosa salvaje; por ahí en el teatro (pero hay que entrar en otro tablero) teatro tablero, torre de teatro, rey de teatro, flor de teatro (eso es en el truco, en la magia y en la prestidigitación) saltando por arriba de las terrazas y haciendo a la inversa de Papa Noel ¡Jaque! Un arma no es una flor, pero le pedía a mi cuerpo como mínimo que esquive una bala haciéndola pasar por un pétalo de color plateado y una Buenos Aires que tenga la esquina lo más lejano posible, derramando en torno a todo ese charco parasitario ulterior que conmueve con su llegada en masa y transforma el tablero; entre el abismo entre vivir sobre una tierra cuadrada bajo el seudónimo que se inventa por medio de una regla (el peón, así como la torre, no pueden moverse en diagonal, pero algunos ni siquiera pueden entrar) Oyeron al enemigo venir a Buenos Aires. Lo detectaron porque lloraba gritando ¡mate! ¡Mate! ¿de felicidad? Dícese del que gasta sin miramientos y el que va llamado ser viento con el papel blanco de la memoria; cultura inmadura de tanta carga horaria sin pastilla, tanto café con horario. Y hablando de las horas, que no pude vender en ninguna casa del once (y eso que las ofrecí todas juntitas, ordenaditas, sometidas dentro de un pequeño recipiente vacío llamado reloj) hablando con cualquiera podía darme cuenta de todo lo que se perdían, de todo lo que había por descubrir y jamás lo iban a tener en cuenta, las horas inmaduras metidas todas en un cuerpo adulto y vacío. Toda esa orbe de cultura que Buenos Aires tiene, inmóvil y para pocos, para tan pocos que saben pegar saltos sin ser unos caballos; reyes solitarios que van buscando aquellas oquedades de la sabiduría y el placer escondido bajo la clave del arte. En ese espacio solemne y vacío, lleno de piezas, damas dados y billares; en esa Florida hermosa y asquerosa, ese Lavalle hermoso y asqueroso, esa Corrientes hermosa y asquerosa. Hay que buscarlo, hay que buscarlo. Es bueno que la mente haga lo mismo que un colectivo, nos traslade pero parando cada dos cuadras a la búsqueda de un viajante inesperado y abstracto, dos cuadras y dos esquinas sometidas a treinta partidas y venidas de la torre (que siempre es la misma) mientras una reina inmóvil, sentada sobre las rodillas de un alfiler lujurioso (generando la envidia de los otros tres) contempla esta dimensión confusa en que se veía una parte del castillo retórico, convertido en una casa que vende celulares y entradas con descuento. Preferí hacer ceniza y lanzarla al aire como si vomitara una comida que había sido piedra o caballo. Al rato, un chillido muy visible, dibujando en el oído una melodía rechazada instantáneamente; abrí la única puerta que nos alejaba de todo cuerpo y permitía hacer de la partida una especie de ritual en el que participaban 32 piezas en una pieza más dos intelectos promovidos por la fe en la resolución de un problema que entretiene; y la movida (tan perfecta si tuviésemos una cámara en aplomo para mostrarla) quedaba suspendida en el jolgorio indeciso. Cuando entraron pudieron ser cómplices de una inextricable conversación mental a fuerza de corceles y nimiedades de peones a la casería; un Robin Trower fascinado con la pentatónica de Mi parecía excomulgar y recibir las lecciones de aquel sonido que había emitido el portal de madera. No hubo quejas, pensar en todas las jugadas obligatorias era suficiente para hacerlas pasar como un ángel, como la sustancia de un ángel blanco o negro, no importaba, no hubo quejas, se terminó en tablas y punto y aparte. Dividimos el honor y algunas galletitas que habían quedado sobre la mesa. La furia de cada pieza quedaba suspendida en ese horario matutino donde se ve una Buenos Aires con la cara dormida y mechas desparramadas sobre la calle y la vereda; pestañas amarillas que recogen el agua estancada de los años. El disco se detuvo con forma de mundo, el juego se detuvo con forma de Buenos Aires a la tardecita, cuando el sol se pone altanero pregonando la idea de que no todo está perdido. Un tablero perdido por el barullo y la incomprensión en que había quedado cada pieza, cada caballo mofado de su prolijidad para moverse, cada dama con su obligación de volver a casa cuando la oficina concluía dejando de ser un lugar causal festivo, cada torre que se cae producto del peso de tantos celulares en tantos bolsillos; cada peón vendiendo en el éxtasis la banderita de su querido país; cada alfil famoso de físico privilegiado haciendo de las diagonales un tramo final de una maratón enredada en un cuadrado; y cada rey, cada rey, cada rey, cada rey...vaya saber uno dónde podría decirse y vestirse cada rey



