cuento 4
La garganta parecía alfombrada con la demagogia y la promesa de un bello carmesí. Sus ojos eran violentos y estaban abducidos por un movimiento social que iba cada vez más en ascenso. Permanecía atado con el sonido del abrojo a una soga que anudaba su garganta y un acto político poderoso, recuperar votos y promesas adultas con alma de niño eran objetivos principales a cumplir.
Juan se hallaba en ese lugar, entre la multitud; pero al cabo de unos minutos que a esa altura ya tenían demasiada sed de tanto maratón, prefirió irse, volver a los caminos con asfalto para todos y silencio para los que gusten de tenerlo.
Se tomó un colectivo y se bajó en la puerta del jardín botánico.
Lo primero que vio al entrar fue otro tipo de discursos, inmensos, y con actitudes poco pecuniarias en el fondo. El abrigo era cálido y daba la bienvenida a un espacio de plantas, lo que se requería bien de cerca y la manguera del horizonte sacando a chorros caminos por doquier.
¡Que limpieza tan extraordinaria de aire y cuánto amor entre naturaleza artesana!
Cien pies en la tarima sobresalían con el entusiasmo y la trascendencia de un bicho raro que se está por despabilar de un cuento profundo.
Hay demasiada tecnología como para volverse loco hoy en día; en ese momento Juan procedía a dejarle el cuello en paz a la rutina y subirse al podio de la bendición.
Aquella tarde tuvo un agradable sabor a misantropía arbórea. El pecado guardaba en el bolsillo para otro día de histeria y manchas en la piel del agua (cuando se entrevista con la paciencia del cocodrilo). Juan contemplaba la tranquilidad y fue cuando se acostó sobre el pasto, cerca de una estatua adorada y venerada por flores blancas y violetas, que empezó a discernir sobre lo que su corazón engendraría para el acontecer de la vida.
¿Qué tendrán de parecidos la moneda y el destino por buscar la excelencia. ¿Habrá excelencia que venga al nombre de un destino?
Eran momentos de tensión en la historia de Juan, problemas con el aprendizaje de los sueños, suministrarle al porvenir los elogios y la biblioteca del amor exigido por llegar a la z; la importancia, al fin y al cabo estaba en el goce de cada letra y no en la espera exhausta para hallar felicidad recién en el preludio de la muerte.
Rozaban las amapolas el olfato de su ilusión; el chofer de sus pensamientos oblicuos y directos al engranaje que movía el alma.
El brillo de los soles, hamacados sobre las ramas, maquillaba el rostro sin expresión de sus principios.
Debajo de su cuerpo, el subte, vecino de la raíz, trasladaba gentes con dirección de hogar y teléfonos de muchos números inciertos. Más abajo, sabía que el destino descansaba, el verdadero, el que había nacido para ser destino de su destino.
Juan no tenía la experiencia de las hormigas que pasaban a su lado con el pan bajo las patitas; pero su juventud le proporcionaba otras virtudes como la de haberse tomado ese día para confrontar con él mismo, para dilucidar quien tenía la garganta alfombrada para brindar caridad y quién para el uso desaforado de la arrogancia más corrupta.
Necesitaba escuchar la paciencia de la naturaleza, de las sobras de aire que los enormes pulmones almacenaban con el objeto de gritarle al hombre en la cara: “¡no respires sólo por necesidad, usa el viento para perseguirlo, para jugar a meter goles y festejar con el aire al hombro! El destino se irá haciendo pesado, incómodo, pero el viento no se lo llevará y podrás contemplar que la fuerza es amiga de la gravedad. Los pies sobre la tierra, es objeto de vida”.
Se tomó el colectivo para regresar. Era ya de noche cuando se bajó del tobogán que lo tele transportó a la guarida de su infancia. Es que Juan había ido al jardín botánico una sola vez cuando era chico; recién ahora buscaba de nuevo ese lugar para entusiasmarse con el recorrido didáctico de otra etapa de su vida. Descubría la forma de leer un árbol y analizar la insipiente llegada de los cambios en la persona y el pretérito momento angustioso que trascendía más allá de conseguir un chocolate por medio del llanto carenciado frente a los padres.
Al día siguiente, los talleres ocupaban lugar de privilegio y vendedores de todo tipo compraban oraciones al cielo para que las medialunas del día anterior se acabasen por fin en la nueva madrugada.
Llamaban a la puerta los carteros y los olvidados; hasta las once más o menos, así se daban las cosas en el barrio de Juan; algunas chusmas y varios canillitas tomando agüita se agregaban también al sermón rutinario matutino.
Su despertador sonó once y media, aunque la voz de su madre había sonado en sus oídos varias horas antes. Se limitó a ordenar su cuarto y estudiar las últimas hojas que le faltaba antes de dar el final de “introducción al pensamiento más buscado”.
Sin embargo ocurrió, al salir de su casa, algo que obtuvo mérito por no pasar indiferente y escapar de la percepción habitual de los vecinos. Era cierto que un crepitar alboroto se había formado alrededor de aquel hecho desmesurado; pero Juan prefirió considerarlo como si nada hubiera tenido importancia; aquello era de verdad una cosa por demás extraña, un sigilo del hombre que espera el momento ideal para desencadenar la anormalidad como factor indispensable de presencia callejera.
Y cuál había sido la razón por la que Juan optó por seguir adelante y frecuentar más bien la decepción que se veía de frente, conservar el espíritu sin cadencias; dar la vuelta manzana sin dar vuelta la cabeza. Tal vez su cromado interior, ese día, contenía elementos que no entraban en su rostro; la necesidad de tener más de un cuerpo. Lo que verdaderamente mantenía atento a Juan aquella mañana, era seguir el camino en la vía de siempre y recordar que el alma era la única cosa pesada que para sostenerla se requería la totalidad del cuerpo.
Algunas personas dicen haberlo visto en el Jardín botánico también ese día y otras, que estuvo en varias manifestaciones diferentes de diferentes derechos olvidados. Pero nada es tan cierto como la entrega en mano de mi testimonio como vendedor de garrapiñadas; en una cuadra cualquiera, como la que Juan vivía y en la que ningún mecánico me ofrecía dinero por una bolsita, pude presenciar con cierto entusiasmo la idea de que nunca debió salir de su casa. Es frecuente escuchar a varios testigos decir, al conjugarse los hechos, incoherencias obtusas; pero lo que mis ojos presenciaron agregaron más verosimilitud a una mentira tan insondable como la de no creer que todos los jóvenes vistos no eran sino la misma persona, o mejor dicho, eslabones de un destino confuso pero similar: la búsqueda y el derecho a la identidad propia de un hermano que comparte conmigo la ciudadanía, la búsqueda, el encuentro con el alma (eso no se mira ni se toca, pero algunos aunque no la tengan se la ofrecen a cualquiera, hay que saber que no precisamente está hecha de caramelo y maní) que a veces la terminan vendiendo, en cualquier barrio y vidriera, cualquier parque, placita o jardín o lo que sea, yo se de esto porque soy un buen vendedor. Por eso, mientras al diablo no le llame la atención, no intuya esta pléyade perdida en cuerpos; yo lo persuadiré y le trataré de vender garrapiñadas al por mayor, sea de paso compenso grandes pérdidas que duelen en serio al alma.

