Cuento 6
Llovía, llovía, llovía y llovía, eso si, reinaba un claro de techo bastante importante que resistía con admirable talento ese morboso espacio habitado ahora por los dos, quiero decir los tres. Estaba seguro de que había alguien más pero esto nunca llegamos a saberlo (aunque sí lo hallamos presentido) Cuanto enigma derivado entonces, habitante inapropiado de la manzana más insulsa ¿estuvo presente aquella fría velada con relámpagos estampados en la campera negra de la noche? Quien sabe
La intensidad con que los cielos derrochaban agua se fue apaciguando cerca de las tres de la mañana, horario en que Fátima se desmoronaba de una barranca. La profundidad del sueño patentaba una huella en su rostro salvaje e incoloro. Yo me sentí como héroe porque me salvaba de ella, rescataba la intención que la ceremonia nocturna difundía a los que sabían escuchar también bajo la tormenta además de las sábanas.
Me lo habían intentado decir vestidos de serenidad y holgazana pero no pudieron. Llamaron a mi casa ayer a la tarde; el contestador pudo registrar solo un fragmento atestiguando los datos que yo tenía en mi poder desde hacía tiempo.
La dirección y la vereda, cualquier otro detalle; hasta la esquina tenía un cartel publicitario con el mismo nombre. No había duda que estábamos en el lugar señalado, aguardando la llegada del tercero. El cuarto sería el mismo que usaron para el famoso crimen "de la calle embelesada"; una crónica terrible de lamento que había salido en todos los canales de televisión. Hoy se cumplían exactamente tres años del episodio todavía sin resolver, abultado en alguna fiesta del poder judicial.
Yo conocía la casa desde que era un pibito, siempre nos acercábamos con Feifi porque nos parecía recortada de un libro que nos gustaba llevar a la escuela y leerlo en los recreos; un libro viejo y soberbio sacado de la biblioteca y que nunca más habíamos devuelto. Era precisamente el tomo 1 de "las expediciones por el tiempo". Y otra cosa que le veíamos parecido, el color a cuento de Poe emanado profundamente, donde se mire, desde cualquier punto, podía uno reconocer una hoja lúgubre de este autor.
¿Quien vivía allí? Nunca lo supe hasta que ocurrió el crimen y mi vieja me contó acerca de la gente y el terreno brumoso que inspeccionábamos con mi amigo en la juventud.
Por desgracia para el barrio de La Paternal o para cualquier otro barrio, una casa nunca se muda a otro lugar, siempre está ahí hasta que alguien la vuela o la quema. Desde el asesinato de doña Rosales nadie supo que hacer y la policía se limitó a colocarle una franja roja y blanca a su alrededor. Se vendió al año siguiente del crimen pero no la usaron. Intentaron apropiarse de ella gente de una villa cercana, varias veces; el eufemismo se propagó por el barrio cuando ya nadie hacía quejas. Muchos se remordieron en su interior y estimulaban la creencia de que el mal y la brujería compartían lugar en la morada. A decir verdad, nunca se supo quien había ejecutado semejante crimen en contraste con la santidad que el barrio coronaba a sus habitantes.
Un día ya habían pasado dos años del improbable asesinato, la casa poseía dueños pero que vivían valla a saber uno dónde. Yo caminaba de paso, hacía cuentas con el labio y los dedos iban naciendo a medida que llegaba a resultados positivos. Mi oficio de cartero suponía una mayor atención hacia las direcciones y las veces recorridas una zona para ahorrar pasos, energías y dolores de hombro y espalda. Ese día me había tocado mi barrio; pasé por mi casa para tener un almuerzo como la gente y seguir adelante. Esto me daba la sensación verdadera de haber guardado pasos en mi casa y al salir parecía un hombre de súbitos reflejos como el animal de los cuentos que mi hermano más chico escribía en la escuela primaria.
Me tomé el trabajo con antelación, quería descartar la idea de que mi zona traiga molestias y una concentración penetrante como la que necesitaba para barrios desconocidos. Saqué las cartas de mi bolso y empecé el reparto de la mano derecha calle Arregui. El horizonte era estrecho dibujado a mano; culminaba en una avenida y de vuelta trazando un cuadrado gigante regresaba al lugar de partida.
Me encontré con varias cartas de propaganda, algunas demandas y otras dirigidas a vecinos astutos que reclamaban descuentos por tener el alma diferente y más limpia que los demás.
Cuando hacía el regreso me encontré con una carta enviada a la dirección de aquella propiedad que había desconcertado al barrio luego del crimen. Su color embrujado tomaba ahora una intensidad aún más solitaria e intensa.
La casa quedaba un poco alejada de los almacenes que se habían mandado a mudar, además de los kioscos y los vecinos repatriados en otra manzana. Los gusanos, decían ellos, no somos nosotros sino esa casa siniestra que ha dejado podrida la manzana, "embelesada por la inpulcritud y el horror" como decía la portada del diario más importante de la capital.
Mi función no se vio en lo más mínimo afectada por ese detalle y me dirigí tranquilo (hasta con entusiasmo) al numero indicado, si no me atendía algún siniestro fantasma o espíritu descuajado implorando gobernar "más allá de la casa", lo que haría sería dejarla por debajo de la puerta y proseguir mi camino hasta el final de la jornada. Pero resistirme a respirar con normalidad era sinónimo de no espiar el contenido de aquel mensaje escondido en el sobre y como sabía que nadie iba a estrecharme la mano junto a su lapicera, opté por abrirla con la menor ruptura posible del envase para poderla entregar en el mejor estado sin que nadie se diera cuenta.
No recuerdo haber sentido en mi vida una impresión tan especial como la que tuve al leer con detenimiento lo que la carta decía en cuestión. Esto era muy sencillo; un brevísimo relato (muy poético por cierto) seguido de una ubicación detallada y la espera a determinada hora de la noche; la invitación a una fiesta que se remontaba al siglo XVI, en pleno renacimiento Italiano y que la visita sería acompaña de un tercero, anticipando de entrada la participación de otra persona además del destinatario de aquella carta.
No se impresionen, ¡la carta iba dirigida hacia mi!
Mi nombre, mi apellido, se leían con una claridad que daba espanto, la invitación iba dirigida a una persona que yo conocía bastante y que albergaba en lo profundo de mi interior generando peleas con mi conciencia. No obtuve respuestas de nada que provenga precisamente de cualquier otro mi; quedé paralizado pero pensando que alguien me conocía y sabía de que trabajaba a pesar de que yo desconocía su presencia.
Escarbé el cielo cuando reflexioné que el asesino andaba suelto sin las cadenas del remordimiento y que sus víctimas debían pasar por aquella habitación. ¡Un psicópata en mi barrio!
Al instante me detuve más por lo afligido que estaba. ¿Cuantas personas tenían el mismo nombre que yo, y el mismo apellido?
Me llamaba Pedro González, eso me tranquilizó bastante. Recuerdo haber protestado años atrás reclamando un apodo; reprimía mi personalidad y quería ser nombrado un Ulises o alguien con nombre propio de verdad, con vida propia.
Ahora le daba valor y extra; la carta podía estar dirigida a cualquiera de los diez mil Pedros González que había en el país. Pero las coincidencias me afectaban demasiado. Me compré una aspirina, guardé la carta razonando que su destino no estaba puesto en aquella mansión embrujada sino en llegar a manos de algún tal Pedro González.
Mis conocimientos y experiencias de vida no me servían para nada ante aquella inhóspita creencia de estar perseguido por un loco; pero tal vez su idea había sido juntar muchas personas; esto era imposible, la carta describía con claridad que yo debía estar acompañado de otra persona. Puede que haya utilizado el mismo método para las demás personas y así duplicar el número de víctimas por cada mensaje.
Quedaban embaucados los coches y las veredas sobre mi debilitada inteligencia, levanté la vista para comprender alguna cosa fuera de mí; pero el arrebato de la carta se había hecho apabullante. Me senté sobre el reflejo del sol y una puerta que parecía de casa con gente de vacaciones. Me interesé al respecto sobre el problema acogedor bastante excitante, cada vez comprendía menos la situación. Entonces me dirigí hacia la casa de mi gran amiga Fátima que quedaba muy cerca de donde estaba. Tenía ahora la constancia de que ella me iba a poder ayudar por no decir acompañar al encuentro.
Cuando nos vimos centramos la atención en la sorpresa de habernos encontrado de casualidad porque ella venía caminando, había salido de su casa hacía instantes y yo me la cruzaba. Mi intención había sido un éxito.
Fátima tenía el pelo negro como un diamante de carbón galvanizado, el brillo derretía mis ojos y prolongaban el éxtasis hasta que podía hallar vida en sus labios estoicos de suave crepé y antesala para llegar hasta sus ojos marrones pero blancos de limpieza y castigos pretéritos; era una bella mujer con la cual tenía el gusto de compartir aunque sea una buena amistad.
Le conté todo. Ella me respondió con nada, se quedó pensando un largo rato divinizando el poder de aquella experiencia que yo había tenido. Esto lo fui deduciendo por el hecho de no poder resistirme a dejar el silencio rondando en el aire tanto tiempo. Le pedí que me respondiera algo que yo no entendía y ella siguió en su trance queriendo demostrar dos lados opuestos: que le conté algo al divino botón o que verdaderamente estaba acaramelada en resolver la situación de la bienvenida a la fiesta renacentista.
Horas más tarde eh aquí que estamos en la casa. Decidimos ir por una convención eficaz, inspeccionar cada habitación juntos, averiguar hasta el último detalle.
Lo que resultó ser una gran desdicha; la falta de fiesta y de invitados, produjo una gran sacudida a nuestras inquietudes un tanto mojadas. No era sorprendente que después de todo había caído en una broma insignificante de la que preveía en mis horas en el trabajo y más tarde con Fátima.
Antes de irnos examinamos la casa desde varios puntos apartes. Las telas colgaban y arañaban la lógica veracidad de que el lugar atestiguaba en tanto mayor y palabra de gente que ya vive bajo tierra.
El entrepiso separaba del ovulo la ventana frontal con vista a la calle y el sótano recostado al borde de una pequeña biblioteca carente de tomos y novedades. A pesar de la poca iluminación, me pude dar cuenta de algo sumamente desagradable que en realidad lo fui descubriendo con el paso de la reexaminación y por el hecho mismo de que el recinto no tenía tanta luz.
Un obsequio en la oscuridad nos tenía esperándonos desde tal vez antes de que hayamos decidido entrar y parecía quedarse suspirando en base al pedido recitado. Un movimiento leve que pensaba. La imagen de una vos negra, no de un maravilloso gospel, sino la sangre de aquella pequeña mansión de barrio, que ahora pretendía estar endemoniada o algo quizá de mayor estilo moribundo
Este relato podría contarse sobre un fondo negro y palabras bien asiduas, blancas como el predio de un sobre de CD virgen. Lamentablemente no será posible, pero sí necesario, para ocultar algunas sensaciones que no se verán resplandecidas justamente por meras palabras no aptas para sustituir una experiencia en carne viva.
Pegué un susto contra la pared que relevó su condición de calcomanía cuando escupí. Con un desagradable sabor a pate vencido emanando del techo.
Así es como escapamos de la casa en un cerrar y cerrar de ojos, abrir y abrir las puertas solamente. Y desde afuera ya tomaba otra distancia, otro matiz que me hacía entrar en razón. ¡Equivocado estaba al pensar que una casa no se mueve!
En ese momento yo solo quería escuchar gospel y tener puntos seguidos. Seguidos, claro, por el placer de proferir una oración infinita de cara al cielo.
"Las habitaciones resuenan casi en la lejanía crepitante; un sueño y una villa de tierra oculta se hacen cada vez enormes; y lloran por la ausencia. Indiferencia que se mide por metros y lombrices y el anonimato lejos, ya en lo medieval"
Estimado Sr Pedro González, la presente carta tiene el agrado de invitarlo a nuestra hermosa y abandonada mansión embelesada. Un tercero lo estará esperando en la puerta de Santo Tome 3222.
Nos gustaría que formara parte de esta fiesta que será una especie de emulación a las que se hacían continuamente allá por el año 1522. Esperamos su presencia con mucho entusiasmo.
Atentamente Los espíritus oprimidos del renacimiento.

