El anacoreta
El anacoreta destina su vida a lavar aluvión de penas.
meditación profunda clama y aturde
sobre su astro corazón.
La histeria, anacrónica a los latidos que su sangre enumera,
retira tropas estresadas de pelear en la sombra de su piel.
Y dedica el exordio de la magna carta de purificación
a la victoria de la mente sobre su cadáver de ébano.
La noche esgrime el filo de su serenidad
dividiendo al anacoreta el busto de sus largas piernas de mármol.
Y la garganta del noctámbulo, alfombra la orilla de su alma,
ahogada ya en la profunda meditación.
Pero su muerte es irreversiblemente mejor,
y su condolencia es con el vivo,
con el que no asfixia de ohm su alma,
con el que no confisca sus extremidades
Pálido semblante que se cae de libido.
Como el hielo azufre amarillo,
como la luna blanca hecha de arroz que se ve, aunque está fría y sola,
de júbilo sobre aquel río.
Ah! Pero que tan cálido su interior
vendado con las extensísimas alas del alma ahogada,
quedando inmaculada su imagen de pichón indolente



