Es la flor
El desinterés actualizado que se descarta a solo pasos de la adoración más pura. Es inevitable su magia divina. Es cierto que hubo años en los que nadie se dio por aludido pero esta vez a lo que voy, o lo que llego a decir en el hacer el ayer; se descarta haciendo el papel del anochecer sobre una escena compacta.
El personaje falta a la cita que en realidad es un destino por hoy. Porque mañana se pone cualquier otra cosa en los ojos para no mirar lo que pueda llegar a ponerse delante suyo.
Más tarde sale anonadado, olvidando también a la mujer nieve y a la niña que ya no es tan niña; y eso te das cuenta (que no es tan niña) porque le ofrecen el papel de la flor. Además ésta niña es muy desatenta, sobre todo cuando experimenta la realidad misma que tan efímera le parece debido a que ahí crece y no le queda ninguna opción para ser artificial, el agua la va dejando grande; pero cuando actúa se hace la grande y eso le fascina. Ahora que se va el personaje, ella se deprime y se seca hasta en los ensayos. Sin embargo sigue creciendo porque deja pasar las lágrimas ante los horarios que duran incluyendo la función. Desatenta la termina y se va sin pasar por el vestuario. La noche está fría aunque es nada más que por el momento porque el día pronto va a llegar. Para ella será lo mismo.
La flor, alegoría según donde crezca y alabanza obedece predicando una pronta cicatriz que se le abrirá en el pétalo de su cuerpo que sigue siendo parte todavía de su cuerpo hasta llegar a su casa y la madre le saque la flor para lavarla y tenderla en la mañana que también tiene función. Y si el personaje sigue faltando no la seques le dice, quiero ser una flor triste y mojada, desarrollar la obra en cinco posiciones nuevas donde me voy de pique al suelo y me entierro y si llaman que viene el personaje ya será tarde. Nos veremos en la raíz, y si el desinterés persiste, la inmortalidad pensaré que se hizo para vivir de más. Me quedo plantada y viendo que la nieve pasa de izquierda a derecha y nadie la ve aunque igual le pagan, igual, igual, igual se va contenta a su casa donde la recibe el marido con un abrazo que los deja bastante fríos puesto que dura unos cuantos minutos pero que sin embargo en el fondo, en el núcleo del abrazo se genera un grado de felicidad que ocupa una parte mayor y la víspera de cuando ellos ya no tengan existencia. La felicidad entonces quedará sola, esperando para hacerles compañía a personas nuevas y propietarias de esa humilde casita.
Es la flor la última en enterarse que está volviendo el personaje, tarde pero viene, la obra todavía no lo precisa y es la flor una protagonista primordial hasta que regrese, ¡flor de responsabilidad!; ya regresa, ya regresa le gritan, y ella plantada parece importarle poco hasta que se riega en lágrimas hirsutas y el hombre con el secador de piso (que es el personaje) que no viene que no aparece para limpiar esa carita de nena con piel de muñeca nueva. Y la magia divina se estanca en adoraciones impuras que le dan la espalda al rayo más creíble del sol. Pero se da cuenta la flor que ahora también le gusta el anochecer; lo ve apuesto o le ve algo que antes no se lo encontraba. Quizá fue el acercamiento porque suele acercase a menudo a las mujeres cuando no tiene nada que hacer. Aparece en un acto y nada más y se sienta libre, es cierto que cobra menos pero más aún que conquista corazones por doquier.
El anochecer se fue acercando al caer el sol y ella lo vio diferente, un galán que estaba por desaparecer y se lo dijo; el anochecer le secó con su pañuelo blanco de luna todas esas lágrimas que impedían verle sus ojos brillosos. Le dijo que era necesario que se quedara con ellos, con los ojos, porque ya no tenía ninguna estrella, todas habían huido, fuera por diversión, distinción o divorcio y cuando la flor oía todas esas cosas el personaje se acercaba cada vez más al proscenio pero se alejaba con estrépito de los póstumos recuerdos que alojaba ella bajo la piel del estigma.
Cuando lo vio, él no la vio porque seguía vendado, anonadado, olvidando sus amoríos y la gente que pasaba por sus sueños. Pero al anochecer lo vio y lo vio justo. Y recordó en ese instante que no la podía olvidar, que por más que se dejara los ojos vendados, ella estaba en la escena haciendo un papel ridículo (¡flor de mujer!) y cuando se miraba él mismo se daba cuenta, ¿quien no hacía un papel de ridículo?, ¿quien adivinaba el secreto para llegar a aquella luz de la que le gustaba hablar a Platón? Después abrió el oído para escuchar que la ficción se había encamado con la realidad y él tenía que decir su parte en la obra; la mujer nieve abrió el diálogo pero lo suyo no era diálogo sino el designio de un final morboso que acusaba a toda la sala de un asesinato calculado para que después pudieran irse a sus casas dejando el aplauso dichoso en la conciencia de los actores; para los maquilladores, para los de atrás y los que escribían lo mejor que podían, responsables en dejar satisfechos a todos aquellos que iban a reflexionar y recibir una recompensa por lo que no lograban hacer en sus vidas.
El personaje gritó: ¡Es la flor! cuando todos atónitos esperaban saber quien había sido responsable de tan terrible juego de desengaños y sospechas elocuentes.
¡Es la flor! volvió a decir inoportunamente, porque el telón inteligente ya había bajado dejando las discusiones para otra función, otra obra donde se tenga por objeto intensificar las infidelidades entre los hombres y las mujeres.



