Gárgaras de nostalgia
Estábamos arrimándonos de a poco, era la química lo que buscábamos. Sentíamos muy a menudo que éramos capaces de hacer lo mismo. Las manos asumían su palabra como tales variantes; mientras estuviésemos seguros en la existencia de un compromiso similar y disuelto nadie podría evitarnos. El aroma de una melodía bulliciosa pero que insistía en ser oída, se conservaba en el cajón de nuestras influencias; el alma (un velador enchufado al sistema nervioso húmedo de integridad) mantenía bastante iluminado nuestro amor a la fantasía. Oíamos a carne y olfateábamos cadencias disonantes. Enemistados con la paciencia, actuábamos con un instinto fabuloso. A veces dudábamos que hiciéramos algo con algo del aire; unos cuantos instrumentos sopesaban el significado que producía algo pero de adentro. Tal vez necesitábamos demasiada luz, a veces no alcanzaba con vivir en el núcleo del sol. Estrambótico todo menos las distintas imágenes producidas por el contraste de la música, llámese si quiere doblegado por ser actor inevitable de una época. Sugeríamos hacer de ese cuarto una teoría sobre la conducta del paso del tiempo; sobraban generaciones en la historia y eso, precisamente, era lo que intentábamos expresar. Un orador que trabajaba en la calle Lavalle nos había sugerido que aceptáramos la propuesta. Apenas pudimos sacarle información dudosa, si hubiéramos portado más cantidad de efectivo probablemente hoy tendríamos algún que otro dato a nuestro favor. Como bonus predijo que a uno y nada más que a uno de los integrantes de la banda se le presentaría la ocasión; no fue capaz de adivinar la persona o tal vez no lo intentó. Cuando le pagamos soltó una risa categórica, de esas que impiden toda creencia política. Hoy seguimos firmes a la idea del triunfo como ventana del fracaso; la costumbre de vivir en él se acomodó al proceso de levitar sobre una alfombra famosa por esconder mucha imperfección y compostura malograda.
El aroma de la melodía finalmente se había ido; los llantos oníricos retomaban también su lugar. Estábamos liberados (o condenados) de nuevo a la corrupción de una cuadra nublada. Nos despedimos después de concluir con algunas sugerencias que el trompetista Augusto mantenía en pie desde hacía rato. El hombre inventa un lenguaje y lo maneja, o no; el hombre inventa un auto y lo maneja, o no; el hombre inventa un rumor y no lo maneja, o sí. Un fragmento de introducción a mis observaciones en potencia me aclaraba cada vez menos el panorama que se extendía hasta mi casa. Era una sensación muy parecida al fulguro de los siglos entremezclados que habíamos sentido tan profundamente al salir de la sala. Mi problema era poder controlar todo menos mi vida. Llegué cansado, cualquier motivo abarcó ese día, un conglomerado de situaciones, todas juntas en el transcurso de las veinticuatro horas; pero además me faltaba un poco más: El nombre de la banda. Se llamaría “gárgaras de nostalgia”, pensé que me iba a llevar como mínimo dos horas ubicar un nombre, sin embargo me vino enseguida y lo escribí. Todos conformes, quedaría plasmado hasta algún día en que la separación diera nombre a otro grupo. Pasaron unas cuantas horas cuando de vuelta estábamos juntos, tocando y experimentando con alguna virtud del viento. Era un atardecer bastante alterado por las sombras y la luz. Me pareció en ello una relación directa con el sonido que profesaban las cuerdas de mi guitarra atadas a los rayos de un sol imaginario, pues en ese momento, el encierro y la meditación no me lo alcanzaban ni siquiera por la ranura de la puerta. Dos horas se hicieron al cuadrado del tiempo y del espacio. Walter fue el primero en observar ese detalle y el único integrante que no comprendía el por qué del nombre que había propuesto para la banda
-Yo tampoco lo sé Walter, pero me parece que cada tema de nuestro repertorio tiene matices que dan una sensación de angustia, de nostalgia. Sabemos que serán melodías lanzadas al aire definitivamente; la saliva es ahínco, pero amagan en quedar sepultadas en nuestro cuerpo con ínfima voluntad de resonar. Las gárgaras están ahí, entre medio de dos cuestiones antagónicas, independientemente de su final predilecto.
Walter se mantuvo callado escuchándome atentamente, su rostro contorsionado, muy influenciado por el soplo y el resoplo y el aspirar de su armónica cromática, había comprendido al parecer, la firma. Me parecía en el fondo algo trivial discutir sobre el nombre todavía ya que me interesaba la música en sí, tener claro primero un sonido y después la palabra.
-Mi problema es que puedo controlar todo menos mi vida- le dije a Walter mientras parecía ordenar sus pensamientos y la armónica en el estuche.
-Pero viejo, que me decís, si la vida abarca todo- Su respuesta fue ligera, un obsequio que yo sabía que recibiría. -Mi amor por Victoria también es incontrolable- (adhirió para no hablar siempre en términos tan generalizados) -es parte de mi vida, al igual que todo esto que están viendo ahora más de seis ojos-.
Había querido decir exactamente diez, “gárgaras de nostalgia” además de Walter, yo y Augusto, se completaba con Hernán en la batería y Darío en el bajo. Todos escuchando nuestra conversación achatada por el silencio que se produce luego de dos horas de intenso movimiento musical.
-La vida no incluye nada. La muerte sí incluye nada-. El tono de su voz sonó atávico. Era una mente fascinante con la cuál no tuve nada más que discutir. No haber sido puesta nunca de manera oficial fue un error de la imaginación, que siempre piratea lo más buscado. Pero agregué emocionalmente algo que había llegado a deducir la noche anterior, aunque todo tenía que ver.
-¿Y si los pájaros no pueden llorar y lo hacen a través de sus silbidos que bien conocemos? Nosotros también lloramos con el canto, el uso de palabras como sustituto de lágrimas es muy frecuente en lenguajes que no todos saben manejar-.
Walter asintió con su cabeza acuosa y pequeña. Augusto dejó su trompeta sobre el suelo y se acerco a nosotros como buen oyente y compositor de mentiras. Entre sus lentes entraban a la fuerza aspectos del cielo y del infierno; declaró en favor de los dos: -Parece ser una costumbre de antaño pensar que los pájaros cantan cuando silban, connotando un estado de felicidad-, dijo.
Confabulación hacia lo bucólico; evaluando conceptos mitigados en el “más allá de la puerta”, reprimíamos esa intención tan frecuente de insertarse de nuevo a la ciudad; pero la vida campestre, la vida bajo un árbol que creció siendo uno más para ayudar a encubrir lo que Dios intenta controlar desde el cielo, se oponía también a nuestro extraño ideal. Porque Dios era el árbol, decía mi cuaderno de canciones. Nunca antes había confrontado con mis expresiones de innato manifiesto. Fue, y lo digo hoy, demasiado efímera la sorpresa; pero aquellos segundos quedaron inmortalizados para siempre como recuerdo espontáneo y de fácil elección a la hora de buscar en la colección que abstraigo de mi mente oceánica. Algo había sucedido cuando salimos, el proceso que hilvanaba la costumbre no existía como siempre. Pensamos en el orador porque el mensaje tal vez haya sido significado por otra cosa paralela; pero pensamos de nuevo y todo quedó cerciorado al volver la vista hacia atrás: La puerta ya no era la puerta; un aluvión de siglos apilados por sensación se presentaban delante de nuestros diez ojos. Todo era desborde y tensión, todo era mar sobre la calle de barro. Una estación que yo había visto con mi abuelo cuando era niño parecía el cementerio de un solo tren, varado sobre su propio designio de quererse movilizar. "Recibirán una propuesta que los colmará de tiempos", podría decirse una frase como esa para expresar lo que por lo menos yo estaba viviendo. Porque me quise iniciar en la desventura con alguien más; pero mi estado reconocía sólo estados y dimensiones que se ampliaban y desampliaban con una frecuencia casi magnética. El primer paso que di se hizo eterno, y el segundo cayó en un abismo que me pareció muy paralelo a la desgracia. Luego se empezaron a acercar personajes de todo tipo y atuendo. El rango se extendía desde un indio amerindio hasta un Sir. Inglés que miraba constantemente su reloj de bolsillo sin desperdiciar siquiera un segundo; pasando por un romano bastante difamado por su orgullo; llegando por un irlandés que exigía pelo largo y amor por el arte; y terminando en la planicie de un liberador que alguna vez supo atravesar una cordillera. Arrancando de nuevo: una diosa que se moría por ser venerada en vida; pasando por las sombras de un tehuelche que levitaba sin rozar la tierra y protestaba por no tener nada de ella aún viviendo en un planeta que lleva el mismo nombre; llegando por un caballero que vio su herida en el campo pero también una cruz que lo curó hasta el día de hoy; y terminando finalmente con algunos hombres pero sin sus intenciones de repartir el goce de vivir tantos años unidos a partir de la solidaridad y, en definitiva, por el mismísimo amor. Yo ya era la banda integrada por mí mismo sin saber qué función había cumplido. Me quedé helado; pero todo estaba helado y retorcido por aquella sensación inexplícita. Mi cuerpo comenzó a interpretarse de otra manera y las partes no eran sensatas con el espíritu reinante; era como si mi alma intentara quererse mover dentro mío, pero que a causa de su convulsión material me destrozaba los sentidos, exhumándolos. Pude ver un poco más, fragmentos de siglos como viviendas en forma de aldeas o castillos medievales; también símbolos y deidades que se postergaron con el correr de los libros. Era todo concentrado en una bolilla que giraba y giraba de hipnosis en la ruleta de siglos antiguos y futuros blancos y colorados. Oí el refrán que daba bienvenida a una guerra entre máquinas y seres adaptados para quererse olvidar; pues el ejército se desangraba en la lucha contra sus propias creencias y actitudes y el olvido de un valor, hacía de juez interventor a favor de una guerra novedosa. Los autos habían sido diseñados de tal forma que ya viajaban solos y el acompañante podía ser un inversor ocioso que gastaba por el goce de ver menos vida caminando. Pronto se fue diluyendo el pasado y el borrón alucinógeno me invitaba a contemplar el futuro más inminente de los que podía escoger. Pero lo viejo dejaba su huella, arrastraba una variedad de tragedias y estorbaba todo el ancho del camino. Una melodía distante apaciguó un poco los años: un celular que sonaba a Bach con una remixada base eléctrica. Sin embargo, al girar algo de mi cuerpo hacia la derecha, observé que se iba él mismo reprochando porque no conseguía velas para iluminar su hogar. Pude convalidar una última y contemporánea sensación cuando comprendí que todo había finalizado (no era una broma del comienzo), que yo entregaba mi corazón a un momento hipócrita y a la ves humano, pero que no participaba de un hecho con una firma y un contexto que lo declarase. ¿Había presenciado una propuesta, un propósito de vivir con la libertad de tener que elegir hasta la época y el nacimiento acuñado sin previo aviso al margen siempre de otra epopeya? Cuando me regresé bebí agua, mucha agua; pero mi cuerpo la rechazó instantáneamente al recordar aquellos ríos sin reflejo y sin tiempo. Sentí nostalgia pero vi un presente bastante confortante después de todo. Contaminación, incendios, súplicas y tráficos de todo tipo ocurren ahora y sin embargo se puede estar feliz ese preciso instante por la virtud (o el defecto) de no poder observarlos. Se imaginan, yo había presenciado un cúmulo de imágenes que los dos ojos del pobre hombre no estaban capacitados para registrar con aquella ansia. Necesitaba muchos más que todos los integrantes de todas las bandas del universo y sin embargo, sólo tuve dos.
-Se postergaron todos los sueños-, me dijo Walter cuando lo pasé a buscar para un nuevo ensayo. -Estoy estudiando filosofía moral y me parece tan inmoral esperar el sueño ideal... ¿Cuántas vidas necesitaríamos para encontrarlo?- Sentí por un momento que se invertían los roles de un pesimista existencial. Notaba todo con cierta claridad, una unidad perfecta como el sonido de un fragmento de mar; porque ya era hora de ser conciente de que podía al menos caminar sobre el campo de mi generación. Yo había experimentado moverme para levantar la barrera del tiempo. Los autos se manejaban solos rompiendo leyes y todo lo que por delante se les presentaba.
-Walter, ya sé cuál es la propuesta de la que hablaba el orador-. Me precipité, estaba cansado de ser ayer y protegerme de sus observaciones tan placenteras para el desarrollo de la mente, quería la respuesta o la pregunta de alguien que tuviera que ver con mi época.
-No me digas que conseguiste un bar para tocar.
-Nada de eso Walter, el tipo hablaba de otra cosa que de alguna manera lo tengo que plasmar en la banda, creo que fue una premonición haberle puesto “Gárgaras de Nostalgia”, estuve viendo imágenes, dejé a un lado la guitarra y me puse a tocar vestigios y futuros impresionables
-Así que ahora controlás todo menos la vida y el tiempo. Me gustaría vivir dentro de tu cabeza, debe haber una subasta de cuadros surrealistas.
Nos fuimos caminando fumando el humo de los autos; esta vez alguien los manejaba y mis sentimientos se fueron apaciguando hasta la puerta de la sala. Augusto aguardaba solo, con la puntualidad de ser presente antes que todos nosotros que vivíamos vaya saber uno a que distancia del momento. Pero cuando estábamos todos a punto de entrar asumí el cambio que se había producido en mí.
-Cambiemos el nombre- dije, y la intensidad de los temas, no quiero grabar la banda sonora de una pesadilla; pero tampoco creo conveniente establecer una línea de pasividad que se arremangue de furia y presione al margen de la indiferencia.
Walter fue el único que no concordó con mis propósitos. Alegó algunas oraciones sobre la perfección del nombre y la abreviatura de nuestras almas en una:
-“Gárgaras de Nostalgia” me parece bien, pero como ustedes quieran, mientras haya un aura de pasión y fragilidad por lo que hacemos, en el sentido de ablandar un estado que a diario lo enfrentamos con los problemas que la vida propaga desde el horizonte lejano. Mientras la música sea capaz de apalear conflictos y de dar rienda libre a nuestros frágiles propios y ajenos corazones que laten más razones por las cuales tener que vivir, bueno, es un caso a considerar, el nuevo nombre puede ser bienvenido.
En ese momento, Darío y Hernán sintieron nostalgia




Comentarios sobre Gárgaras de nostalgia
¿Y si los pájaros no pueden llorar y lo hacen a través de sus silbidos que bien conocemos? Nosotros también lloramos con el canto, el uso de palabras como sustituto de lágrimas es muy frecuente en lenguajes que no todos saben manejar.
Que tengas una linda tarde de Martes.
Te doy toda la razón y gracias por enriquecerme con tu bello escrito, sublime y encantador...