Historia de un hombre mayor
El señor O, de genero atento y sarcástico, consumado por la resoluta obediencia instigadora y presente en todo el recorrido de su ser, salió de su casa olvidando la llave a propósito. Su intención fue declarada más tarde por su hijo o minúscula cuando recibió la cita de un parlamento insólito que actuaba a instancias del castigo también para los que olvidan con intención, en un olvidado barrio en crecimiento (de gozar con entretenimientos televisivos).
Sucedió lo siguiente: la familia fue atacada violentamente. Los ladrones se habían llevado hasta los imanes de la heladera, que parecían (en palabras de uno de los chorros mientras se los llevaba al bolsillo) "Pequeñas obras artísticas llenas de fogosidad que decoraban las frías paredes hogareñas"
O minúscula sabía las intenciones de su padre, un hombre típicamente decadentista, artificial, una computadora que se revela contra su propio sistema. Mérito del hombre mayor, hacer todo el colapso de su vida una cosa dispar y entraba también la familia. Ese exceso de libertinaje estúpido y todos aquellos procedimientos irracionales que se complacía en hacerlos tangibles, en ciertas ocasiones como ésta, los estimulaba con o sin orgullo, perjudicando de todas maneras la seguridad de sus propios seres queridos.
Lo primero que hicieron fue la denuncia contra él. Unas semanas atrás había hecho algo parecido cuando al irse a acostar, las ventanas que daban a la calle quedaron totalmente abiertas. La diferencia fue que en este caso él también se hallaba en la casa, lo cual nos hace deducir sobre su propia rotura de ilusión externa y auto desengaño.
Se lo llevaron el mismo día de los imanes y no volvió a su casa nunca más. Pasaron años, casi diez, a pesar de que le habían dado solo dos. Él se decidió a patentar una nueva forma de vida totalmente opuesta a la anterior. Pero seguía siendo un esperpento, de vigencia ínfima, llevando la máscara sobre el cuerpo y el maquillaje en la ropa sucia.
Los hijos, tanto o minúscula como la jota y la h (que era muda la pobre), decidieron un lindo día de sol y mansalva perdonar todas sus tontas locuras y enviarle una carta de reconciliación. Por otra parte, necesitaban de su ayuda, porque la madre de ellos andaba mal y todo había empezado justo en el tiempo de su encarcelación. Eran diez años, la verdad, mucho tiempo; pero el dolor, mucho mayor y congénito, reclamaba la presencia de un antídoto humano y ese era O. Esperaban con ansia el cambio, que ahora al menos supiera dar cuenta de cómo fueron siempre las cosas y los sentimientos de la casta. Esperaban susceptibilidad a la transformación, que siga siendo un hombre revelado contra su propio sistema, por supuesto, un hombre MAYOR; lo importante era el hecho de que no causara daño en los sistemas ajenos.
Nunca respondió a la carta, enviaron tres más a diferentes direcciones, pensando que podía residir en ellas. En un efusivo encuentro entre padre e hijos, luego de tantos años, aquellas letras volvieron a verse las caras. El hombre se disculpó por todas las ocasiones que lo habían llevado a servirse de esa manera; asumió sus problemas y de no olvidar, sino de ejercer a propósito los terribles poemas escritos sobre el destino de su puerta.
-Miren, yo no he sido un buen padre, soy obsceno, me abstraigo muy fácilmente y me dejé engañar por la esperanza de que siendo padre mi vida se iba a cambiar por fin de tipografía.
A lo que j respondió:
-Es muy triste lo que decís, debería odiarte para siempre, sin embargo no puedo, sos mi padre y eso consta en los papeles. Es lamentable que no puedas cambiar de visión, que no veas nada en tus hijos que te provoque ternura o al menos, debes saber, que un renglón de felicidad le hemos tenido que dedicar a tu vida.
-si, si y me disculpo con ustedes hijos, son lo que ahora ansío con toda mi alma tener. Pienso recuperarlos ofertando buena voluntad y predisposición, lo que se les antoje será otorgado sin ningún tipo de drama.
Rencor, inventado, al menos para que O pueda salir del trance olvidado y permanecer en hogar. Su esposa se recuperó muy pronto y la alegría de a poco regresaba. Se notaba en el rostro de cada uno. Empezaron a tener visitas de amigos, parientes, hasta de vecinos que antes los odiaban.
O mayor hizo las pases con o minúscula; lo empezó a llevar a ver Fútbol, a los recitales, y le traía debés en cuando un disco de Spinetta o alguno de Jazz; el propósito era otro y tenia que ver con la felicidad en sus hijos; muchos años haciendo muecas y nunca un mensaje hacia ellos para llenarlos de una vida intensa en el aprendizaje y el entretenimiento.
Con el paso del tiempo, empezaron otra vez los problemas, esta vez de una envergadura más pequeña pero problemas al fin de todo. H tenía mucha envidia por j y la razón era desconocida. Nadie sabía por qué, ni siquiera h que solo decía tener aquel sentimiento y nada más, en realidad no lo decía, pero se podía ver claramente sobre la hoja. Varias veces intercambiaron diálogos fuertes, sobre todo si una le espiaba el novio a la otra, o si una creía estar menos mimada por sus padres. Por ejemplo, una noche que llovía bastante, se corrió la tinta sobre el destino que estaba sufriendo un hermoso vestido nuevo de J. Al parecer, h tenía que sacar la ropa a las apuradas y meterla dentro de la casa; pero había dejado tendida a propósito aquella prenda que tanto quería J y que usaba las noches de sábados con estrellas pintadas sobre los sueños de la luna. El vestido quedó desecho, irreconocible. J lloró bastante compensando con agua los maravillosos fines de semana que siguieron al hecho y en los que no calló ni una gota.
Otro escándalo sucedió cuando el hermano de O mayúscula, trazó una línea sobre los hijos de éste. No quería olvidar, con el paso del tiempo, que habían sido sus sobrinos los que alegraban las tardes cuando lo iban a visitar, ya que vivía afligido, un sentimiento de miseria existencial lo evadía, y la soledad lo condenaba a quedar fuera del abecedario. Su hermano le había dicho una vez que le tirase un piropo a la M, una chica muy linda que frecuentaba los bares y las librerías de Cabildo; pero él no se animaba, le costaba emitir siquiera una palabra y los ojos no le bastaban para conquistarla.
El escándalo, producto de aquella línea, surgió, pues, por la desconfianza que empezó a tenerle su hermano. ¡Me quiere sacar a mis hijos!, decía, cuando por fin vuelvo a estar con ellos para compartir momentos de regocijo. Esto no era cierto pero los celos de O se hacían cada vez más grandes, como cuando se comienza el primer párrafo del primer capítulo de la primera hoja de cualquier libro, independientemente de su calidad o el interés que alguien pueda llegar a darle a eso. Además O mayúscula, entre otras cosas, volvía al abuso de poder y su casa más bien parecía una pirámide flotante que levitaba; su ascenso tendía al poder infinito debido a la intención de alejarse cada vez más del renglón, éste le producía una sensación de encierro y pegocidad y falta de libertad y falta de "poder moverse", de poder mandar al que quiera y prescindir de los que intentaban desmerecerlo y sacarle créditos y oportunidades de volver a ser un padre, al menos, por otros cuatro años, cuando vecorta (su esposa) ya desde los ojos de alguien (es decir, desde el cielo), leyera todas éstas cosas sin poder contenerse, sintiendose aludida y compenetrada con la lectura hasta el punto de llevarse a "sus serifas en pañales" a casa de su madre la Z.



