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La habitación

por Alejandro
martes, 30 de septiembre del 2008 a las 07:57
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Se abrió la puerta, antes, una verja con rasgos de cristal congelado. Adentro, una sola cama, diferente a las que hay en otras casas; sabana de madera, almohada preexistente y una frase en el techo muy ambigua, como si estuviera cosida con barro de sangre. Paredes que se mueven porque al viento veleidoso a veces le gusta entrar por la cerradura. No se aceptan llaves pero tampoco tiene un timbre que la defienda (a la puerta). Cuando llaman usan el mecanismo más primitivo de todos, el de la violencia, el puño apático que desconfía de todos (sobre todo del abdomen)

         Entonces adentro, uno, sin pisar esa línea que transfiere la mala suerte y la desdicha pasajera pero desdicha al fin, uno se termina acostando y eso es una buena suerte por ejemplo no puede haber otro, esto es lo más apropiado cuando se habla de hostilidades frente a las horas en que se vive con el sueño en la mochila hasta llegar a la escuela (una especie de lugar incubado donde por fin se puede abrir el morral y estudiar las lecciones de un director improvisado).

         Olvidemos que haya estufa, vasta con una pequeña fogata y un lienzo horrible para incrementar la intensidad del calor. Olvidemos que haya radio, televisión o alguna ventana desaparecida, con persianas que recortan el sol en tiritas. Y ahora recordemos (es mejor), todos habían salido un rato antes de mi problema con la sociedad, con las piernas de las sociedad. La frase en el techo me sirvió para no olvidarlo (es peor) y cuando me había despabilado fui corriendo en busca de alguna sensación denominada cualquiera. Yo entré y ellos salieron, yo salí y ellos entraron. Todos usaban la habitación pero siempre de esta forma; era como llamando con el grito a la creación de una regla inamovible. Así nadie tenía que escapar de nadie, el recurso consistía en ocultarse sin ser ocultado, ocultarse de la tan refinada desgracia que se conoce con el nombre de compañía involuntaria; personas que no se soportan y se visten en la misma habitación.

         Como tampoco había mesas ni sillas, me paré en la cama para ver más de cerca el mensaje escrito en el techo. Lo primero que descubrí no tiene arreglo, tampoco tiene que ver con la ambigüedad (pido disculpas por haber creído y escrito lo contrario), además no estaba cosida sino escrita y no era de sangre sino de vino, tampoco era de barro. Utilizaron, lo confirmo en este momento, la punta de las uñas y no tuvieron que usar escaleras porque al techo se llega fácil con subirse a la cama con decisión.

         Pero lo que diga no importa mucho (lo que diga o lo que diga el mensaje) no importa, hay que considerar solamente la palabra de la habitación en su conjunto. Porque la mayoría aquí significa ser una habitación y qué dice la mayoría? por supuesto que nada, está vacía (al menos cuando yo entro) es una parte de algo que se debería llamar hogar pero no está. Uno sale y entra de la habitación y queda fuera o dentro de ella, nunca dentro de una casa.

         Hay un puente, esto es interesante, hay un puente. Sirve para mantener el equilibrio y llegar a cualquier lugar que no sea una habitación, ésta, por más simple y pobre que parezca, es lo único que se diferencia y lo que se puede encontrar del otro lado del puente; del otro lado del puente siempre está la habitación (siempre la misma) Después de todo se puede pensar en cierto tipo de unión inevitable. Uno siempre busca algo y siempre hay un camino inevitable hacia lo que busca, recomiendan atravesar el que se debería evitar porque dicen que luego lo buscado se hace inevitablemente propio.

         Una vez teníamos una casa, casualmente no tenía ninguna habitación pero su poder, el corazón unido a la presencia de una sola pared que hacía de piso (el techo era de madera) tenía serias palpitaciones de ser considerada otra habitación, iluminada seguramente con otras características, por supuesto, una ventana que aparecía en el fondo, detrás de un colchón recubierto con una sabana blanca revestida de una pompa lujosa amarilla mentirosa y desparramada por todo el piso.

         La casa se fue haciendo con el tiempo simple servidora de la providencia, que más se puede pedir. Y nuestro orgullo dilatado; pertenecíamos todos a ella, que más se puede pedir. Un puente, claro, pero fabricado sobre la superficie, sin complicaciones que puedan traer mareos. Rápidamente se convirtió en una señal, no tenía sentido, nunca lo tuvo llamarlo puente. Lo único que había de altura tenía que ver con lo ontológico, con lo que veíamos de la cabeza hacia los pies y lo que no veíamos del cielo a la cabeza. Esa señal nos fue de mucha utilidad y resistimos a la tentación de robarla con el olvido. Al año siguiente todos habían encontrado su propio camino y la casa fue vendida a un grupo de personas nuevas con ganas de empezar una vida vieja.

         Señora Simona (que decía mirar del cielo a la cabeza) regresó aquel año preocupada, adonde quedaba su pueblo, pero lo tuvo que imaginar, lo tuvo que compartir solo con sus pensamientos porque al llegar, cenizas en todos lados, neblina rellena, un poste de luz vencida, una estatua de alguien que había ganado el loto y una habitación, una sola habitación, no la suya, pero que pronto lo iba a ser, porque no decidió regresar, ya había regresado bastante, cómo era posible seguir regresando!; una vida para regresar a tiempo. Además la señora, muy acostumbrada, letargo anunciado por el acontecer sincero del transcurso constante, días más uno, más otro y más un montón, como caramelos de la rutina que luego de una sencilla digestión se vuelven recuerdos obsoletos, cuando nadie ya se los quiere escuchar y tiene que inventar nuevos, adaptarlos a las circunstancias del nuevo tiempo.

         Esa habitación, es adentro, esa cama con sabana de madera, es a través de la verja de cristal ahora galvanizado, esa puerta que se abre (aunque esté la necesidad de usar antes el puño), habitación que ya describí antes, que fue hogar, que fue cuadra, que fue manzana, que fue pueblo y que ahora es una habitación cualquiera, con una frase insignificante en el techo y una cerradura que no lleva llave; esa habitación tiene nuevo dueño y puede volver a ser considerada una propiedad, algo con gente aunque, también hay que decir que falta lo necesario para no sufrir tanto (o para sufrir demasiado) y es el hecho de que ya no va ser posible entrar un poco antes de que todos hayan salido, porque ya nadie sale, nadie entra, nadie oye, nadie mira, nadie piensa, y esto se volvió una costumbre que da para hablarlo con alguien.

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Alejandro

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