Lago de Parda
Las proporciones eran muy desafortunadas como para andar suponiendo que algo pudiera llegar a ser excesivamente lógico y evidente. Me parecía un rumor lejano; saborear la astucia no merecía ningún sentido cuando todos estuviesen en el mismo plato putrefacto. Realmente se estaba echando a perder. Yo miraba las estrellas y aunque el placer se hacía por dentro, no faltaba oportunidad de prometerle un canto elocuente a una noche transpirada y misteriosa.
Porque era verano, a pesar de que resulta fácil darse cuenta que la estación deshidrata también ciertos hechos enigmáticos de una envergadura consecuente, producto de una causa diferenciada de las tantas que suceden a diario.
La no costumbre, la no cultura invasión; películas y músicas que recomiendan cinéfilos y melómanos, ofrecen toda una lista de sucesos, lugares y estados que da para poder hablar sobre determinados tópicos del llanto o situaciones que mejor serían vistas al ralentí (y solo por ese goce tan simple de que se quede más tiempo en pantalla).
Recostado, inmóvil, con la agilidad puesta en la contemplación y nada más (si a esto se le puede llamar una costumbre), espiaba cada una de las estrellas. El cielo parecía proporcionalmente más pequeño. Yo lo asimilaba desde la niñez a una bolsa plana que contenía muchos soles, muchas estrellas; también aviones y pájaros; y los árboles a veces, los más altos, pretendían integrarse al simposio estelar. Sus hojas (la de los árboles) me recuerdan a los brazos de las personas intentando rasguñar el pizarrón de la noche.
Aquellas figuras formaban un lenguaje indivisible, una constelación brillante y otra nublada. Habría que esperar de ellas algún secreto paradigmático que sea capaz de demostrarnos por qué somos libres a pesar de conformarnos todos los días con el mismo cielo.
Yo pretendía alejarme de aquellos lugares en el aire, concentrarme en la rutina y el atajo hacia un nuevo fin de semana; pero poniendo justamente la vista de cara al cielo podía lograr un retorno satisfactorio.
No había forma de camuflarse entre los pastizales verdes y blancos; la luna era la lupa más grande que hasta ese momento conocía, la lupa de un ángel. Espiar, en ese momento, era una acción mutua. La luna ampliaba no sólo mi espectro, o el aluvión de almas encamadas con la mía, sino la superficie que supuestamente me sostenía sin dejar de ser un híbrido conmigo.
Al cabo de veinte minutos, los invitados anclaron sus autos en Lago de Parda. Así se llamaba, o por lo menos eso decía en la puerta de la entrada a la casita que mis viejos habían alquilado ese verano. Yo también era parte de la visita, porque necesitaba descansar unos días, obedecer a parientes que recomiendan la costa como cita obligada para escapar del dilema y el abuso que el porteño hace con el humo y el calor.
Me levanté, despidiéndome por última vez del cielo y sus reflexiones; guardé con ganas una variedad de presagios que irían a estimular por unos días mi imaginación.
Saludé a todos sin conocer a nadie. Macanudos, felices y sin caprichos; equidistantes formaban un círculo de parejas de cuarentones.
Mi padre se llamaba José y era el único que se disponía a prender el fuego. Yo me parecía bastante a su carácter. Sus ojos eran aún más grandes pero se agotaban más rápido que los míos. Me llamaba la atención su costado más caótico porque me servía para reconocer mejor en las demás personas cuándo y cuánto tiempo variaban los diferentes estados como el de paciencia o antipatía.
Todo había sido propuesto en capital. El reencuentro luego de tantos años de amistad. Ya todos casados y con hijos menores y adolescentes. Volverse a juntar para conservar el recuerdo, más bien para recuperarlo puesto que la memoria, después de todo se los termina robando, y pensamos que sólo estamos con varios presentes, al desnudo, estafados por nuestro propio intelecto.
Egresarse con chicos, hoy verlos hombres y mujeres. El hastío del tiempo nos quiere atrapar ya fuera en días o noches, sin embargo nos alejamos unos, y otros se acercan a un proyecto tan particular y diferente del nuestro.
Mi madre se llamaba Maite, la reunión era por parte de mi padre pero se la veía contenta. Hacía relaciones con todo el mundo, algo que pude heredar de ella aunque a veces debo confesar que me paso de la raya y la relación la termino haciendo con el mundo en sí mismo como forma natural y prosaica.
Me cuesta bastante mirar a los ojos, el espejo satisface mis limitaciones, pero siempre recaigo en la mirada de ella para saciar mis dudas existenciales. Su rostro involucra el mío también; puedo ver entre el vaho de la vida las cosas tan irregularmente que me incita el análisis propio en mis padres. Ellos tienen la gama de rasgos que dieron un color tan opacado como el mío. Sin embargo la simpatía empareja un poco la balanza de una personalidad que va pesando cada vez más y promete asumir un precio relativamente social.
Trato de no entrar mucho en detalles porque lo que en verdad quiero contar radica principalmente en lo ocurrido a la vuelta, cuando todos estaban de nuevo en sus hogares. Es una aproximación que dije y que tuve, por así decirlo, hacia uno de los amigos de mi padre.
Nos enteramos tarde, casi una semana después de la reunión en la costa. El tipo desapareció sin aviso; por momentos creí que una broma tonta había sido la encargada de negar un secuestro o una discusión con su esposa.
Se llamaba Ricardo, me acuerdo que de todas las personas ese día presentes era el más humorista, el que ponía la voz por encima de todos. Haciendo muecas casi horribles, se deleitaba contando anécdotas sobre negocios clandestinos y judíos entrenados en el ejercicio del ahorro eterno. Recuerdo haberme cansado de escuchar tantas boludeces. Hasta mi viejo sentía curiosidad por frecuentar otro tipo de charlas. El instante iba siempre prefigurando un eco de salida, pero aquello era sólo un deseo eterno en ese momento.
Recuerdo que, no viene al caso, sentí aprensión pero de golpe, porque estaba concentrado ya en mis temores acerca del destino; debía cuidarlo mucho, a pesar de que lo había dejado por un rato de lado, sin registro ni papeles en orden.
Este hombre, volviendo al caso, seguía hablando y hablando y su esposa se moría junto a él, enferma de placer y ensoñación alucinógena, producto del vino más el asado.
Y qué relación hay entre la desaparición de Ricardo y su risa desgarradora, cómica y brutal para los oídos con ideales de nostalgia. Pues, hay bastantes. Hoy se sabe poco sobre el caso. El otoño cubre los detalles que implican la deducción de asuntos tanto cotidianos como policiales; con la corteza de los pequeños apuntes, el logro de escarbar pero encontrar, a pesar de quedar con las uñas llenas de tierra y lugares habilitados para no buscarlos.
En primer lugar Ricardo era el más grande de todos, contando los hombres y las mujeres. Había repetido dos veces, de esa manera llegó a formar parte del grupo en el cual conoció a mi padre y a los demás compañeros. Es un dato menor pero se hace ostentoso, para exagerar un poco, cuando se advierte que el cigarrillo (y me era posible saberlo hasta cierto punto) era su herramienta de manipulación más explícita sobre la mesa. Como un animal que marca el territorio de todos mientras que el suyo lo rechaza con el incienso de un árbol moribundo. Evidentemente los impulsos que rebosaban de su capacidad biológica lo asemejaban a un hombre con el instinto heredado. Le pregunté a mi padre en voz baja. Me lo confirmó más tarde, cuando ya no quedaba nadie en Lago de Parda.
Un hombre que fuma y bebe, y se traga hasta el mismo sustantivo de gula; pero que antes de evaporarse manda un mail a todos narrando una escena dolorosa, repitiendo cuarenta veces la palabra llorar en rededor de querer, desear, añorar; y firmando y aclarando que el cigarrillo y el humor destruyen los pulmones ya sea por humo o por risas.
¿Acaso no deberían estar en la mira de las sospechas todo el grupo de egresados del 72`, además del suicido casi anti-premonitorio que me ofreció aquella noche la personalidad de este sujeto? O los amigos que construyó a lo largo de su vida. ¿Acaso mi padre, mi madre?. ¿Acaso yo no seré culpable de una desaparición que se instaló a nivel nacional y desbordó, a su vez, el tamaño esperanzador que sus parientes pudieran llegar a poseer? ¿No seremos también culpables todos cuando alguien interiormente suele cotejar diferentes apariencias y, a pesar de ello, decide quedarse con todas (ya sean dos o más) utilizándolas como forma de vida y valga la redundancia con la posibilidad de no poder algún día llevar a cabo un examen autobiográfico verosímil?
Durante el día no puedo emular los pálpitos que mantienen en coma y luciérnagas a las estrellas. Tampoco suelo llevar mapas, no los necesito; los rayos del sol alumbran cualquier camino. Pero sí puedo deducir y confesarme del otro lado de la ventanilla, que Ricardo es un personaje creado para ser de nadie. Se ofende seguido, porque sus proporciones son confidenciales y se lo ha visto además varias veces en la costa de lágrimas contando chistes horribles. La desgracia le ofrece un asiento en otra de las tantas reuniones inoportunas.
Me levanté, ahora si, con la noche de mochila y los cuadernos de poesías anclados en mi cabeza. La Luna inmensa era vestigio de un crimen perpetuo. Yo Prefiero, y no lo dudo, las historias que flotan en el aire; pero en Lago de Parda, por lo visto, parece que siempre hay oportunidades para bañarse con ingenio, sin la ropa de la soledad.




Comentarios sobre Lago de Parda
Hola mi buen amigo, cómo estás? Sabes? Me gusto mucho este cuento... Tango que se me vino las ganas de bañarme sin la ropa de la soledad... Muy interesante.
Que tengas una linda tarde.