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Nueve del siete (del siete)

por Alejandro
miércoles, 04 de noviembre del 2009 a las 08:35
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Han tenía la vista quemada por tanta maravilla de golpe. Su terraza era susceptible al brote de un blanco nevado, y eso que él había vivido mucho tiempo en países con capitales donde cosas como la falta de gas y de petróleo y el clima debajo de cero formaban parte de sus postales y de la tierra.

         Han no podía creer, se sentía por encima de la ubicuidad, un asombro bastante común para otro oriental encapuchado; pero en alguna Buenos Aires más panzona, quizá se hubiera podido comparar mejor: Los ojos de Han estaban completamente empachados producto del espectáculo invernal y no estomacal (espectáculo solamente interior, por supuesto)

         "¡Esto no puede estar pasando acá!" se decía a sí mismo en un perfecto castellano contemporáneo: “vieja, esto es una masa, mirá como nieva”. Y cotejaban los parientes de Han alguna tarde neoyorkina con el insólito día de la Independencia. Argentina es una barbaridad y no hace falta tener los ojos redondos para darse cuenta.

         Han se pasó la tarde viendo como los cables que atravesaban la terraza iban mutando en piolines para atar el matambre. En la casa tenían una enorme ventana al costado del horno, que daba las noticias realmente necesarias. Si bien no acostumbramos, acá, nosotros, a valorar más de diez minutos algo novedoso, un prodigio honorable que nos dice: "todo algún día nos llega, incluso sin movernos de la ciudad" Han estaba transferido, olvidado. Recuerdos acompañados con mate, rosquillas y un buen plato de arroz; un sillón muy cómodo desde el cual podían contemplarse mejor los travellings ligeros de cada gota congelada.

         A eso de las seis y media, los rasgos de aquel atardecer inesperado empezaban a borrarse por el acoso de una noche que a nadie pretendía, excepto, por supuesto, al amor perdido del frío blanco. Han quedó consternado, rúbico, somnoliento; pero el sueño estaba en otro lado, estaba en este cielo nuevo y lleno de glóbulos blancos desenfrenados cayendo como si pertenecieran a un cuerpo inmaculado, a un ángel recostado sobre las frías calles y veredas, sobre el patio y las sogas con sábanas que se veían desde la ventana de Han como fantasmas dándose una ducha bien caliente.

         Acompañar esta mancha invisible otorgando un pelo a Buenos Aires, parecía que el tiempo le pasaba más rápido. Se estaba volviendo canosa; y el obelisco por fin se daba el gusto de tener esperanzas para dejar de ser un simple y enorme crayón que apunta al cielo con la intención de dibujarlo, de rayarlo, escribiendo algo que valga la pena. De mástil podía también ser que sirva ahora que se estaba gestando y desde los aires una bandera blanca y flameante que profesaba la paz de arriba, el espacio mismo cultivando una ropita en cada pájaro y en los muñecos (por más que sean y no tengan frío); horarios con zanahoria y la derrota del agua como tantas veces la vimos caer en los autos y en los paraguas. Lluvia silenciosa que para Han ya era el nombre que iba a llevar algún día su propia verdulería.

         Y se presentó, esa canción inexistente, porque acá nunca se había hablado de ésto; ningún artista puso la mirada nunca en esta cosa nueva para nosotros que bajaba del campo celeste. Apresurando sus ideas, sobre pronósticos infiltrados en la provincia, Han tomó la cámara y filmó quince minutos. Entraban en los planos ventanas y puertas, además el padre, la madre y su hermano menor; pero la protagonista se merecía de fondo durante todo este tiempo verdaderamente diegético.

         La conmoción se instalaba definitivamente. Reinaba muchísima alegría banal y sincera tal vez. Los cachetes colorados, bien cubiertas las pantorrillas (va, todo en general, para que escribir con tanto detalle) El gorro de lana con la insignia "Hasta la victoria..." Siempre aplastado en algún cajón de la casa y ahora tan buscado y raído, causando furor en la moda (modelos con el Che en la cabeza, increíble belleza interior)

Se da una particularidad heroica cuando se ve tanta gente levantar sus brazos en situaciones como ésta, donde todo concuerda mejor desde la cima de un corazón helado a punto de estallar en regocijo y plegarias mirando a la tierra. Gente que busca y encuentra; algo le tiene que caer. Una vez Han había compartido con un amigo, Wong Tsu Tsuki, medio millón de dólares, antes de que un rayo los partiera en medio millón de pedasos (en este tiempo fue también que se los gastaron en comida rápida) La plata había caído, decían, porque a alguien se le daba por hacer magia esotérica gratuita. Sin embargo a Han no le parecía que esto llegara a convertirse en un acontecimiento milagroso y menos que la gente frecuentara el esnobismo en seguida. La nieve ya no formaba parte solamente de la tapa de su cuaderno. Puso sus manos un rato sobre la estufa y salió recién a la vereda cuando todo, incluso los autos y las calles, quedaron sepultadas en la que para muchos era como hablar del día de la cocaína (pobre nieve, que tendrá que ver)

         Han concebía la idea imperial de hombres con los pies sobre la tierra y monstruos con las narices sobre la nieve (él era muy chico, por supuesto la idea provenía del padre); mujeres y hombres también con las cabezas entre la niebla y hermanos con los ojos en el horizonte; amigos con el corazón inseparable y presidiarios con las manos en la arena (imaginar que llegan a hacer un pozo bastante profundo, por ejemplo, si no no sería noticia del verano)

         A pesar de lo ineficaz que se sentía para proyectar una bola de nieve perfecta, Han hizo su aparición en el escenario con muchísimo valor y divergencia frente a los que estaban haciendo las mismas cosas y guerras por el estilo. Dio varias vueltas manzanas, silbaba una melodía diferente por cuadra que transitaba, logrando la apoteosis final con la cara ubicada en el escalón más alto que tenían estos nubarrones especiales.

         -Quién diría- le decía Han a un viejo hombre que paseaba junto a su pequeño caniche (que además miraba cómo un siberiano comprendía lo que era estar aclimatado)

         -Dígame señor, por qué nieva por acá, hace cinco años que estoy en Buenos Aires y nunca vi nada parecido

         -Yo hace setenta y dos años, tampoco, así que si vos estás asombrado...

         El hombre no se detenía pero caminaba muy despacio y la conversación que mantuvo con Han se desplegó, por cierto sin mucha animosidad de parte del señor, pero confluían sus opiniones al fin de todo el trayecto en algo muy similar y que tenía que ver con el orgullo, no ese orgullo fatuo y entubado en un solo país, el de sentirse orgulloso por ser argentino, canadiense, albano o yugoslavo; era algo más universal y tenía que ver con la misma naturaleza, con una especie de regalo provisorio, especie humana, especie de concretar quién será elegido para que le caiga un rayo, un tsunami o unos cuantos copitos de nieve.

         -¿Cómo te llamás?- le preguntó el hombre cuando se estaban por despedir. -Han-, respondió éste, con una sonrisa enorme y cualitativa que provenía de oriente (no todo lo de ahí es tan berreta)

         -Mirá Han, no hay nada más cercano a la idea de Dios que la propia naturaleza: Castiga, Regala, te Salva, nos Salva, y nos pone caminos por delante, y todo esto es lo que me termina pareciendo muy extraño porque yo, y te soy sincero, no debería recibir absolutamente nada de nadie Han, para mi Dios es un castigo de la naturaleza y lo encierra entre todas estas cuestiones que no dejan de ser subversivas cuando me meto dentro de mi casa.

         -Me parece que usted ha hecho muchas cosas malas en la vida señor, por eso no puede disfrutar de toda esta maravilla, aunque yo pienso en la gente que vive en la calle y caigo con usted, en la misma idea.

         -Hice cosas que seguramente Dios no las ha podido mirar Han, si no, es difícil que hoy estuviera hablando con vos.

         -Sin embargo el tono de su voz, suena a hombre bueno, y en sus ojos, también encuentro una vida llena de acciones justas y considerables.

         -Es el idioma Han, que esconde muchas cosas. Ya vas a entender mejor algunas cuestiones sobre códigos lingüísticos, tenés que progresar bastante; y considerable Han, es una palabra muy grande para usar cuando estés interesado en elogiar a alguien.

         -Pero señor, ¿Qué hizo usted? ¿No es éste un país de gente buena?

         -Si hay algo realmente universal Han, es gente de todo tipo y atuendo. La conducta Han, de cada uno de nosotros, serviría para venderle planetas con paletas humanas al por mayor a cualquier indígena espacial. Imáginate todos los histéricos e histéricas solos en un mundo y lanzarlos a una órbita bien lejana.

El hombre soltó una pequeña carcajada media reacia.

         -Qué dice, no entiendo nada, lo importante hoy es que es el ¡día de la nieve!- dijo Han volviéndose a entusiasmar.

         -El día de la Independencia querrás decir, yo habré abusado de no depender de nadie más unos ciento noventa y siete años. Así que me considero (vos que me hablabas de considerar) parte íntegra del espectáculo.

         -¿Tanto tiempo señor, vivió usted? dijo Han con su pobre inocencia (y no se sabe bien hasta que punto se podría considerar)

         -No tanto, respondió el hombre, y continuó diciendo

         -Han, si te ponés a dudar quién te dice cuántas veces podrá uno renacer, o la gastada de un amigo que al menos sabés de donde viene. Tengo muchos prejuicios Han, pero tus preguntas, tan simples y eficaces me sirven para darme cuenta de ello. Debería dejarlos algún día, pero no sabés cuánto los necesito. ¿Entendés que mi perrito y los prejuicios es todo lo que me ha quedado?

         -Pero, ¿Su familia señor? ¿Dónde está? Yo ya soy un chico grande y lo voy a poder entender.

         -Mi familia ya no me quiere Han, no me quiere Dios, me va a querer mi familia.

         -Pero ¿Dónde está Dios? ¿Cómo sabe que no lo quiere?- preguntó Han indignado por el camino que había tomado esta conversación

         -No estuvo nunca Han, ¿No es una prueba concreta de que no me quiere?

         -Hay personas que siempre estuvieron y sin embargo no nos quieren, no creo que sea prueba suficiente. Además es la única forma, me parece, que tiene Dios de proyectarse frente a uno, es decir, si no, no tendría sentido un verbo tan importante como el de "creer"-. Han intentaba mostrarse como una persona que podía ofrecer consejos y puntos de vista, desplegando un costado suyo muy filosófico y que de verdad sabía que no lo poseía.

         -Ahí parece que cae más- dijo el viejo. -Por qué no te vas y te armas un muñeco de nieve Han, yo ya me meto adentro que está frío.

         Era la primera vez que Han mantenía una conversación con un sujeto grande y en otras tierras. Y la verdad no duró demasiado, tampoco la mentira o la farsa protesta que hacían algunos idiotas y viejos caminantes ornitorrincos al borde o la caída hacia el fondo de la locura y el genocidio. No quiero decir con esto que represento aquí un narrador que tiene la sospecha inmanente de que el hombre que se había cruzado con Han era uno de esos torturadores de la dictadura que todavía andan libres; pero como es difícil olvidar un pasado (aunque te lo hallan contado) tan terrible y sangriento y condenado a ser siempre un presente para recapacitar, debería decirlo: Argentinos, extranjeros, tened cuidado porque el nueve de Julio salen todos y la nieve no hizo más que recordarnos que tapar cosas con un color particular... (considero a la nieve como gotas de sangre de algún ángel herido rondando por los buenos aires) En fin, habría que encerrarlos a todos (al menos entre paréntesis) No se los puede estar viendo por todos lados con una libertad que espanta. Por más que digan lo mismo en cualquier lugar que se encuentren. Se deben usar para explicar, a fuerza de matices tautológicos, qué perversos llegamos todos a ser debés en cuando. Incluyo los hombres "considerados" libres porque siento que a todos nos irrumpe cierto tipo de maldad. La idea de vernos como si fuésemos un abanico de posibilidades y conductas heterogéneas se afianza constantemente. Han, al volver apresurado a su casa supo darse cuenta de muchas cosas y de que estaba equivocado en pensar todo como si fuera el universo una instancia de alegría y diversión eterna. Comenzó de pronto a surgir en sus ojos una mirada diferente que daba lugar a personajes oscuros y siniestros, personajes que a simple vista parecen, como decirlo, "del barrio", conocidos que nunca generarían algo parecido al temor. Nadie causa temor en realidad, sino más bien sus acciones y discursos, sus conductas que por más variadas que sean, yo creo que cualquier indígena espacial, como bien decía este hombre, preferiría exportar las suyas. Ojalá nos llevemos otra sorpresa similar a ésta de presenciar la nieve (blanco exterior, antagónico de la oscuridad interior) y sepamos darnos cuenta de cuántos modos el cielo está capacitado para llorar alegremente.     

 

 

 

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Alejandro

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