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La ventana desaparecida

por Alejandro
miércoles, 12 de noviembre del 2008 a las 19:24
guardado en

La ventana desaparecida

No bastaba con encadenarlos, había que cubrirlos del ambiente con alguna felpa o tela gruesa para que pudiera brotar de ellos más tiempo de vida, para que las palabras no culminen tan agujereadas, quedando destinadas a perecer en la boca de unas cuantas polillas.

         ¡Las palabras! ¡Alimento para las polillas! Cuando lo que hace el hombre es vomitarlas en un libro.

         Allá por el siglo VII las paredes de las bibliotecas estaban pintadas de verde. Se decía, como decía el obispo enciclopedista Isidoro de Sevilla, que hacían descansar la vista.

         Y de vuelta al libro, donde la vista no descansa y se ensucia con el vomito que otro expuso por propia voluntad. Las enciclopedias nunca fueron opiniones personales, sin embargo hoy en día no estaría mal acotar algo sobre el borde de un acontecimiento histórico.

         Fue así que mi casa quedó bañada en verde, literalmente, y mis libros colocados en cajones, que al abrirlos, una entrada muy acrobática del sol por la ventana los amparaba y les daba una linda bienvenida junto a la palma contraída del nuevo día, sus alas, de esta manera eran abiertas y cerradas como tapas de una edición muy gastada. El gran problema (y a esto se debió mi traslado improvisado a otras tierras y raíces) era que al mismo tiempo firmaban la sustitución de las mías, revolvían con astucia el experimento de hacer volar a alguien estando sentado a cuestas.

         Treinta baldes de pintura verde, la naturaleza de mi casa. El aroma tóxico que hacía de mis pulmones una caverna de dos entradas bajo la superficie, una llave escondida y el cuerpo ahogado y consumido por la historia y la pintura misma.

         A la semana siguiente me internaron de urgencia. Cuando me recuperé soñaba fragmentos aislados, ninguna imagen constructiva, sólo estrofas o palabras impresas en la tapa de mis sueños. Ya no podía ver los contenidos que traían, me ofrecían un título y nada más. La imaginación pronto se transformó en un error de la travesía que mi corazón había llevado a cabo, insistiendo golpear en las puertas de mi alma tantas veces como fuera necesario.

         Yo seguía leyendo pero en otro ambiente un poco menos sintético, plausible de ser muy valorado, con verdes pero de plantas y hojarascas proscriptas al desorden natural. Mi situación se tornó conflictiva y se acercaron conocidos al punto más lejos de la urgencia que precisaba. Y en ese punto a mi me convenía porque supe darme cuenta en seguida lo que el libro intentaba decirme a pesar de que cierto era que lo había cambiado miles de veces por otro totalmente diferente.

         Todo es, digamos, introducción de alguna madrugada. Y la noche es un final, tantas veces repetido, que no vale la pena quedarse con la última frase y eso solo, donde parece definirse todo lo que tanto costó escribir en años. Mi situación, que no era de pobreza intelectual, puesto que el encadenarlos a mi espíritu fue determinante para absorber la realidad con una hoja y un balde lleno, usado anteriormente como pincel de grosso tamaño. La situación acabó por suerte con la vuelta a mi otro lugar, lejos de ese aroma venenoso. Así consterné los días no como hojas, sino como la acción de arrancar hojas y tirarlas al cesto oscuro de la noche.

         A eso de las seis y media me soltaron y tardé semanas en comportarme como mis semejantes. Recuerden que acá no había culpa, ni temor por la culpa. El castigo provenía de la euforia para con la vida a través de libros y más libros. El dilema estaba en entrar donde Dios me había hecho entrar. Por más dificultosa que mi historia pueda parecerles, su desarrollo es muy fácil de conseguir y consiste en presentar ambientes que bien cualquiera podría suponer normales o fáciles de reconocer en presencia.

         Mis ideas fueron puestas en remojo. Pensé liberarme pero para eso necesitaba dinero y lo único que sabía hacer era ver parir letras en los sueños, recopilarlas y traspasarlas al papel. Así me ganaba la vida. Esta vez me acorralaban los dolores mentales y sus armas eran precisamente palabras de cualquier calibre que me borraban del mapa, y eso que el mapa era un hogar, por lo cual era inútil utilizarlo para saber donde uno se hallaba, como si fuera la verdadera vía precipitada de escape.

         Pasaron dos mañanas, el horizonte se extendía en un labriego de roperos y una ventana desaparecida. Mis recuerdos la conservaban intacta, más bien mis pulmones que ahora no la necesitaban pero que extrañaban igual el hogar de familia, ese hogar donde la ventana daba a un barrio o al menos a una fábrica reconocible.

         Una noche que mi insomnio obligaba a que la viva, apareció una imagen ectoplástica sobre la única pared que había dejado de color verde, las demás habían vuelto a su blanco natural.

         Específicamente parecía un ángel anciano que no registraba ninguna iconografía. No me dijo absolutamente nada, pero cabía la posibilidad de que aquella presencia significara algo importante.

         Yo creo haber hallado el mensaje en su retórica huída por la ventana desaparecida y su previo tropiezo con el cajón abierto, en el momento exacto en que cientos de rayos de luna le iluminaban el torso e inauguraban otra puerta con vista y bienvenida a una variedad nueva de cerraduras y destinos y banquetes parsimoniosos, donde la pasarían (los ángeles que hubieran podido pasar sobre su cabeza) de lo mejor y con mucho entusiasmo tomarían cualquier cosa que se les antojara.

         A veces una imagen vale más que, al menos una palabra: Fe; al menos más que dos letras. Y no solo valen más que ellas sino que nacen de lo que se termina viendo y deduciendo del indicio de que ya se ha ido llevándose algún dolor de rodilla.

         Por mi parte, me llevo más de un libro de conocimiento e ideas para construir varios poemas sobre ventanas desaparecidas, que además, valga la redundancia, hacen desaparecer a los ángeles o fantasmas que acostumbraban entrar por la pared.

Reencuentro de dos hermanos imaginarios

por Alejandro
miércoles, 12 de noviembre del 2008 a las 19:22
guardado en

-"¡Y así me reencuentro con usted, hermanita querida! Luego de tantos años anclados en la tradición que el mundo viene dictándole a los seres humanos. Les repito a todos que mi hermana no proviene de la canasta familiar y que a mi eso me importa muy poco! A decir verdad, estoy más que conmovido con su llegada tan sorpresiva y mi corazón se torna luminoso como los hermosos farolitos que mi cuadra ya no posee.

         Heredar una hermana por voluntad propia, porque el alma, mi alma!, en un estado de lujuria y enemistad con el sentido común, ha bebido tanto de mi corazón como de mi espíritu  inquieto (mi cuerpo lo viene soportando obsesivamente), y eso que mis brazos se mantienen vacíos a punto de llorar con alegría frente a mi hermanita que esta por venir"

         Cuanta sinceridad que se notaba en el hermano, cuanta belleza emanaba su rostro a punto de esbozar una sonrisa definitiva y de infinita ternura, culminando en un horizonte de imaginación sobre el cual se llegaba a contemplar una vaga imagen de su hermanita cincelada con colores prístinos que rebosaban de su hermosa figura.

         A eso de las tres de la tarde, volvió a repetir aquellas palabras que tan bien guardadas tenía y pronunciaba frente al espejo, esperando la dura respuesta de un pueblo escondido detrás de su rostro, reflejando aquel sentido de la vida que tan perdido estaba en los espejos y en la razón. Ahora se veía regresar todo aquello como si fuera un boomerang que había arrojado mucho tiempo atrás.

         Se le vino a la mente su infancia, y en cada recuerdo comenzó a agregar a su hermanita en un costado. La ponía en alguna discusión familiar, sentada debajo de una mesa, con las rodillas atadas a los brazos; la ponía en algún tobogán, viéndola de frente como bajaba y como subía, con esa carita que lleva todos los sentimientos de regocijo que se puedan imaginar.

         Después de ponerla en miles de recuerdos más, se dispuso a olvidarse de todas las cosas que en la semana le habían provocado efímeras desilusiones y momentos de melancolía.

         Si bien tuvo una breve reflexión sobre los consejos que de antaño había escuchado de no andar a la búsqueda de hermanas (con el correr del tiempo esto ocasionaría más desgracias que alegría, más peleas que jubilosos abrazos) consideró que aquellas palabras tan obtusas y estúpidas eran completamente ajenas a lo que su corazón comenzaba a sentir con tanto ímpetu. Y mientras se terminaba de poner las zapatillas, de sus labios surgió una melodía muy alegre que su hermanita le había enviado unos días atrás, había quedado completamente pegada a su alma y ya formaba parte de su presencia, una presencia visual y sonora, muy juguetona.

         Al otro día el encuentro finalmente se produjo; los nuevos hermanos se llenaron los cachetes de besos y moretones, así es, de moretones también, porque los soplamocos se tornaron inevitables a la hora y media del ansiado reencuentro. Ver a los dos tomándose de los pelos se volvió una acción apropiada y natural entre ellos, que estallaban en risas banales por momentos y en otros gruñían y se escupían como verdaderas fieras que nunca fueron amaestradas.

         De lejos podía apreciarse en ellos  la parodia de jugar al perro y al gato, al mismo tiempo que los dos eran ratones obligados a escapar de todas las obediencias posibles, incluyendo la idea misma de ser personas civilizadas de carne y hueso. Sus almas por primera vez se veían desnudas y unidas con un entusiasmo que ponía la piel de gallina a cualquier nostálgico que anhelara tener hermanito o hermanita.

         Esa tarde se pasearon por todas las plazas y avenidas del barrio dando como brincadas inocentes que escapaban a la condición de productivas para una persona culta que debía hacer el trayecto hasta su trabajo lo más correcto que pudiera.

         Cuando, a eso de las ocho el sol se empezó a ocultar detrás de los edificios más altos y caprichosos (por ya no quererlos compartir con nadie más) su hermanita le proporcionó una conversación muy linda y conmovedora que iba a terminar siendo el preludio del primer encuentro que tenían como hermanitos perdidos.

         -No hay un lugar (dijo ella) donde yo me pueda sentir más contenta hermanote, acá, sentada a tu lado. ¿Sabes la importancia de decir "a tu lado"?

         Su hermano no reaccionaba, mejor dicho, no con palabras, puesto que no sacaba sus ojos de ella y solo se limitaba a hacer eso.

         -Tus ojos son muy tiernos, continuó diciendo ella- Tus ojos son como un espejo para mí y desde ahora, ¡en los que mejor me veo!

         Su hermano desprendió una sonrisa nueva, tan tierna como aquella que denotaba todo su cuerpo antes de conocerla.

         ¡Hermano! ¡Que me decís?! ¡Hermano! -decía ella dándole puñetazos débiles en sus hombros- ¡Que me decís!? ¡Que me decís!

         Cuando empezó a sentir el efecto de los puños de su hermana, ese pequeño dolorcito en sus hombros (la hermanita ya le daba a los dos y además se abusaba utilizando sus anillos de frente), cuando ya sintió que era momento de ofrecerle a ella alguna respuesta interesante, su hermano tuvo la sensación, por primera vez en su vida, que aquella ceremonia tan extraña y particular, aquel encuentro de hermanos imaginarios y concretos al mismo tiempo, aquellos dos ratones subversivos, habían nacido con el único propósito de estar juntos, como ella bien decía, uno muy cerquita del otro. El universo se englobaba todo en aquellos dos lindos sujetos sentados juntos por la hermandad que los unía. Dos cuerpos se veían, es cierto, pero también era cierto que un alma sola los envolvía.

Su hermano dijo: ¡Achisss! Y su hermanita quedó empapada de saliva que en seguida él se propuso con toda voluntad a secársela con el borde de su remera de manga larga roja.

Cuando por fin termino de solucionar aquella macana de hermanote burlón, ella lo tomó del cuello con toda la furia de una hermana menor. Los dos se reían mientras a él de a poco se le iba el aire y le pedía que lo soltara prometiéndole bonobones y pulseritas a cambio de ello. Ella decía Grr Grr, ¡ella gritaba! Grr Grr, y el le respondía con un Buu asfixiado, corto, Buu Buu y un último Buu que los llevo a los dos a la arena (estaban en el sector de las hamacas y toboganes de una plaza añeja y vacía)

         Ahora los dos quedaban recostados sobre la arena y una hora más tarde quedarían sepultados por una noche llena de estrellas terriblemente luminosas ( y que terrible la idea de un ataúd con lamparitas!)

         Pero ellos no estaban muertos, al contrario, encarnaban más que nadie en el mundo las ganas de vivir en la eternidad. Ellos encarnaban la idea del amor que superaba aquellas barreras impuestas por ese piquetero caprichoso llamado Dios.

Ellos eran, ante todo, hermanita y hermanote, eran cuatro ojitos iluminados innecesariamente. Ella misma (la luna) lo sabía: Cuando dos personas comparten su luz, cuando dos personas parecen estrelladas en la tierra y en la arena, no hay planeta ni satélite que pueda llegar a ofrecerles algún servicio divino, ya lo han heredado, naturalmente.  

Poeta azul

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:30
guardado en

Poeta azul

Escribía, el poeta azul,

Recostado sobre la nube de nieve,

En la nebulosa de la muerte inusual,

las memorias ancianas de su vida

Rememorando su estar en el suelo,

Su ventana de ámbar que daba al cielo

Sus memorias fluían,

como cuerpo omnipresente

Hizo monumento al ángel de su madre,

quien derramó la fuerza de la metáfora cándida de su alma

y la puso en su ironía,

en su objeto de gracia,

en su prenda de alma candente.

El poeta azul es ahora una palabra,

una nube escrita en la hoja del cielo,

una estrella en el pizarrón de la noche

Lo que tanto en vida quiso manifestar

Dios le concede su forma,

su flexible pero poderosa prosa

Y su gloriosa libertad ponderada

"Mis memorias, escribía el poeta azul,

serán llevadas a las manos irregulares de mi madre, que aún vive,

aunque siga siendo para mi un ángel guardian y el mañana siempre"

Serán llevadas al niño que perdido está sin su padre.

A la mujer que dejó aquella tarde oscura de nubes que hacían de ascensor

Y la elevación, inicua del destino pero no para el placer de los dioses,

era de hecho un monumento a la realidad, a la máscara con maquillaje vencido

El poeta azul escribe la última oración de sus memorias

pero aún no termina su día, jamás ha terminado

falta que escriba un árbol, un sol, el azul de su cuerpo

y el atuendo de los dioses

Falta que escriba el horizonte de nuevo, la novedad

Y el día blanco y azul llegará pronto, consumiéndose al instante más devoto que el señor le presta para navegar.

No es necesidad sentirse vacío, termina diciendo el Poeta azul, con baldazos de piedra que reemplazan lo que el mar indigesta y su posible éxtasis con plumas de luna

Las mangas de mi bronca

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:25
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Las mangas de mi bronca

esconden los brazos de tu inocencia

Y no me percato, por culpa de mi absurda sagacidad

El cuerpo de mi razón,

se atavía de collares y enormes lunares que atoran el espacio,

la mancha avara de mi templo

La envidia lidia contra la bestia esteparia de mi interior

Bestia que intenta ser bondadosa y remangarse la bronca

Pero las mangas de mi bronca,

negras y remera celeste, piadosa,

esconden el torso de tu vehemencia, que la desorienta

Y vulnerable la deja en riesgo de perderse en las páginas de un sentimiento analfabeto,

en la biblioteca del ciego amor en celo

Y si tus piernas son tan inocentes como tus brazos,

como el incienso de tu tallo,

las mangas de mi bronca son vanas

y no alcanzarán jamás la reputación que le conceda la bestia rancia de mi interior

Y el cuerpo de mi razón

se atavía de collares y lunares enormes que atoran el espacio,

la mancha avara de mi templo 

El anacoreta

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:24
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All thing must pass, G.Harrison

El anacoreta destina su vida a lavar aluvión de penas.

meditación profunda clama y aturde

sobre su astro corazón.


La histeria, anacrónica a los latidos que su sangre enumera,

retira tropas estresadas de pelear en la sombra de su piel.

Y dedica el exordio de la magna carta de purificación

a la victoria de la mente sobre su cadáver de ébano.


La noche esgrime el filo de su serenidad

dividiendo al anacoreta el busto de sus largas piernas de mármol.

Y la garganta del noctámbulo, alfombra la orilla de su alma,

ahogada ya en la profunda meditación.


Pero su muerte es irreversiblemente mejor,

y su condolencia es con el vivo,

con el que no asfixia de ohm su alma,

con el que no confisca sus extremidades


Pálido semblante que se cae de libido.

Como el hielo azufre amarillo,

como la luna blanca hecha de arroz que se ve, aunque está fría y sola,

de júbilo sobre aquel río.


Ah! Pero que tan cálido su interior

vendado con las extensísimas alas del alma ahogada,

quedando inmaculada su imagen de pichón indolente


La misa del nativo

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:24
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En el ying y el yang

soy ventrílocuo, mi sello vanidoso


Mi libertad de alcoba, tradicional, de reliquia,

sin embargo, augura el caos desenfrenado en el ártico del dolor


La extensión del réquiem, es necesaria,

Lluvia de cenizas musicales

funeral que el mundo abarca


Y en su barca mi santo en clave de sol

acompaña la melodía que silban mis penas de adentro hacia fuera.


De mar hacia tierra


Mi canela condimenta la vida sin tierra, sin riqueza

conservando su aroma espiritual

que no compra almas con el oro sucio de un valor intransigente


La misa del nativo, halla en la tierra su lugar.

Y la quimera palpita sangre de Dios


En los rayos, arterias de mi sol

Agua transparente de verde ingrediente

corre por las venas del monte ceremonial


Mi libertad de alcoba, de quimera

haya así su libertad.

 

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Insecto indeleble

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:23
guardado en

Insecto indeleble

Aunque sea insecto indeleble

soy parte del reino animal

De la raza inestable que admira su infame cosmovisión

 

El gospel distrae el olfato de mis antenas atentas y filosas

el reverberar astuto de la plaga de vanguardia luminosa

 

Sobre la superficie del aire gomoso, dudoso y de oscura puridad,

releva también mi cenáculo,

mi jardín orquídeo de sol y de rosas

 

La infamia de la conciencia adulta

invade y desintegra el chupetín del mundo multicolor

Tomado con sus manos sucias dispuestas a maltratar la técnica del cariño,

la expresión con que se manifiesta

la naturaleza agobiada de vida y olor a viento

 

Volaba sobre la comarca de metal y techo esclavizado

Y el éxtasis prodigioso de mi destino,

moría inquieto y rebelde en la paciencia de la estrella más concreta

 

Este es mi desempleado presente

Y veo en retrospectiva, de arriba

Mi futuro ancestral

 

¿Que será de la vainilla limítrofe?

¿Y el atajo a los sueños a través del día,

al cielo de verde mar ermitaño?

 

Volaba sobre el reino animal

Como insecto indeleble de vanguardia

 

La avaricia me reintegra

Cuando compro tierras celestes

Que se sostienen por la gravedad de mi forma de gobernarlas

 

Y veo ciego de lo alto

El narval que nace del mar

Como planta carnívora, filosa

 

Pero la tierra azul no vasta para abastecer al reino animal

Ignorante del arte y del uso del cinturón ecológico

 

El destino es la porción más pequeña que me toca

del postre porvenir

 

Y la esperanza solo quiere ser amamantada por el devenir avaro con que manejo la riqueza de los cielos.

 

 

 

 

El cómic

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:22
guardado en

recostado (yo); Mariano (el doctor), La muerte (la muerte)

 

El mundo se me cae de la mano

Y la vida se ríe a carcajadas

Ni la muerte me ayuda a levantar estas cenizas; salpican poemas editados


Y rodaba el mundo sobre un espacio lavado y planchado

Donde gato y ratón jugaban con el orbe olvidando sus principios antinómicos


La manzana de postre azul

Cortada con el cuchillo de nuestras acciones;

La tierra del árbol rebanado en hojas redondas, deja su dueño al niño colosal


colorearlas o quemarlas en los ratos anónimos y libres


El mundo se nos presenta como un vasto boceto al estilo caricatura


Allá el cielo de púrpura y azul asfixia mis ojos de tormenta y pintura

¡Allá en la noche un hoyo blanco dice llamarse Luna!


El mar, como pulpa de carozo, cuelga elíptico del universo duraznero

Y las montañas, sin pronunciar una palabra, tocan el cielo con la punta de sus gritos, abusando de los recursos que brindan onomatopeyas y mitos


El cómic se vende en los puestos de gestación y se paga con vidas y muertes

Muertes que llegan vidas que se van

si el cómic carece de sentido y gramática


¿Entonces toda la existencia es una revista de colores

opacos y candentes?

Quizá el plan consiste en no irse sin haberlos reconocido


Quizá sea el amor nuestro pincel más sensato a la hora de llenar de sentido las hojas del cómic,

pintar la mirada y el color de corazones dibujados que en algún margen del planeta

están palpitando sensaciones angustiantes


La muerte finalmente levanta al mundo

Más bien su ego; el instante cae con sus manos acuareladas, de grises y barros

El pasado se hace lluvia de cenizas vencidas


Y la vida tentada se ríe a carcajadas

mientras hace malabares con la hipérbole de sueños, años y santos (los más menuditos)


Garabatea la vida, como un niño prodigio; yo me entretengo solo mirándola en mi mamarracho

El lápiz divino me lo va dibujando, sin desprestigiar propuestas para quemar algún día el guión.

 

Sobre el blog

El blog de alesurro

Una manera de esquivar el horror;  imagenes que se han manifestado increiblemente, circulando por los resquicios de la realidad, imagenes que debieron pertenecer al dolor de un pasado que no se ha consumado sino en la eternidad rompiente, donde los fantasmas tienen el privilegio de vivir orgullosos mostrando sus heridas mortales. Una manera de esquivar el horror, las presencias inhóspitas. Escribir es algo así como taparme los ojos; es un juego para esquivar mis propios fantasmas, fantasmas de palabras; es una paradoja, porque a medida que los voy generando, voy seduciendo a mis ojos para que fuguen hacia dentro, se escondan de sus propios horrores (que no precisamente tienen que carecer de belleza).

Y así mis manos se vuelven omniscientes, porque al mismo tiempo que me cubren de ellos, los crean sin cesar, los adoran y los visten una y otra vez, como si fueran angelitos a los que hay que cuidar y hacerles infusión de tinta.

 

Todas las obras están legalizadas en Dirección Nacional del Derecho de Autor

 

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