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El anacoreta

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:24
guardado en

All thing must pass, G.Harrison

El anacoreta destina su vida a lavar aluvión de penas.

meditación profunda clama y aturde

sobre su astro corazón.


La histeria, anacrónica a los latidos que su sangre enumera,

retira tropas estresadas de pelear en la sombra de su piel.

Y dedica el exordio de la magna carta de purificación

a la victoria de la mente sobre su cadáver de ébano.


La noche esgrime el filo de su serenidad

dividiendo al anacoreta el busto de sus largas piernas de mármol.

Y la garganta del noctámbulo, alfombra la orilla de su alma,

ahogada ya en la profunda meditación.


Pero su muerte es irreversiblemente mejor,

y su condolencia es con el vivo,

con el que no asfixia de ohm su alma,

con el que no confisca sus extremidades


Pálido semblante que se cae de libido.

Como el hielo azufre amarillo,

como la luna blanca hecha de arroz que se ve, aunque está fría y sola,

de júbilo sobre aquel río.


Ah! Pero que tan cálido su interior

vendado con las extensísimas alas del alma ahogada,

quedando inmaculada su imagen de pichón indolente


La misa del nativo

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:24
guardado en

 

En el ying y el yang

soy ventrílocuo, mi sello vanidoso


Mi libertad de alcoba, tradicional, de reliquia,

sin embargo, augura el caos desenfrenado en el ártico del dolor


La extensión del réquiem, es necesaria,

Lluvia de cenizas musicales

funeral que el mundo abarca


Y en su barca mi santo en clave de sol

acompaña la melodía que silban mis penas de adentro hacia fuera.


De mar hacia tierra


Mi canela condimenta la vida sin tierra, sin riqueza

conservando su aroma espiritual

que no compra almas con el oro sucio de un valor intransigente


La misa del nativo, halla en la tierra su lugar.

Y la quimera palpita sangre de Dios


En los rayos, arterias de mi sol

Agua transparente de verde ingrediente

corre por las venas del monte ceremonial


Mi libertad de alcoba, de quimera

haya así su libertad.

 

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Insecto indeleble

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:23
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Insecto indeleble

Aunque sea insecto indeleble

soy parte del reino animal

De la raza inestable que admira su infame cosmovisión

 

El gospel distrae el olfato de mis antenas atentas y filosas

el reverberar astuto de la plaga de vanguardia luminosa

 

Sobre la superficie del aire gomoso, dudoso y de oscura puridad,

releva también mi cenáculo,

mi jardín orquídeo de sol y de rosas

 

La infamia de la conciencia adulta

invade y desintegra el chupetín del mundo multicolor

Tomado con sus manos sucias dispuestas a maltratar la técnica del cariño,

la expresión con que se manifiesta

la naturaleza agobiada de vida y olor a viento

 

Volaba sobre la comarca de metal y techo esclavizado

Y el éxtasis prodigioso de mi destino,

moría inquieto y rebelde en la paciencia de la estrella más concreta

 

Este es mi desempleado presente

Y veo en retrospectiva, de arriba

Mi futuro ancestral

 

¿Que será de la vainilla limítrofe?

¿Y el atajo a los sueños a través del día,

al cielo de verde mar ermitaño?

 

Volaba sobre el reino animal

Como insecto indeleble de vanguardia

 

La avaricia me reintegra

Cuando compro tierras celestes

Que se sostienen por la gravedad de mi forma de gobernarlas

 

Y veo ciego de lo alto

El narval que nace del mar

Como planta carnívora, filosa

 

Pero la tierra azul no vasta para abastecer al reino animal

Ignorante del arte y del uso del cinturón ecológico

 

El destino es la porción más pequeña que me toca

del postre porvenir

 

Y la esperanza solo quiere ser amamantada por el devenir avaro con que manejo la riqueza de los cielos.

 

 

 

 

El cómic

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:22
guardado en

recostado (yo); Mariano (el doctor), La muerte (la muerte)

 

El mundo se me cae de la mano

Y la vida se ríe a carcajadas

Ni la muerte me ayuda a levantar estas cenizas; salpican poemas editados


Y rodaba el mundo sobre un espacio lavado y planchado

Donde gato y ratón jugaban con el orbe olvidando sus principios antinómicos


La manzana de postre azul

Cortada con el cuchillo de nuestras acciones;

La tierra del árbol rebanado en hojas redondas, deja su dueño al niño colosal


colorearlas o quemarlas en los ratos anónimos y libres


El mundo se nos presenta como un vasto boceto al estilo caricatura


Allá el cielo de púrpura y azul asfixia mis ojos de tormenta y pintura

¡Allá en la noche un hoyo blanco dice llamarse Luna!


El mar, como pulpa de carozo, cuelga elíptico del universo duraznero

Y las montañas, sin pronunciar una palabra, tocan el cielo con la punta de sus gritos, abusando de los recursos que brindan onomatopeyas y mitos


El cómic se vende en los puestos de gestación y se paga con vidas y muertes

Muertes que llegan vidas que se van

si el cómic carece de sentido y gramática


¿Entonces toda la existencia es una revista de colores

opacos y candentes?

Quizá el plan consiste en no irse sin haberlos reconocido


Quizá sea el amor nuestro pincel más sensato a la hora de llenar de sentido las hojas del cómic,

pintar la mirada y el color de corazones dibujados que en algún margen del planeta

están palpitando sensaciones angustiantes


La muerte finalmente levanta al mundo

Más bien su ego; el instante cae con sus manos acuareladas, de grises y barros

El pasado se hace lluvia de cenizas vencidas


Y la vida tentada se ríe a carcajadas

mientras hace malabares con la hipérbole de sueños, años y santos (los más menuditos)


Garabatea la vida, como un niño prodigio; yo me entretengo solo mirándola en mi mamarracho

El lápiz divino me lo va dibujando, sin desprestigiar propuestas para quemar algún día el guión.

 

En diez días

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:14
guardado en

En diez días

 

Mujer orgullosa en el podestá

Del tobogán bajan sueños eternos, pero niños

Que nunca conseguirán la inmortalidad siendo grandes y dioses

 

Me es ajeno dormirme sin leer un fragmento de luna

En diez días la mujer retornará a la clase ingrata de la realidad, de la cuna

 

Me es ajeno querer siempre olvidar

Cuando vague la pregunta si responder todo lo abarca

 

Y si plasmo sobre todo el acontecer

Mis manos superan el arte que pueda llegar a lograr

 

Diez días le basta al cielo para darse cuenta que trama el amor

En diez días la noche hizo de ellos un cuento susceptible

 

El arpa supuesto que almacena su melodía

en la escasa pretensión de la joven vida en aprender

 

Lloramos cada día por el secuestro de un rumor

Un rumor que causa terror en la intención que tiene de ser creído

La melancolía solloza, su fiel amiga la alegría se ofende y se marcha, ofertándose con las amargas especias sembradas al divino dolor

 

¿Cuanto costará el retorno hacia los sueños eternos?

Aunque aún sigan varados en el tiempo merodeador

A nadie se parecen si bien trate de ver en ellos razón alguna

para llevarlos de vuelta a su lugar de origen fantástico

 

En diez días la magia fue hechizada por el descubrimiento

El menor de mis lunares desafiado por el inmenso sol de tu alma

 

Consecuencia es siempre esperar a tener paciencia

Porque la causa injusta no espera nunca el poder de la ansiedad

Y tu alma presencia el prolijo mamarracho de obedecer siempre la envidia pretenciosa

 

En diez días fui el hijo de un hijo romántico,

que a la luna adoptó como hermana

y a cada estrella ofreció la palma, el dedo y un anillo

uniendo padre y madre en un solo matrimonio eterno

 

En diez días amanecí sofocado por el orgullo de pertenecer al presente

Y la mujer en el podestá, con su ruleta de siglos,

sacaba siempre el número pasado de moda

 

En diez días no hay poder que adopte forma de mundo

Y la foto que me había sacado con él

se guardaba en el cajón de los viejos prestigios,

recuerdos que al llover estropeaban el aposento de mi juventud

 

En diez días todos eran años

y nadie era el reflejo eterno del tiempo y el azar.

 

Diez días que parecen tener el ancho de la eternidad

y el largo de los sueños

 

 

 

Una princesita en el jardín de mis pensamientos

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:11
guardado en

"Son" J.M

Una princesita en el jardín de mis pensamientos,

Se pasea de aquí para allá dejando una estela indeleble de alegría y pomposa elegancia

Va pegando saltitos con sus zapatitos color salmón.

¡Con que claridad veo su magia divina en la belleza de su rostro!

Y en la virtud para manejar una paleta de profundos hechizos que vienen a parar a semejante lienzo como es el alma

 Y con increíble talento que estremece a los corazones más sensibles, aprende a trasladar su castillito a los sueños; y de los sueños a la realidad; y de la realidad de vuelta a mis pensamientos, donde todo parece más chico y corroído por los recuerdos (como apretujado por sensaciones incoloras)

 Pero la princesita, con sus zapatitos color salmón, se pasea de aquí para allá dejando una estela indeleble de alegría y pomposa elegancia

 Y no sólo se divierte por mera intención de pasar la inevitable desgracia del tiempo, sino que termina siendo guardiana y protectora de mi pequeño jardincito. Lo decora, lo florece y le da un aura de realismo poético con su inevitable presencia.

 En este momento, ya se ha hecho de noche. Las estrellas parecen haber llegado todas juntas a una función nueva que se estrena en un cine medio abandonado de mi jardincito

 Y la princesita, que no acostumbra a perderse ninguna película interesante, me llama a los gritos con señales y descuentos en mano.

 Y como si fuera una parodia humana, donde realidad y sueños se confunden, nos envolvemos en celuloide, posando las miradas en un cielo que cuenta una historia y las nubes que pasan sin dejar efectos especiales.

 Una princesita en el jardín de mis pensamientos...

La habitación

por Alejandro
martes, 30 de septiembre del 2008 a las 07:57
guardado en

Se abrió la puerta, antes, una verja con rasgos de cristal congelado. Adentro, una sola cama, diferente a las que hay en otras casas; sabana de madera, almohada preexistente y una frase en el techo muy ambigua, como si estuviera cosida con barro de sangre. Paredes que se mueven porque al viento veleidoso a veces le gusta entrar por la cerradura. No se aceptan llaves pero tampoco tiene un timbre que la defienda (a la puerta). Cuando llaman usan el mecanismo más primitivo de todos, el de la violencia, el puño apático que desconfía de todos (sobre todo del abdomen)

         Entonces adentro, uno, sin pisar esa línea que transfiere la mala suerte y la desdicha pasajera pero desdicha al fin, uno se termina acostando y eso es una buena suerte por ejemplo no puede haber otro, esto es lo más apropiado cuando se habla de hostilidades frente a las horas en que se vive con el sueño en la mochila hasta llegar a la escuela (una especie de lugar incubado donde por fin se puede abrir el morral y estudiar las lecciones de un director improvisado).

         Olvidemos que haya estufa, vasta con una pequeña fogata y un lienzo horrible para incrementar la intensidad del calor. Olvidemos que haya radio, televisión o alguna ventana desaparecida, con persianas que recortan el sol en tiritas. Y ahora recordemos (es mejor), todos habían salido un rato antes de mi problema con la sociedad, con las piernas de las sociedad. La frase en el techo me sirvió para no olvidarlo (es peor) y cuando me había despabilado fui corriendo en busca de alguna sensación denominada cualquiera. Yo entré y ellos salieron, yo salí y ellos entraron. Todos usaban la habitación pero siempre de esta forma; era como llamando con el grito a la creación de una regla inamovible. Así nadie tenía que escapar de nadie, el recurso consistía en ocultarse sin ser ocultado, ocultarse de la tan refinada desgracia que se conoce con el nombre de compañía involuntaria; personas que no se soportan y se visten en la misma habitación.

         Como tampoco había mesas ni sillas, me paré en la cama para ver más de cerca el mensaje escrito en el techo. Lo primero que descubrí no tiene arreglo, tampoco tiene que ver con la ambigüedad (pido disculpas por haber creído y escrito lo contrario), además no estaba cosida sino escrita y no era de sangre sino de vino, tampoco era de barro. Utilizaron, lo confirmo en este momento, la punta de las uñas y no tuvieron que usar escaleras porque al techo se llega fácil con subirse a la cama con decisión.

         Pero lo que diga no importa mucho (lo que diga o lo que diga el mensaje) no importa, hay que considerar solamente la palabra de la habitación en su conjunto. Porque la mayoría aquí significa ser una habitación y qué dice la mayoría? por supuesto que nada, está vacía (al menos cuando yo entro) es una parte de algo que se debería llamar hogar pero no está. Uno sale y entra de la habitación y queda fuera o dentro de ella, nunca dentro de una casa.

         Hay un puente, esto es interesante, hay un puente. Sirve para mantener el equilibrio y llegar a cualquier lugar que no sea una habitación, ésta, por más simple y pobre que parezca, es lo único que se diferencia y lo que se puede encontrar del otro lado del puente; del otro lado del puente siempre está la habitación (siempre la misma) Después de todo se puede pensar en cierto tipo de unión inevitable. Uno siempre busca algo y siempre hay un camino inevitable hacia lo que busca, recomiendan atravesar el que se debería evitar porque dicen que luego lo buscado se hace inevitablemente propio.

         Una vez teníamos una casa, casualmente no tenía ninguna habitación pero su poder, el corazón unido a la presencia de una sola pared que hacía de piso (el techo era de madera) tenía serias palpitaciones de ser considerada otra habitación, iluminada seguramente con otras características, por supuesto, una ventana que aparecía en el fondo, detrás de un colchón recubierto con una sabana blanca revestida de una pompa lujosa amarilla mentirosa y desparramada por todo el piso.

         La casa se fue haciendo con el tiempo simple servidora de la providencia, que más se puede pedir. Y nuestro orgullo dilatado; pertenecíamos todos a ella, que más se puede pedir. Un puente, claro, pero fabricado sobre la superficie, sin complicaciones que puedan traer mareos. Rápidamente se convirtió en una señal, no tenía sentido, nunca lo tuvo llamarlo puente. Lo único que había de altura tenía que ver con lo ontológico, con lo que veíamos de la cabeza hacia los pies y lo que no veíamos del cielo a la cabeza. Esa señal nos fue de mucha utilidad y resistimos a la tentación de robarla con el olvido. Al año siguiente todos habían encontrado su propio camino y la casa fue vendida a un grupo de personas nuevas con ganas de empezar una vida vieja.

         Señora Simona (que decía mirar del cielo a la cabeza) regresó aquel año preocupada, adonde quedaba su pueblo, pero lo tuvo que imaginar, lo tuvo que compartir solo con sus pensamientos porque al llegar, cenizas en todos lados, neblina rellena, un poste de luz vencida, una estatua de alguien que había ganado el loto y una habitación, una sola habitación, no la suya, pero que pronto lo iba a ser, porque no decidió regresar, ya había regresado bastante, cómo era posible seguir regresando!; una vida para regresar a tiempo. Además la señora, muy acostumbrada, letargo anunciado por el acontecer sincero del transcurso constante, días más uno, más otro y más un montón, como caramelos de la rutina que luego de una sencilla digestión se vuelven recuerdos obsoletos, cuando nadie ya se los quiere escuchar y tiene que inventar nuevos, adaptarlos a las circunstancias del nuevo tiempo.

         Esa habitación, es adentro, esa cama con sabana de madera, es a través de la verja de cristal ahora galvanizado, esa puerta que se abre (aunque esté la necesidad de usar antes el puño), habitación que ya describí antes, que fue hogar, que fue cuadra, que fue manzana, que fue pueblo y que ahora es una habitación cualquiera, con una frase insignificante en el techo y una cerradura que no lleva llave; esa habitación tiene nuevo dueño y puede volver a ser considerada una propiedad, algo con gente aunque, también hay que decir que falta lo necesario para no sufrir tanto (o para sufrir demasiado) y es el hecho de que ya no va ser posible entrar un poco antes de que todos hayan salido, porque ya nadie sale, nadie entra, nadie oye, nadie mira, nadie piensa, y esto se volvió una costumbre que da para hablarlo con alguien.

Luci en el cielo buscando los diamantes

por Alejandro
viernes, 05 de septiembre del 2008 a las 21:14

Luci en el cielo buscando los diamantes

En principio los diamantes estarían abajo, en el subsuelo. Ahí los tienen a todos juntos apilados por color y ordenados alfabéticamente, como si estuvieran copiando el modelo de la mente de un hombre superdotado que está dispuesto a responder todo lo que le pregunten.

         -¿Cómo? -dijo Luci-, cuando la mujer de los cafecitos especiales le terminaba de contar una de las tantas leyendas sobre el paradero de los diamantes.

         -O puede ser que sea más que nada simbólico -respondió la mujer- garantizándole que habría tantas respuestas diferentes como "comos" salieran de la boca de una Luci cada vez más interesada pero menos complaciente con esta señora

         -Vos construís un camino de vida, yo también. Mirá, todos estos profesores y estudiantes que pasan alrededor de nosotras también. Es que está en cada uno si el camino lo va a hacer de baldosas o de diamantes

         -Pero también eso depende de las posibilidades de cada uno -aludió Luci- No se puede construir nada sin antes llenar tu panza con comida, sin antes tener la posibilidad y el acceso al conocimiento y a la educación, sin antes haber tenido una infancia, y hablo de al menos una, o no conocés esas historias de chicos que mueren abandonados o que los tienen como si fueran proyecciones del odio que encarnan sus mismos padres. Debería usted bajar un poco a tierra, acá viven todos como en una nube.

         Luci se apartó de la señora, bajó la escalera principal y luego giró a su izquierda, saliendo al patio. Desde aquí el cielo se veía mejor, más celeste y brillante, como si fuera el gran diamante pegado al techo del propio cielo, que a decir verdad éste no tenía techo ni suelo, ni escalera, ni oficinas, ni mesitas, ni aulas, ni baños, ni secretarías, ni bares, ni paredes, ni puertas; o si igualmente los poseía daba la sensación de un pretérito e inevitable desmoronamiento.

         -Es como si un día ves que el cielo se está cayendo. -Le dijo a Luci un niño que acostumbraba pedir monedas por las aulas y pasillos-

         -¿Me leíste la mente? -Preguntó Luci mientras le ponía sus dos manos encima de su cabecita-

         -Acá tenemos una bandera que es como un diamante gigante y es de todos. Si la colocamos en el suelo parece una balsa de diamante. Ahora compráme una tarjetita Luci, no seas mala. Mirá esta de Winnie, en la tierra lo conocen bien; mis amiguitos lo ven por algo que dicen llamar televisión.

         Luci le dio un par de monedas que guardaba en su bolsillo derecho. Tomó la pequeña tarjetita y el niño salió corriendo, perdiéndose en los vastos campos del brillo que iluminaba el patio

         Las dudas de Luci crecían, aunque también era conciente de todo lo que le decían. "Es como que me lo están contando de otra manera" "Yo sigo pensando que merecemos más atención" "Al cielo le falta presupuesto"

         Luci entraba en un mar de reflexiones convertidas al instante en ilusiones; olas de ilusiones por ver un cielo más hermoso, un cielo con el tiempo mejor distribuido (acá el tiempo parecía una abstracción apretujada que hacía pensar en un ser diabólico y caprichoso) Por suerte estaba la bandera ¡Y que mar tan saludable para estar más consigo mismo! Para estar al tanto de todo y ver como saltaban los peces más subversivos con el propósito de demostrarle a los demás pececitos que se puede llegar aún más alto, que se puede vivir sin agua en los ojos y ahogarse pero en el aire, por una causa tan justa como la lucha por salir de una buena vez a flote.

         Luci volvía de un sueño profundo, ahora ya no estaba en el patio y un ruido de tormenta pregonaba una tarde lluviosa, como para quedarse cursando alguna materia interesante. Y es lo que ocurrió; con todos los alumnos de frente a la ventana y el profesor dando explicaciones de lo que pasaba en el cielo cuando al cielo de arriba se le daba por llover (pensaba Luci ahora en una escalera de cielos más que una escalera al cielo)

         -Se inunda, así de simple. Tenés que entrar dando zancadas, esquivando los charquitos que se forman y pobres los Hippies que venden en la puerta del cielo, que tienen que salir disparando a la puerta de otro cielo sin nubes oscuras.

         Luci levantó la mano y preguntó algo sobre la trascendencia de estos hechos tan impredecibles.

         -En primer lugar yo soy un profesor impredecible Luci. -respondió éste- Nadie sabe lo que ahora pueda llegar a decir, ni siquiera yo mismo lo se; el cielo está cargado de esta sabiduría misteriosa, se respira en el aire. Es un poco de agua simplemente. Bueno ahora den vuelta los bancos que volvemos al pizarrón. ¿No están sus ojos ya cansados de tanto girar? -Noooo -Gritaron todos al unísono-

         -Así me gusta, -respondió el hombre-  que tenía los bigotes como helechos y un color en la cara tirando al carmesí

         -Los ojos -continuó- no deberían perderse de nada de lo que está sucediendo, hoy en día suceden demasiadas cosas, deberíamos tener más de dos, eso es cierto, no hay ninguna duda de ello; pero algunos parecen ni siquiera usar los dos que les vienen de regalo, los demás hay que ganárselos y ¿cómo? Nutriendo nuestra necesidad de querer ver más allá de la ventana, o más allá del pizarrón. Salir a la calle. ¿No sabían que afuera  del cielo hay calles y que son tan importantes como el propio cielo?

         Un hombre que estaba sentado al lado de Luci levantó las manos subiendo también sus lentes con una de ellas.

         -En la calle perdí la vida. ¡Qué lugar mejor para perder la vida! Entusiasmado estaba el hombre, como exacerbado; su voz sonó melodiosa pero brutal y gastada. Luci lo reconoció en seguida: era John Lennon.

         -Claro, dijo el profesor; la calle es parte de nuestro cielo, hasta diría que es más importante y peligrosa. Los viajes se hacen por la calle y en los viajes se consiguen las miradas y los ojos que guardaremos junto a nosotros. No hay que depender siempre de cierta ignorancia que se propaga por todos lados; todos tenemos nuestras limitaciones, sin duda; pero el objetivo de la vida no es más que achicar el tamaño de tales limitaciones y eso se hace, irónicamente, abriendo más aún los ojos. Cuanto más los abres, más achicas tus limitaciones.

         ¿Hay alguien que tenga alguna duda de lo que digo? (como haciéndose la pregunta para él mismo) para nada, estamos acá porque queremos, queremos un cielo mejor, sin duda, pero hay que salir a buscarlo. Nuestras manos ya alcanzaron  el cielo, por el hecho de que sus vidas, cada una de ellas, han tomado la decisión de estar hoy acá y no en otro lugar que no les sea útil para que progresen como personas. Estudiar es un trabajo y la recompensa es inmensa. -Mientras decía esto último, comenzó a dibujar una especie de diamante en el pizarrón-

         Luci se enfrentaba una vez más con las tantas alusiones sobre la complejidad de comprender a qué se hacía referencia cuando se ponía en cuestión el concepto de diamante. Ella se mostraba confusa desde aquel momento en que le había dicho a la mujer de los cafecitos especiales que todos debían bajar un poco más a tierra. Llevaba una especie de sensación de vulnerabilidad frente al hecho de no poder satisfacer los deseos de tener la mejor respuesta ante sus dudas. ¿La mejor respuesta, era, pues, que el diamante al fin y al cabo era un objeto totalmente capitalista, un objeto concreto y ostentoso con el que se empachan los cogotes y cajones? ¿Un mineral que no precisamente se vende para verlo luego quemándose bajo una parrilla?

         Y se lo preguntó nomás a su profesor. Éste le hizo recordar que ella estaba en el cielo y que si bien también aquí había  segmentaciones políticas, intereses y clases sociales, ésta piedra preciosa no crecía de la tierra. Esto no hizo más que aumentar la confusión de Luci, puesto que esta afirmación sería el final de su búsqueda. Todo lo que había buscado en su vida era parte de la tierra, el arraigo y la felicidad por el simple acto de caminar sobre ella.

         -En el cielo, Luci, el diamante no existe, porque no tiene una madre que lo pueda dar a luz, no tiene padre ni abuelo ni tío ni Dios que lo ponga en venta en una vidriera, cuando ya se va haciendo adolescente y tiene que enfrentar su destino. En el cielo Luci, el diamante es un ser enterrado en la conciencia del nostálgico que creía ver en él no un signo de riqueza monetaria, sino de riqueza espiritual, y que por ello el cielo, en homenaje, los ha creado a imagen del libro y semejanza de la sabiduría.

         La estadía de Luci por el cielo terminaba muy de noche. Antes de irse se miró en el espejo del baño del primer piso. Contó los ojos y eran más de dos. Sus dos ojos se reflejaban en los del espejo con cierto brillo incandescente y prístino, que también hizo iluminar una leve sonrisa interior.

         Las cosas que Luci vivía en el cielo tenían su propio lenguaje y desde la más pequeña fotocopiadora hasta las palomas que se posaban en la puerta del cielo, pasando por el pasillo de los departamentos y los puestos de libreros, todo aquello era símbolo de sostén y de colgarse de un cielo que flotaba en la penumbra de una calle corta y desconocida, donde todo se sostenía en el aire y las personas y las banderas eran inciensos de un sahumerio que algún bello ser mantenía prendido allá abajo en la tierra.

Sobre el blog

El blog de alesurro

Una manera de esquivar el horror;  imagenes que se han manifestado increiblemente, circulando por los resquicios de la realidad, imagenes que debieron pertenecer al dolor de un pasado que no se ha consumado sino en la eternidad rompiente, donde los fantasmas tienen el privilegio de vivir orgullosos mostrando sus heridas mortales. Una manera de esquivar el horror, las presencias inhóspitas. Escribir es algo así como taparme los ojos; es un juego para esquivar mis propios fantasmas, fantasmas de palabras; es una paradoja, porque a medida que los voy generando, voy seduciendo a mis ojos para que fuguen hacia dentro, se escondan de sus propios horrores (que no precisamente tienen que carecer de belleza).

Y así mis manos se vuelven omniscientes, porque al mismo tiempo que me cubren de ellos, los crean sin cesar, los adoran y los visten una y otra vez, como si fueran angelitos a los que hay que cuidar y hacerles infusión de tinta.

 

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