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En diez días

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:14
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En diez días

 

Mujer orgullosa en el podestá

Del tobogán bajan sueños eternos, pero niños

Que nunca conseguirán la inmortalidad siendo grandes y dioses

 

Me es ajeno dormirme sin leer un fragmento de luna

En diez días la mujer retornará a la clase ingrata de la realidad, de la cuna

 

Me es ajeno querer siempre olvidar

Cuando vague la pregunta si responder todo lo abarca

 

Y si plasmo sobre todo el acontecer

Mis manos superan el arte que pueda llegar a lograr

 

Diez días le basta al cielo para darse cuenta que trama el amor

En diez días la noche hizo de ellos un cuento susceptible

 

El arpa supuesto que almacena su melodía

en la escasa pretensión de la joven vida en aprender

 

Lloramos cada día por el secuestro de un rumor

Un rumor que causa terror en la intención que tiene de ser creído

La melancolía solloza, su fiel amiga la alegría se ofende y se marcha, ofertándose con las amargas especias sembradas al divino dolor

 

¿Cuanto costará el retorno hacia los sueños eternos?

Aunque aún sigan varados en el tiempo merodeador

A nadie se parecen si bien trate de ver en ellos razón alguna

para llevarlos de vuelta a su lugar de origen fantástico

 

En diez días la magia fue hechizada por el descubrimiento

El menor de mis lunares desafiado por el inmenso sol de tu alma

 

Consecuencia es siempre esperar a tener paciencia

Porque la causa injusta no espera nunca el poder de la ansiedad

Y tu alma presencia el prolijo mamarracho de obedecer siempre la envidia pretenciosa

 

En diez días fui el hijo de un hijo romántico,

que a la luna adoptó como hermana

y a cada estrella ofreció la palma, el dedo y un anillo

uniendo padre y madre en un solo matrimonio eterno

 

En diez días amanecí sofocado por el orgullo de pertenecer al presente

Y la mujer en el podestá, con su ruleta de siglos,

sacaba siempre el número pasado de moda

 

En diez días no hay poder que adopte forma de mundo

Y la foto que me había sacado con él

se guardaba en el cajón de los viejos prestigios,

recuerdos que al llover estropeaban el aposento de mi juventud

 

En diez días todos eran años

y nadie era el reflejo eterno del tiempo y el azar.

 

Diez días que parecen tener el ancho de la eternidad

y el largo de los sueños

 

 

 

Una princesita en el jardín de mis pensamientos

por Alejandro
lunes, 10 de noviembre del 2008 a las 03:11
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"Son" J.M

Una princesita en el jardín de mis pensamientos,

Se pasea de aquí para allá dejando una estela indeleble de alegría y pomposa elegancia

Va pegando saltitos con sus zapatitos color salmón.

¡Con que claridad veo su magia divina en la belleza de su rostro!

Y en la virtud para manejar una paleta de profundos hechizos que vienen a parar a semejante lienzo como es el alma

 Y con increíble talento que estremece a los corazones más sensibles, aprende a trasladar su castillito a los sueños; y de los sueños a la realidad; y de la realidad de vuelta a mis pensamientos, donde todo parece más chico y corroído por los recuerdos (como apretujado por sensaciones incoloras)

 Pero la princesita, con sus zapatitos color salmón, se pasea de aquí para allá dejando una estela indeleble de alegría y pomposa elegancia

 Y no sólo se divierte por mera intención de pasar la inevitable desgracia del tiempo, sino que termina siendo guardiana y protectora de mi pequeño jardincito. Lo decora, lo florece y le da un aura de realismo poético con su inevitable presencia.

 En este momento, ya se ha hecho de noche. Las estrellas parecen haber llegado todas juntas a una función nueva que se estrena en un cine medio abandonado de mi jardincito

 Y la princesita, que no acostumbra a perderse ninguna película interesante, me llama a los gritos con señales y descuentos en mano.

 Y como si fuera una parodia humana, donde realidad y sueños se confunden, nos envolvemos en celuloide, posando las miradas en un cielo que cuenta una historia y las nubes que pasan sin dejar efectos especiales.

 Una princesita en el jardín de mis pensamientos...

La habitación

por Alejandro
martes, 30 de septiembre del 2008 a las 07:57
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Se abrió la puerta, antes, una verja con rasgos de cristal congelado. Adentro, una sola cama, diferente a las que hay en otras casas; sabana de madera, almohada preexistente y una frase en el techo muy ambigua, como si estuviera cosida con barro de sangre. Paredes que se mueven porque al viento veleidoso a veces le gusta entrar por la cerradura. No se aceptan llaves pero tampoco tiene un timbre que la defienda (a la puerta). Cuando llaman usan el mecanismo más primitivo de todos, el de la violencia, el puño apático que desconfía de todos (sobre todo del abdomen)

         Entonces adentro, uno, sin pisar esa línea que transfiere la mala suerte y la desdicha pasajera pero desdicha al fin, uno se termina acostando y eso es una buena suerte por ejemplo no puede haber otro, esto es lo más apropiado cuando se habla de hostilidades frente a las horas en que se vive con el sueño en la mochila hasta llegar a la escuela (una especie de lugar incubado donde por fin se puede abrir el morral y estudiar las lecciones de un director improvisado).

         Olvidemos que haya estufa, vasta con una pequeña fogata y un lienzo horrible para incrementar la intensidad del calor. Olvidemos que haya radio, televisión o alguna ventana desaparecida, con persianas que recortan el sol en tiritas. Y ahora recordemos (es mejor), todos habían salido un rato antes de mi problema con la sociedad, con las piernas de las sociedad. La frase en el techo me sirvió para no olvidarlo (es peor) y cuando me había despabilado fui corriendo en busca de alguna sensación denominada cualquiera. Yo entré y ellos salieron, yo salí y ellos entraron. Todos usaban la habitación pero siempre de esta forma; era como llamando con el grito a la creación de una regla inamovible. Así nadie tenía que escapar de nadie, el recurso consistía en ocultarse sin ser ocultado, ocultarse de la tan refinada desgracia que se conoce con el nombre de compañía involuntaria; personas que no se soportan y se visten en la misma habitación.

         Como tampoco había mesas ni sillas, me paré en la cama para ver más de cerca el mensaje escrito en el techo. Lo primero que descubrí no tiene arreglo, tampoco tiene que ver con la ambigüedad (pido disculpas por haber creído y escrito lo contrario), además no estaba cosida sino escrita y no era de sangre sino de vino, tampoco era de barro. Utilizaron, lo confirmo en este momento, la punta de las uñas y no tuvieron que usar escaleras porque al techo se llega fácil con subirse a la cama con decisión.

         Pero lo que diga no importa mucho (lo que diga o lo que diga el mensaje) no importa, hay que considerar solamente la palabra de la habitación en su conjunto. Porque la mayoría aquí significa ser una habitación y qué dice la mayoría? por supuesto que nada, está vacía (al menos cuando yo entro) es una parte de algo que se debería llamar hogar pero no está. Uno sale y entra de la habitación y queda fuera o dentro de ella, nunca dentro de una casa.

         Hay un puente, esto es interesante, hay un puente. Sirve para mantener el equilibrio y llegar a cualquier lugar que no sea una habitación, ésta, por más simple y pobre que parezca, es lo único que se diferencia y lo que se puede encontrar del otro lado del puente; del otro lado del puente siempre está la habitación (siempre la misma) Después de todo se puede pensar en cierto tipo de unión inevitable. Uno siempre busca algo y siempre hay un camino inevitable hacia lo que busca, recomiendan atravesar el que se debería evitar porque dicen que luego lo buscado se hace inevitablemente propio.

         Una vez teníamos una casa, casualmente no tenía ninguna habitación pero su poder, el corazón unido a la presencia de una sola pared que hacía de piso (el techo era de madera) tenía serias palpitaciones de ser considerada otra habitación, iluminada seguramente con otras características, por supuesto, una ventana que aparecía en el fondo, detrás de un colchón recubierto con una sabana blanca revestida de una pompa lujosa amarilla mentirosa y desparramada por todo el piso.

         La casa se fue haciendo con el tiempo simple servidora de la providencia, que más se puede pedir. Y nuestro orgullo dilatado; pertenecíamos todos a ella, que más se puede pedir. Un puente, claro, pero fabricado sobre la superficie, sin complicaciones que puedan traer mareos. Rápidamente se convirtió en una señal, no tenía sentido, nunca lo tuvo llamarlo puente. Lo único que había de altura tenía que ver con lo ontológico, con lo que veíamos de la cabeza hacia los pies y lo que no veíamos del cielo a la cabeza. Esa señal nos fue de mucha utilidad y resistimos a la tentación de robarla con el olvido. Al año siguiente todos habían encontrado su propio camino y la casa fue vendida a un grupo de personas nuevas con ganas de empezar una vida vieja.

         Señora Simona (que decía mirar del cielo a la cabeza) regresó aquel año preocupada, adonde quedaba su pueblo, pero lo tuvo que imaginar, lo tuvo que compartir solo con sus pensamientos porque al llegar, cenizas en todos lados, neblina rellena, un poste de luz vencida, una estatua de alguien que había ganado el loto y una habitación, una sola habitación, no la suya, pero que pronto lo iba a ser, porque no decidió regresar, ya había regresado bastante, cómo era posible seguir regresando!; una vida para regresar a tiempo. Además la señora, muy acostumbrada, letargo anunciado por el acontecer sincero del transcurso constante, días más uno, más otro y más un montón, como caramelos de la rutina que luego de una sencilla digestión se vuelven recuerdos obsoletos, cuando nadie ya se los quiere escuchar y tiene que inventar nuevos, adaptarlos a las circunstancias del nuevo tiempo.

         Esa habitación, es adentro, esa cama con sabana de madera, es a través de la verja de cristal ahora galvanizado, esa puerta que se abre (aunque esté la necesidad de usar antes el puño), habitación que ya describí antes, que fue hogar, que fue cuadra, que fue manzana, que fue pueblo y que ahora es una habitación cualquiera, con una frase insignificante en el techo y una cerradura que no lleva llave; esa habitación tiene nuevo dueño y puede volver a ser considerada una propiedad, algo con gente aunque, también hay que decir que falta lo necesario para no sufrir tanto (o para sufrir demasiado) y es el hecho de que ya no va ser posible entrar un poco antes de que todos hayan salido, porque ya nadie sale, nadie entra, nadie oye, nadie mira, nadie piensa, y esto se volvió una costumbre que da para hablarlo con alguien.

Luci en el cielo buscando los diamantes

por Alejandro
viernes, 05 de septiembre del 2008 a las 21:14

Luci en el cielo buscando los diamantes

En principio los diamantes estarían abajo, en el subsuelo. Ahí los tienen a todos juntos apilados por color y ordenados alfabéticamente, como si estuvieran copiando el modelo de la mente de un hombre superdotado que está dispuesto a responder todo lo que le pregunten.

         -¿Cómo? -dijo Luci-, cuando la mujer de los cafecitos especiales le terminaba de contar una de las tantas leyendas sobre el paradero de los diamantes.

         -O puede ser que sea más que nada simbólico -respondió la mujer- garantizándole que habría tantas respuestas diferentes como "comos" salieran de la boca de una Luci cada vez más interesada pero menos complaciente con esta señora

         -Vos construís un camino de vida, yo también. Mirá, todos estos profesores y estudiantes que pasan alrededor de nosotras también. Es que está en cada uno si el camino lo va a hacer de baldosas o de diamantes

         -Pero también eso depende de las posibilidades de cada uno -aludió Luci- No se puede construir nada sin antes llenar tu panza con comida, sin antes tener la posibilidad y el acceso al conocimiento y a la educación, sin antes haber tenido una infancia, y hablo de al menos una, o no conocés esas historias de chicos que mueren abandonados o que los tienen como si fueran proyecciones del odio que encarnan sus mismos padres. Debería usted bajar un poco a tierra, acá viven todos como en una nube.

         Luci se apartó de la señora, bajó la escalera principal y luego giró a su izquierda, saliendo al patio. Desde aquí el cielo se veía mejor, más celeste y brillante, como si fuera el gran diamante pegado al techo del propio cielo, que a decir verdad éste no tenía techo ni suelo, ni escalera, ni oficinas, ni mesitas, ni aulas, ni baños, ni secretarías, ni bares, ni paredes, ni puertas; o si igualmente los poseía daba la sensación de un pretérito e inevitable desmoronamiento.

         -Es como si un día ves que el cielo se está cayendo. -Le dijo a Luci un niño que acostumbraba pedir monedas por las aulas y pasillos-

         -¿Me leíste la mente? -Preguntó Luci mientras le ponía sus dos manos encima de su cabecita-

         -Acá tenemos una bandera que es como un diamante gigante y es de todos. Si la colocamos en el suelo parece una balsa de diamante. Ahora compráme una tarjetita Luci, no seas mala. Mirá esta de Winnie, en la tierra lo conocen bien; mis amiguitos lo ven por algo que dicen llamar televisión.

         Luci le dio un par de monedas que guardaba en su bolsillo derecho. Tomó la pequeña tarjetita y el niño salió corriendo, perdiéndose en los vastos campos del brillo que iluminaba el patio

         Las dudas de Luci crecían, aunque también era conciente de todo lo que le decían. "Es como que me lo están contando de otra manera" "Yo sigo pensando que merecemos más atención" "Al cielo le falta presupuesto"

         Luci entraba en un mar de reflexiones convertidas al instante en ilusiones; olas de ilusiones por ver un cielo más hermoso, un cielo con el tiempo mejor distribuido (acá el tiempo parecía una abstracción apretujada que hacía pensar en un ser diabólico y caprichoso) Por suerte estaba la bandera ¡Y que mar tan saludable para estar más consigo mismo! Para estar al tanto de todo y ver como saltaban los peces más subversivos con el propósito de demostrarle a los demás pececitos que se puede llegar aún más alto, que se puede vivir sin agua en los ojos y ahogarse pero en el aire, por una causa tan justa como la lucha por salir de una buena vez a flote.

         Luci volvía de un sueño profundo, ahora ya no estaba en el patio y un ruido de tormenta pregonaba una tarde lluviosa, como para quedarse cursando alguna materia interesante. Y es lo que ocurrió; con todos los alumnos de frente a la ventana y el profesor dando explicaciones de lo que pasaba en el cielo cuando al cielo de arriba se le daba por llover (pensaba Luci ahora en una escalera de cielos más que una escalera al cielo)

         -Se inunda, así de simple. Tenés que entrar dando zancadas, esquivando los charquitos que se forman y pobres los Hippies que venden en la puerta del cielo, que tienen que salir disparando a la puerta de otro cielo sin nubes oscuras.

         Luci levantó la mano y preguntó algo sobre la trascendencia de estos hechos tan impredecibles.

         -En primer lugar yo soy un profesor impredecible Luci. -respondió éste- Nadie sabe lo que ahora pueda llegar a decir, ni siquiera yo mismo lo se; el cielo está cargado de esta sabiduría misteriosa, se respira en el aire. Es un poco de agua simplemente. Bueno ahora den vuelta los bancos que volvemos al pizarrón. ¿No están sus ojos ya cansados de tanto girar? -Noooo -Gritaron todos al unísono-

         -Así me gusta, -respondió el hombre-  que tenía los bigotes como helechos y un color en la cara tirando al carmesí

         -Los ojos -continuó- no deberían perderse de nada de lo que está sucediendo, hoy en día suceden demasiadas cosas, deberíamos tener más de dos, eso es cierto, no hay ninguna duda de ello; pero algunos parecen ni siquiera usar los dos que les vienen de regalo, los demás hay que ganárselos y ¿cómo? Nutriendo nuestra necesidad de querer ver más allá de la ventana, o más allá del pizarrón. Salir a la calle. ¿No sabían que afuera  del cielo hay calles y que son tan importantes como el propio cielo?

         Un hombre que estaba sentado al lado de Luci levantó las manos subiendo también sus lentes con una de ellas.

         -En la calle perdí la vida. ¡Qué lugar mejor para perder la vida! Entusiasmado estaba el hombre, como exacerbado; su voz sonó melodiosa pero brutal y gastada. Luci lo reconoció en seguida: era John Lennon.

         -Claro, dijo el profesor; la calle es parte de nuestro cielo, hasta diría que es más importante y peligrosa. Los viajes se hacen por la calle y en los viajes se consiguen las miradas y los ojos que guardaremos junto a nosotros. No hay que depender siempre de cierta ignorancia que se propaga por todos lados; todos tenemos nuestras limitaciones, sin duda; pero el objetivo de la vida no es más que achicar el tamaño de tales limitaciones y eso se hace, irónicamente, abriendo más aún los ojos. Cuanto más los abres, más achicas tus limitaciones.

         ¿Hay alguien que tenga alguna duda de lo que digo? (como haciéndose la pregunta para él mismo) para nada, estamos acá porque queremos, queremos un cielo mejor, sin duda, pero hay que salir a buscarlo. Nuestras manos ya alcanzaron  el cielo, por el hecho de que sus vidas, cada una de ellas, han tomado la decisión de estar hoy acá y no en otro lugar que no les sea útil para que progresen como personas. Estudiar es un trabajo y la recompensa es inmensa. -Mientras decía esto último, comenzó a dibujar una especie de diamante en el pizarrón-

         Luci se enfrentaba una vez más con las tantas alusiones sobre la complejidad de comprender a qué se hacía referencia cuando se ponía en cuestión el concepto de diamante. Ella se mostraba confusa desde aquel momento en que le había dicho a la mujer de los cafecitos especiales que todos debían bajar un poco más a tierra. Llevaba una especie de sensación de vulnerabilidad frente al hecho de no poder satisfacer los deseos de tener la mejor respuesta ante sus dudas. ¿La mejor respuesta, era, pues, que el diamante al fin y al cabo era un objeto totalmente capitalista, un objeto concreto y ostentoso con el que se empachan los cogotes y cajones? ¿Un mineral que no precisamente se vende para verlo luego quemándose bajo una parrilla?

         Y se lo preguntó nomás a su profesor. Éste le hizo recordar que ella estaba en el cielo y que si bien también aquí había  segmentaciones políticas, intereses y clases sociales, ésta piedra preciosa no crecía de la tierra. Esto no hizo más que aumentar la confusión de Luci, puesto que esta afirmación sería el final de su búsqueda. Todo lo que había buscado en su vida era parte de la tierra, el arraigo y la felicidad por el simple acto de caminar sobre ella.

         -En el cielo, Luci, el diamante no existe, porque no tiene una madre que lo pueda dar a luz, no tiene padre ni abuelo ni tío ni Dios que lo ponga en venta en una vidriera, cuando ya se va haciendo adolescente y tiene que enfrentar su destino. En el cielo Luci, el diamante es un ser enterrado en la conciencia del nostálgico que creía ver en él no un signo de riqueza monetaria, sino de riqueza espiritual, y que por ello el cielo, en homenaje, los ha creado a imagen del libro y semejanza de la sabiduría.

         La estadía de Luci por el cielo terminaba muy de noche. Antes de irse se miró en el espejo del baño del primer piso. Contó los ojos y eran más de dos. Sus dos ojos se reflejaban en los del espejo con cierto brillo incandescente y prístino, que también hizo iluminar una leve sonrisa interior.

         Las cosas que Luci vivía en el cielo tenían su propio lenguaje y desde la más pequeña fotocopiadora hasta las palomas que se posaban en la puerta del cielo, pasando por el pasillo de los departamentos y los puestos de libreros, todo aquello era símbolo de sostén y de colgarse de un cielo que flotaba en la penumbra de una calle corta y desconocida, donde todo se sostenía en el aire y las personas y las banderas eran inciensos de un sahumerio que algún bello ser mantenía prendido allá abajo en la tierra.

Nosotros somos la lluvia

por Alejandro
viernes, 29 de agosto del 2008 a las 02:38
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Está por venir, en cualquier momento se aparece por acá, si no se le antoja alguna de sus ambiciones lo tenés echando vapor en menos de lo que un granizo canta. Nosotros somos la lluvia; ella se llama Lorena y le gusta el mar, sobre todo el que se forma con precipitaciones, es decir el que nos toca llenar a nosotros.

         Por si acaso, metete abajo del techito, me dijiste que solo usabas paraguas cuando subías a la terraza del hotel. ¡Pero que extraño!, avergonzarse por llevar en la mano un paraguas, viejo ni que fuera un arma.

         Todavía te pareces che; estás muy irritado, deberías dormir un poco. Te puedo prestar una cama, no hay drama. Además somos la lluvia, que mejor dormir con la lluvia de fondo.

         Después está Fátima, tiene mucho dolor de cabeza y se imagina que vive para obedecer a Dios. Yo le dije que dejara de mirar el cielo. Nosotros, ¡nosotros! eso es lo único bueno que te va a caer. Y se despierta y cuenta una pesadilla pero contenta, parece que están buenas, al menos en los sueños.

         Bueno pasá, hay tiempo de sobra. Hablé con el serbio que es meteorólogo y me dijo: "En realidad el tiempo no sobra, falta demasiado. La mesa de los hombres está vacía y ustedes encima la llenan hasta inundarla. No se puede estar evidenciando siempre un extremo. Un poco de piedra, un poco de ustedes, un puñado de sol, una cucharada de nube, con eso alcanza para mantener a flote el país"

         Después se volvió frustrado. No tengo nada che, y si tuviera una moneda la verdad no sé que haría. Seguramente que tampoco podría dejártela, me haría mucha falta, al menos para alimentarme con un chocolate. O para cosechar bolsillos con más de un año de sequía. Por supuesto que nosotros somos la lluvia y por ende los bolsillos estarán fértiles en todo momento.

         Fátima se siente sola hasta en los sueños. Primero se la ve caminando. Un amanecer hermoso, el sueño lo hace más aún. Y de repente se da cuenta de que no busca a nadie y se pregunta qué sentido tiene ver un amanecer tan bello en ocasiones como esa.

         Cerró los ojos sin que nadie la ayude; pero las lágrimas salían igual, chorreaban de las paredes prácticamente humedecidas con tantos días lloviendo

         Por otra parte, las plantas están contentas, pero creo que ya, a esta altura no lo soportan

         Somos un grupo con virtudes particulares. Antes digo un detalle. Algunos son dulces, otros somos salados. Bandos opuestos que si bien elaboran el mismo producto, las caras se conocen y cada uno sabe con quien debe caer. Después, si volvemos a lo mismo, eso es cosa del tiempo. Te vuelvo a repetir (aunque todavía no halla aparecido en el relato) que nuestro primer enemigo es el sol, lo mismo que le ocurre al misántropo. ¡Pero es tan bondadoso! Fátima lo adora y Lorena le propuso casamiento varias veces. El sol le dijo: Primero tenés que dar a luz, yo ya estoy podrido; estoy cansado de ser el que siempre lo tenga que hacer. Es extraño no saber si en verdad uno tiene amantes escondidos detrás del horizonte, que cuando lo cierran, quedan todas al descubierto. Por suerte del lado del dormitorio.

         ¡Acá vino! ¡Por fin! Él es Juan, ella la rosa amarilla por recado de la naturaleza innata. Nosotros somos la lluvia, un gusto, un grupo de usurpadores que se apoderaron desde hace tiempo  y del tiempo y tantas veces volvimos con espectáculos bajo el cielo, que cobramos caro; pero no me vas a negar que la ciudad sea hermosa. Entrá, no te preocupés, ella sabe bien lo que buscás y que tanto luchaste por llegar hasta acá. Sabemos, o creemos, que vos eras de izquierda. De chiquito, ya en la primaria te ponías en la fila de la pared porque sabías para quien jugabas. Ya estás grande, los partidos son más grandes pero menos personas entran; en el patio del colegio jugaban todos. Nosotros, como te dije, lavamos aquellas calles y diagonales que se dejaron llevar por la basura de los hombres, que se ven feas, aptas para bocetear una escena misteriosa. No me dijiste todavía si eras blanco, ¿te cruzaste con mi compañero en la esquina?

         -No, no lo vi. Soy blanco. ¿No tenés ojos o me tomas el pelo?

         -Te veo, te veo, quería saber cómo eras antes, ya sé que ahora sos bien blanco

         -Era rojo como el fuego y fuego surgía de mí a patadas. Hoy mi vida ha cambiado, me siento profundamente angustiado, por eso recurro a ustedes. Estoy en la vida, si, pero no es más que una caída lenta a los tétricos acantilados de la muerte.

         -Te haremos un lavado total y vas a quedar agradecido por el hecho mismo de vivir

         -Que así sea.

         Juan entró con la rosa amarilla, entregándose en cuerpo y alma, sobre los pétalos que la luz formaba se trabajaría para hacer real el pedido de un cliente nuevo. Ahora que recuerdo, debo mencionar que salimos los sábados a la mañana por televisión, y si se quieren acercar no deben más que llamar al número que ven en pantalla y presionar el asterisco luego de haber escuchado: Nosotros somos la lluvia, bienvenidos al reino de la conciencia limpia, estamos para ayudarlo.

Manifiesto en defensa de mi propia sombra (¿comunista?)

por Alejandro
viernes, 29 de agosto del 2008 a las 02:28
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Manifiesto en defensa de mi propia sombra (¿comunista?)

¿Por el hecho de haber pintado mi sombra de rojo?

 

No fue con la intención de expresar cierto tipo de ideología.

Y ya todos me delataban de ser un comunista pervertido que exagera su fanatismo hasta el punto de quererlo demostrar proyectándolo en algo que está más allá del cuerpo y del alma (lo hubiera hecho mejor en una hoja, sépanlo)

 

Y lo hice además sin quererlo: cuando me desangraba en la oscuridad, a causa de mil palabras cortantes que ingerí para no gritarlas todas al oído de mi pueblo

Confirmo la idea de que mi pueblo está embalsamado desde que se muestra tan entusiasmado en querer tratarme como tal, desde que me ve caminando con mi sombra roja bajo la luna estólida de agosto; pisando mis propias ideas que se volvieron un color. ¡Dicen q además me contradigo porque estoy pisando mis propias ideas!

 

Sería bueno que los indómitos personajes que me persiguen callaran y se dedicaran a plantear problemas de fondo (no de piso), y que las sombras puedan hablar para defenderse cuando se las ataca de esta forma, la verdad que no tengo por qué defenderla tanto aunque sea parte de mí; pero ella se volvió huraña desde que se ha manchado. Está más hermosa, sin duda, además creo que mejoró mi calidad de vida en muchas aspectos, me veo mejor estéticamente, proclive a los deseos que tenía de ser una obra artística en sí. Ellos dicen ¡comunista! y yo surrealista, ¡impresionista! Ellos dicen: propaganda política que arrastro a todas partes; yo digo: compañera cabal que me sigue indudablemente por una causa tan justa como la de ser una simple y humilde vida que anda por los caminos del planeta, que es mi país, mi barrio, mi manzana, mi cuadra, mi hogar (todo debiera desembocar en un hogar, si pudiéramos lograr que a nadie le falte uno dios, debería decir hombre mejor, responsable directo)

 

En defensa de mi propia sombra me impongo con la energía necesaria, pero, ¿no será una excusa esto para justificar que todos tenemos un costado subversivo después de todo?

 Nuestras sombras siempre permanecen a un costado, es cierto, costados hay por todas partes, nuestra alma tiene costados, nuestro corazón y nuestra cabeza también. La idea al fin y al cabo sería ordenar un poco todo este caos que prolijamente llamamos civilización. Me dirán que estoy acá pregonando caos y esto sería generar más aún el delirio y las contiendas. Lo único que estoy diciendo es que no existen sombras rojas, si las hay es porque han tenido algún tipo de traspié y han "caído" en la posibilidad de vestirse de otro color (siempre oscuras y góticas caminando por los suelos, ésta moda milenaria algún día las iba a cansar)

Levantemos por fin una bandera que lleve el color humano, el color de la piel que a cada uno de nosotros ha llegado para cubrirnos el espíritu. La piel es el tatuaje del alma y no creo que sea necesario poner otro con agujas y tintas para profundizar los sentimientos. Los colores han venido naturalmente con nosotros; los ojos, el pelo, la piel, los labios, los dientes ¿las sombras? las uñas, etc. (un etcétera de órganos internos bastante colorinches)

La elegancia está en ser humanos y defender nuestros derechos, nuestra comida, nuestro amor a la fantasía; todo lo que consideremos nuestro y que a la vez sea necesario para todos los demás. Esto es lo que estaría queriendo decir mi sombra colorada, porque lo que tiene encima es sangre, que también es nuestro, también es un color propio y natural, y si hace juego con nuestro intelecto mejor aún. El rojo es candente como el mejor de todos los abrigos, que es el fuego; y si el rojo fuera una idea, ésta se prendería junto a tantas otras haciendo una hermosa fogata de propuestas y más ideas en pos de una sociedad mejor y de intereses que engloben a un todo siempre con ganas de evolucionar, sentir al menos que en la escala evolutiva todavía estamos por encima de las sombras y no viceversa.

Todavía estamos nosotros, hombres y mujeres, por encima de cualquier bandera y color que nos persuada de que una causa justa pasa primero por tenerlos en las manos. Acuérdense que nuestras manos pueden servir primero para alcanzar un plato de comida, salvar a la fauna con una firma, tocar el cielo, tocar el amor, y volver a vestir a las sombras de otro color (no se tomen la modestia de ignorarlas y dejarlas al descuido, que ahí sí pueden llegar a ser peligrosas)

 

Desesperación

por Alejandro
viernes, 15 de agosto del 2008 a las 09:17
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Desesperación

Estoy desesperado porque no puedo abrazarte. Mi obra toda es una inútil ofrenda a la imposibilidad de poder abrazarte, acariciarte, besarte, mirarte, oírte, sentirte, olerte, tenerte, tocarte, abrazarte, abrazarte, jugarte, molestarte, llorarte, enojarte, sonrojarte, estimularte, calentarte, enfriarte, secarte, buscarte, amarte.

            Todo termina en arte, es el consuelo del pobre hombre que pone delante suyo algo bello para sustituir a su amada, para sustituir algo que, ante la imposibilidad de tenerlo, ante la imposibilidad de olvidarte quiere que siga buscando remedio a la desesperación, a los vastos campos cercados de un alma triste y desesperada

3

por Alejandro
viernes, 15 de agosto del 2008 a las 09:09
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3

Estoy hecho de tierra; soy el camino, algún camino, cualquier camino. Estoy esperando ser asfaltado, que me cubran para siempre

            Todavía puedo mirar las estrellas, antes de avecinarse la noche ya están ellas ocupando lugar. Los caminos del mañana ya no tienen la posibilidad de verlas cantar en la oscuridad, de verlas estimulando el silencio.

Oye como cantan! como sirven para que aprendamos a callarnos por un rato.

            ¿Podré al menos escucharlas cuando me asfalten? Me conformo con escucharlas, yo a cambio intentaré que las flores y los jazmines sigan creciendo por encima del asfalto.

            Descubro que yo también siempre tuve melodías escondidas para ofrecer, que siempre fui un fiel compañero del silencio y la profundidad etérea.

Desgracias, semillas sembradas en la tierra de mi alma. He sido creado para ser oculto, para que dos manos me cubran, me tapen. Quisiera ser acariciado por aquellas manos, quisiera que me toquen y que me miren así como soy; manos que no posean dedos prejuiciosos e insensibles que juzgan por la apariencia y por la manera de expresar lo que siento.

            No me cubran por favor, que no estoy dormido; mis ojos están tan abiertos como los cielos en verano y los autoservicios los fines de semana. No me cubran, se los pido por mis ojos, soy joven para olvidarme de que existo, soy joven y sin embargo ya me están sacando posibilidades de levantarme algún día y moverme de lo que ahora soy.

            Aprendan de la buena gente que reina en el cielo; ellos nunca taparían esos caminos de soles y estrellas fértiles; aprendan a darse cuenta que las manos solo se las han hecho para taparse la boca cuando empiezan a hablar de más

Sobre el blog

El blog de alesurro

Una manera de esquivar el horror;  imagenes que se han manifestado increiblemente, circulando por los resquicios de la realidad, imagenes que debieron pertenecer al dolor de un pasado que no se ha consumado sino en la eternidad rompiente, donde los fantasmas tienen el privilegio de vivir orgullosos mostrando sus heridas mortales. Una manera de esquivar el horror, las presencias inhóspitas. Escribir es algo así como taparme los ojos; es un juego para esquivar mis propios fantasmas, fantasmas de palabras; es una paradoja, porque a medida que los voy generando, voy seduciendo a mis ojos para que fuguen hacia dentro, se escondan de sus propios horrores (que no precisamente tienen que carecer de belleza).

Y así mis manos se vuelven omniscientes, porque al mismo tiempo que me cubren de ellos, los crean sin cesar, los adoran y los visten una y otra vez, como si fueran angelitos a los que hay que cuidar y hacerles infusión de tinta.

 

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Inacabados (Angeles)
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La vida de Brenda (Yakely)
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