Anocheció temprano aquel día de los hermanitos imaginarios, fecha patria que sólo rendía homenaje a dos pequeños sujetos envueltos en las sombras y un cielo de celofán oscuro. Enchufado por éste, el velador de la luna resplandecía mientras sus ojitos se apagaban muy de a poco. Temores a la oscuridad absoluta eran conocidos allá arriba, tanto por la luna como por las mismas estrellas que también iban encendiéndose y haciéndole una gauchada a las fuerzas tectónicas de la iluminación nocturna.
Enormes lunares de un cuerpo celeste se debatían el terreno para cultivar aún más señales y nuevas manchas de nacimiento crecían como nebulosas en forma de planos paradisíacos.
Y los dos entraban al mismo sueño de la mano vaya saber uno de qué misterioso espectro. Alguien más podría haber tenido implicancia en la construcción de una utopía tan ingeniosa como la hermandad que los unía. Sin embargo todo estaba congelado; silencio y noche reinaban la plaza de los hermanos. Radios, alarmas y leves movimientos de las hojas ejecutados por la brisa maestra quedaban afuera de esta ceremonia novedosa y un poco gótica.
A las tres de la mañana el hermano mayor abrió sus parpados con una suavidad muy sutil. Cuando pudo contemplar más o menos su nueva realidad (la convivencia con los sueños se había transformado en la insignia a seguir de su alma) despertó a la hermana con un grito muy extraño y frontal: Piiii! logrando que ella se levantara muy rápidamente y percibiera el estado en el que se encontraban (paraísos nocturnos sólo se ven arriba) Entonces emprendieron el camino de vuelta a casa. Caminando iban ahora, siguiendo una estela de rayo lunar, una mecha blanca de una bomba sin tiempo ni con explosión, más bien la mecha de un hogar que iba a explotar de emociones y bubuleadas cuando llegaran.
Nunca habían pasado tanto tiempo juntos, y pensaba el hermanote cómo iban a lograr aguantarse de ahora en más. En otra vida quizá (pensaba) me toque ser un bonito animal domestico, una tortuguita, un roble o pino perdido en alguna postal plausible de ser placentera para los ojos. Pero se daba el gusto y nadie se lo iba a sacar, un gusto infinito de poder en esta vida compartir cada paso junto a ella.
-Prometo robarte los cordones. Le dijo en una especie de susurro que se perdió en la conciencia de su hermanita.
No caía no caía. Qué querrá decir este hermano bubulero y con pretensiones de llegar antes que yo a mi colchoncito. Claro! Me quiere usurpar la habitación, quitarme mis hermosos cordones rojos y todavía ni siquiera llegamos a la esquina.
-Hacen juego con mi corazón herma. Hoy en día hay que tener estilo y conjugarlo con nuestro interior.
-No me quieras convencer vos (respondió su hermana frunciendo las cejas y mirándolo seriamente) haciéndote el poeta, que a decir verdad faltan demasiados pero vos lo usas para enmascararte y avivarte, apropiándote de las cosas lindas que me compra mama.
-Mentira mentira mentira mentira! Gritaba el hermano mirando con los ojos apretados y cerrados de cara a la noche estrellada, y pegaba saltitos que implicaban el deseo de ser más chiquito que ella.
-Quiero tus mediecitas, quiero tus remeritas y tu ponchito, porque tengo celos de tu propia ropa, está siempre pegada a vos, mientras tu querido hermanote tiene que esperar a que vuelvas o mandarte mensajitos preguntándote obsesivamente con quien estás o por donde andás metida.
Su hermana se empezó a reír descaradamente, sabiendo que todo aquello eran farsas que la cabecita de su pobre hermanito construía "bajo el designio de un instinto fabuloso" La hermana no paraba de reírse porque sabía que su hermano la quería tanto tanto que hacía el ridículo diciendo bubuleadas.
Eran altas horas de la noche, pero la pequeña siestita los había despabilado bastante. Los dos estaban bajo el efecto de la luna hechizante y caminaban y caminaban como marionetas cariñosas de algún creador que tenía ganas de ver un espectáculo que valiera la pena. Durante el resto del recorrido la hermanita le contó algún que otro secreto guardado que tenía. Su hermano llegó a pedirle un curso acelerado de francés al enterarse de aquella dote que su hermana poseía prodigiosamente.
Cuando llegaron a la puerta, su hermana sintió que la salida del alba estaba a minutos de poder presenciarse. El trayecto había sido verdaderamente largo y acogedor, sin bondis a la vista, alguno que otro habían visto pero cargados de fantasmas y sombras, muy misteriosos por así decirlo, carentes de números que paraban con solo mirarlos (parecían querer llevarse a uno a pasear por otro mundo sepulcral)
A la hermana se le había ocurrido esperar a que saliera el sol, juntar a sus padres en el cielo, juntar a toda la familia aunque sea un instante. Pero el hermano ya se había metido adentro como una rata grandota que está a la búsqueda de un maravilloso pedazo de queso parmesano.
-Ufa herma, vení para acá! Bueno, Otro día será mama... Miró de soslayo a la luna, se mordió con las paletas el labio inferior sacudiendo la cabeza al mismo tiempo y entró resignada, hallando terrible hermanote recostado como si fuera un feto sobre su colchón, un bebe que no sólo había nacido para ocupar su lugar en el mundo (ese colchón que su hermana tanto cuidaba) sino también para saber en qué momento hablar y en cual cerrar el pico y aprovechar la ocasión para ganar el turno. Su hermanita abrumada, se limitó a darle con toda su fuerza una paliza en la nalga izquierda, y como tenía tanta hambre se fue derecho a la heladera donde descansaba una rica torta de frambuesa y alguna que otra cosa que se pudiera considerar desayuno bien bien matutino.
Ellos no volvían de una noche de escabio, pero si alguien entraba en ese momento a la casa podría haber confundido fácilmente la situación con un estado de resaca patógeno. Su hermano haciendo ronquidos irritantes que daban la sensación táctil de una espuma asquerosa y su hermana recostada en una silla y con las piernas levantadas en una ventana, con la mirada lista para contemplar la salida del sol.
Los primeros rayitos dieron en su frente y con sus pies, ya envueltos en pantuflas rositas con elefantes, empezó a juguetear tapando y destapando el disco del sol, haciendo efímeros eclipses que le provocaron una leve sonrisita con mucho Noni encima.
De repente la sombra de su hermano (henchida de oscura vagancia) se estampó sobre la pared, a la derecha de su hermana.
-Hermanote! Dijo la hermana bajito, casi como una tosesita. ¿No estabas ronroneando? Y tiró sus manos hacia atrás para que éste pueda tomárselas.
-Si, dijo el hermano con una voz bronca que en otros tiempos había tenido cierta elegancia y jovialidad.
-Vení, acercate a la ventana, mirá que lindo el solcito, aguantáme acá que voy a buscar más torta. Su hermana se levantó y se dirigió de vuelta a la heladera de la cocina.
Otra vez quedaba su hermano totalmente solo, en esa pieza, con los ruidos de fondo de una hermana intentando cortar el postre sobre un plato de vidrio. Un hermano que contemplaba por fin el regreso del alba; perplejo y dormido, con los hombros cansados y los brazos caídos sin movimiento alguno. Especie de trance con la naturaleza, con el cosmos y la idea de tener finalmente una hermana a sus espaldas. Que lindo momento pensaba. Extraño momento! que había empezado el día anterior cuando se miraba al espejo y se acomodaba lo mejor que podía sus cabellos, cuando se relamía y barajaba sus deseos de conocerla. Cartas del destino humano que por fin caían sobre la mesa de la felicidad.
Volvía la hermana con los brazos ocupados y perfumados de frambuesa.
-Herma (empezó a decir ella) ¿no se puso a pensar si estamos acá de verdad (parecía ahora iluminada por su costado más filosófico) si no seguiremos dormidos? Siento todo un poco extraño; el brillo del solcito parece más intenso; las pantuflas más calentitas y esta torta demasiado rica cuando yo pensaba que no era tan así (y pasó la lengua por encima de su mano derecha, tan sabrosa por el perfume que traía el postre).
-Herma (concluyó) ¿no seremos acaso la creación de algún vago escritor que canaliza sus nostalgias en una hoja, construyendo hermanos y hermanas y soles y postres de mentirita?
Su hermanote no le respondía, seguía reposando en el aire, vaya a saber uno si había prestado atención a las fantásticas reflexiones de su hermana que ahora volvía a sentarse de nuevo en la sillita de la ventana.
Mientras se acomodaba su pelo con un gomita miraba a su hermano fijamente y después de hacer varios intentos más por traer al hermano de vuelta al mundo continuó refiriéndose al supuesto escritor navegante de los sueños y mares de palabras (con las que hacía grandes olas de imaginación para alojar en la orilla la creación de estos dos hermanos espumosos pero dulces; glotones pero generosos; extraños pero felices a su modo).
Finalizado este viaje de intrigas en el que su hermanota se había sumergido, habló él por fin, sin descuidar por ello el modo con que lo hizo. Porque se vio claramente como sus ilusiones por retomar al colchón de su hermana habían quedado en el olvido. Despabilándose efusivamente se acercó a los hombros de su hermana, besó cada uno de ellos y luego hizo lo mismo en su frente.
-Hermana somos imaginarios, siempre lo supe y vos también, eso no quita que fuéramos enviados por alguien. Todos, en definitiva, son enviados por alguien, sean o no imaginarios. Necesito creer hermanita que usted está muy lejos de ser algo meramente imaginario, pero si lo fuera, aproveche y mire su corazón, como lo estaba haciendo yo hace un ratito, mientras usted hablaba pensando que yo no la oía. Estaba mirándome hermana, viendo de frente mi alma, metiendo la cabeza en ese pozo tan insondable como es el alma. Y tan parecida a la suya era! Que me dio un chucho el pensar que seamos simples palabritas perdidas en un papel o en la mente de otra persona.
Y así fue como su hermana comprendió y respondió al abrazo que su hermano le había dado. De ahora en adelante, ¿qué cosa podría presentarse como algo más verosímil que ellos?, ni siquiera un escritor de carne y hueso echando tinta en alguna parte del tiempo y del espacio. No había nada que representara mejor un cariño tan real como el que se tenían ahí, prendidos en esa piecita por la luz de un solcito ya típico de madrugada tibia que presagia un día agradable.
Desayunaron oficialmente una hora más tarde (bien puesto llevaban su condición de glotones) y salieron por la misma puerta que su hermano consideró varias horas antes como punto de largada para lograr el trofeo del colchón.
Afuera, libres de toda competencia y soplamocos, se despidieron afilando sus cachetes, golpeándose despacito tres veces las cabezas. Qué difícil despegarlos! Siameses unidos a la melancolía de un saludo que se hacía eterno. Su hermana subió al Bondi finalmente y éste arrancó, echando una humareda que dejó al hermano totalmente envuelto en una nube negra.
Y así fue como se largó él caminando, haciendo terrible contraste con la inmensidad celeste que tenía encima de su cabeza; sabiendo que de ahora en más, si se venía alguna de esas tormentas que tanto miedo le producían, no le iba a quedar otro remedio que dormir con la cara pegada a los piecitos de su hermana.