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Reencuentro de dos hermanos imaginarios

por Alejandro
miércoles, 12 de noviembre del 2008 a las 19:22
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-"¡Y así me reencuentro con usted, hermanita querida! Luego de tantos años anclados en la tradición que el mundo viene dictándole a los seres humanos. Les repito a todos que mi hermana no proviene de la canasta familiar y que a mi eso me importa muy poco! A decir verdad, estoy más que conmovido con su llegada tan sorpresiva y mi corazón se torna luminoso como los hermosos farolitos que mi cuadra ya no posee.

         Heredar una hermana por voluntad propia, porque el alma, mi alma!, en un estado de lujuria y enemistad con el sentido común, ha bebido tanto de mi corazón como de mi espíritu  inquieto (mi cuerpo lo viene soportando obsesivamente), y eso que mis brazos se mantienen vacíos a punto de llorar con alegría frente a mi hermanita que esta por venir"

         Cuanta sinceridad que se notaba en el hermano, cuanta belleza emanaba su rostro a punto de esbozar una sonrisa definitiva y de infinita ternura, culminando en un horizonte de imaginación sobre el cual se llegaba a contemplar una vaga imagen de su hermanita cincelada con colores prístinos que rebosaban de su hermosa figura.

         A eso de las tres de la tarde, volvió a repetir aquellas palabras que tan bien guardadas tenía y pronunciaba frente al espejo, esperando la dura respuesta de un pueblo escondido detrás de su rostro, reflejando aquel sentido de la vida que tan perdido estaba en los espejos y en la razón. Ahora se veía regresar todo aquello como si fuera un boomerang que había arrojado mucho tiempo atrás.

         Se le vino a la mente su infancia, y en cada recuerdo comenzó a agregar a su hermanita en un costado. La ponía en alguna discusión familiar, sentada debajo de una mesa, con las rodillas atadas a los brazos; la ponía en algún tobogán, viéndola de frente como bajaba y como subía, con esa carita que lleva todos los sentimientos de regocijo que se puedan imaginar.

         Después de ponerla en miles de recuerdos más, se dispuso a olvidarse de todas las cosas que en la semana le habían provocado efímeras desilusiones y momentos de melancolía.

         Si bien tuvo una breve reflexión sobre los consejos que de antaño había escuchado de no andar a la búsqueda de hermanas (con el correr del tiempo esto ocasionaría más desgracias que alegría, más peleas que jubilosos abrazos) consideró que aquellas palabras tan obtusas y estúpidas eran completamente ajenas a lo que su corazón comenzaba a sentir con tanto ímpetu. Y mientras se terminaba de poner las zapatillas, de sus labios surgió una melodía muy alegre que su hermanita le había enviado unos días atrás, había quedado completamente pegada a su alma y ya formaba parte de su presencia, una presencia visual y sonora, muy juguetona.

         Al otro día el encuentro finalmente se produjo; los nuevos hermanos se llenaron los cachetes de besos y moretones, así es, de moretones también, porque los soplamocos se tornaron inevitables a la hora y media del ansiado reencuentro. Ver a los dos tomándose de los pelos se volvió una acción apropiada y natural entre ellos, que estallaban en risas banales por momentos y en otros gruñían y se escupían como verdaderas fieras que nunca fueron amaestradas.

         De lejos podía apreciarse en ellos  la parodia de jugar al perro y al gato, al mismo tiempo que los dos eran ratones obligados a escapar de todas las obediencias posibles, incluyendo la idea misma de ser personas civilizadas de carne y hueso. Sus almas por primera vez se veían desnudas y unidas con un entusiasmo que ponía la piel de gallina a cualquier nostálgico que anhelara tener hermanito o hermanita.

         Esa tarde se pasearon por todas las plazas y avenidas del barrio dando como brincadas inocentes que escapaban a la condición de productivas para una persona culta que debía hacer el trayecto hasta su trabajo lo más correcto que pudiera.

         Cuando, a eso de las ocho el sol se empezó a ocultar detrás de los edificios más altos y caprichosos (por ya no quererlos compartir con nadie más) su hermanita le proporcionó una conversación muy linda y conmovedora que iba a terminar siendo el preludio del primer encuentro que tenían como hermanitos perdidos.

         -No hay un lugar (dijo ella) donde yo me pueda sentir más contenta hermanote, acá, sentada a tu lado. ¿Sabes la importancia de decir "a tu lado"?

         Su hermano no reaccionaba, mejor dicho, no con palabras, puesto que no sacaba sus ojos de ella y solo se limitaba a hacer eso.

         -Tus ojos son muy tiernos, continuó diciendo ella- Tus ojos son como un espejo para mí y desde ahora, ¡en los que mejor me veo!

         Su hermano desprendió una sonrisa nueva, tan tierna como aquella que denotaba todo su cuerpo antes de conocerla.

         ¡Hermano! ¡Que me decís?! ¡Hermano! -decía ella dándole puñetazos débiles en sus hombros- ¡Que me decís!? ¡Que me decís!

         Cuando empezó a sentir el efecto de los puños de su hermana, ese pequeño dolorcito en sus hombros (la hermanita ya le daba a los dos y además se abusaba utilizando sus anillos de frente), cuando ya sintió que era momento de ofrecerle a ella alguna respuesta interesante, su hermano tuvo la sensación, por primera vez en su vida, que aquella ceremonia tan extraña y particular, aquel encuentro de hermanos imaginarios y concretos al mismo tiempo, aquellos dos ratones subversivos, habían nacido con el único propósito de estar juntos, como ella bien decía, uno muy cerquita del otro. El universo se englobaba todo en aquellos dos lindos sujetos sentados juntos por la hermandad que los unía. Dos cuerpos se veían, es cierto, pero también era cierto que un alma sola los envolvía.

Su hermano dijo: ¡Achisss! Y su hermanita quedó empapada de saliva que en seguida él se propuso con toda voluntad a secársela con el borde de su remera de manga larga roja.

Cuando por fin termino de solucionar aquella macana de hermanote burlón, ella lo tomó del cuello con toda la furia de una hermana menor. Los dos se reían mientras a él de a poco se le iba el aire y le pedía que lo soltara prometiéndole bonobones y pulseritas a cambio de ello. Ella decía Grr Grr, ¡ella gritaba! Grr Grr, y el le respondía con un Buu asfixiado, corto, Buu Buu y un último Buu que los llevo a los dos a la arena (estaban en el sector de las hamacas y toboganes de una plaza añeja y vacía)

         Ahora los dos quedaban recostados sobre la arena y una hora más tarde quedarían sepultados por una noche llena de estrellas terriblemente luminosas ( y que terrible la idea de un ataúd con lamparitas!)

         Pero ellos no estaban muertos, al contrario, encarnaban más que nadie en el mundo las ganas de vivir en la eternidad. Ellos encarnaban la idea del amor que superaba aquellas barreras impuestas por ese piquetero caprichoso llamado Dios.

Ellos eran, ante todo, hermanita y hermanote, eran cuatro ojitos iluminados innecesariamente. Ella misma (la luna) lo sabía: Cuando dos personas comparten su luz, cuando dos personas parecen estrelladas en la tierra y en la arena, no hay planeta ni satélite que pueda llegar a ofrecerles algún servicio divino, ya lo han heredado, naturalmente.  

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Alejandro

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