La ventana desaparecida
No bastaba con encadenarlos, había que cubrirlos del ambiente con alguna felpa o tela gruesa para que pudiera brotar de ellos más tiempo de vida, para que las palabras no culminen tan agujereadas, quedando destinadas a perecer en la boca de unas cuantas polillas.
¡Las palabras! ¡Alimento para las polillas! Cuando lo que hace el hombre es vomitarlas en un libro.
Allá por el siglo VII las paredes de las bibliotecas estaban pintadas de verde. Se decía, como decía el obispo enciclopedista Isidoro de Sevilla, que hacían descansar la vista.
Y de vuelta al libro, donde la vista no descansa y se ensucia con el vomito que otro expuso por propia voluntad. Las enciclopedias nunca fueron opiniones personales, sin embargo hoy en día no estaría mal acotar algo sobre el borde de un acontecimiento histórico.
Fue así que mi casa quedó bañada en verde, literalmente, y mis libros colocados en cajones, que al abrirlos, una entrada muy acrobática del sol por la ventana los amparaba y les daba una linda bienvenida junto a la palma contraída del nuevo día, sus alas, de esta manera eran abiertas y cerradas como tapas de una edición muy gastada. El gran problema (y a esto se debió mi traslado improvisado a otras tierras y raíces) era que al mismo tiempo firmaban la sustitución de las mías, revolvían con astucia el experimento de hacer volar a alguien estando sentado a cuestas.
Treinta baldes de pintura verde, la naturaleza de mi casa. El aroma tóxico que hacía de mis pulmones una caverna de dos entradas bajo la superficie, una llave escondida y el cuerpo ahogado y consumido por la historia y la pintura misma.
A la semana siguiente me internaron de urgencia. Cuando me recuperé soñaba fragmentos aislados, ninguna imagen constructiva, sólo estrofas o palabras impresas en la tapa de mis sueños. Ya no podía ver los contenidos que traían, me ofrecían un título y nada más. La imaginación pronto se transformó en un error de la travesía que mi corazón había llevado a cabo, insistiendo golpear en las puertas de mi alma tantas veces como fuera necesario.
Yo seguía leyendo pero en otro ambiente un poco menos sintético, plausible de ser muy valorado, con verdes pero de plantas y hojarascas proscriptas al desorden natural. Mi situación se tornó conflictiva y se acercaron conocidos al punto más lejos de la urgencia que precisaba. Y en ese punto a mi me convenía porque supe darme cuenta en seguida lo que el libro intentaba decirme a pesar de que cierto era que lo había cambiado miles de veces por otro totalmente diferente.
Todo es, digamos, introducción de alguna madrugada. Y la noche es un final, tantas veces repetido, que no vale la pena quedarse con la última frase y eso solo, donde parece definirse todo lo que tanto costó escribir en años. Mi situación, que no era de pobreza intelectual, puesto que el encadenarlos a mi espíritu fue determinante para absorber la realidad con una hoja y un balde lleno, usado anteriormente como pincel de grosso tamaño. La situación acabó por suerte con la vuelta a mi otro lugar, lejos de ese aroma venenoso. Así consterné los días no como hojas, sino como la acción de arrancar hojas y tirarlas al cesto oscuro de la noche.
A eso de las seis y media me soltaron y tardé semanas en comportarme como mis semejantes. Recuerden que acá no había culpa, ni temor por la culpa. El castigo provenía de la euforia para con la vida a través de libros y más libros. El dilema estaba en entrar donde Dios me había hecho entrar. Por más dificultosa que mi historia pueda parecerles, su desarrollo es muy fácil de conseguir y consiste en presentar ambientes que bien cualquiera podría suponer normales o fáciles de reconocer en presencia.
Mis ideas fueron puestas en remojo. Pensé liberarme pero para eso necesitaba dinero y lo único que sabía hacer era ver parir letras en los sueños, recopilarlas y traspasarlas al papel. Así me ganaba la vida. Esta vez me acorralaban los dolores mentales y sus armas eran precisamente palabras de cualquier calibre que me borraban del mapa, y eso que el mapa era un hogar, por lo cual era inútil utilizarlo para saber donde uno se hallaba, como si fuera la verdadera vía precipitada de escape.
Pasaron dos mañanas, el horizonte se extendía en un labriego de roperos y una ventana desaparecida. Mis recuerdos la conservaban intacta, más bien mis pulmones que ahora no la necesitaban pero que extrañaban igual el hogar de familia, ese hogar donde la ventana daba a un barrio o al menos a una fábrica reconocible.
Una noche que mi insomnio obligaba a que la viva, apareció una imagen ectoplástica sobre la única pared que había dejado de color verde, las demás habían vuelto a su blanco natural.
Específicamente parecía un ángel anciano que no registraba ninguna iconografía. No me dijo absolutamente nada, pero cabía la posibilidad de que aquella presencia significara algo importante.
Yo creo haber hallado el mensaje en su retórica huída por la ventana desaparecida y su previo tropiezo con el cajón abierto, en el momento exacto en que cientos de rayos de luna le iluminaban el torso e inauguraban otra puerta con vista y bienvenida a una variedad nueva de cerraduras y destinos y banquetes parsimoniosos, donde la pasarían (los ángeles que hubieran podido pasar sobre su cabeza) de lo mejor y con mucho entusiasmo tomarían cualquier cosa que se les antojara.
A veces una imagen vale más que, al menos una palabra: Fe; al menos más que dos letras. Y no solo valen más que ellas sino que nacen de lo que se termina viendo y deduciendo del indicio de que ya se ha ido llevándose algún dolor de rodilla.
Por mi parte, me llevo más de un libro de conocimiento e ideas para construir varios poemas sobre ventanas desaparecidas, que además, valga la redundancia, hacen desaparecer a los ángeles o fantasmas que acostumbraban entrar por la pared.



