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La vida de Brenda

por Alejandro
martes, 22 de septiembre del 2009 a las 07:54
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La vida de Brenda podía comerse toda junta, como si fuera un bocado de chocolate de menta. La vida de Brenda era deliciosa y efímera y quedaba ese sabor mentolado durante un tiempo en la boca rumiante. Por ejemplo, si se conservaba ese frenesí para llevar a cabo toda la forma de proyecto y obsesión antes que nadie, en el preludio de su vida, cuando ya se podía prever que lo que iría a dejar, con el paso de los años y los dientes blancos como tabletas recortadas de chocolate, era justamente ese maravilloso aliento en el aire que nos da ganas de tomarlo para salir adelante. Ese placer inmaterial en el que se había convertido la vida de Brenda no era más que siempre debilidad por el postre. Todas las pasiones cercanas a la simpatía y también al rechazo (si comparamos aquel cumplido rico sólo poseyendo una dentadura privilegiada). Porque la vida de Brenda dejaba sus marcas a largo plazo. No estaba nada mal comerse una vida de Brenda, pero comerse dos podía traer problemas importantes para la salud o para todas las apariencias juntas o derramadas sobre la mesa.

         Una vez la Nancy pasaba por encima de la tan y tan ansiada esperanza de conseguir el préstamo para el departamento o al menos para conseguir un simple cobertizo. Iba caminando pobrecita con su carita media triste, pisando sueños de ser una chica grande con futuro; hasta que se encontró con la vida de Brenda. La levantó la miró un poco la palpó la dio vuelta y la contempló por un largo rato.

-“Qué vida tan delicada” -dijo la Nancy. –“Parece tan deliciosa, me la llevaría de una a la boca, pero prefiero mejor guardarla. No quiero al fin y  al cabo quedarme sin techo ni comida”.

La vida de Brenda quedó resguardada en el oscuro y profundo bolsillo de la Nancy.

         La vida de Brenda y la Nancy iban juntas ahora por una causa tan simple como era la del encuentro casual y repentino. El sabor y el instinto discreto que tiene el hombre (en este caso la mujer) de llevarse una golosina al cielo bastante antes de que sea catalogada de golosina

         La Nancy cerró los ojos y contempló una vidriera diferente y cuando salió apurada de vuelta en busca si se quiere de sentido o comprensión por el oráculo de la casualidad, halló enseguida otra forma de relacionar los por qué con alguna buena razón para contestarlos. Sacó la vida de Brenda y se la dio a un niño que pasaba mendigando, pidiendo una monedita para poder comprarse algo.

         La Nancy sabía lo que tenía que hacer porque no había otra causa que le impidiera dejarse llevar por una buena intensión. La vida de Brenda siguió pasando de manos a manos inmaduras; otras no tanto (a veces hasta las de un animal) Pasó por mucha gente porque realmente nadie quería llevarse a la boca una verdadera hostia hecha de chocolate y menta, posiblemente construida a partir de la creencia divina y oscura de endulzarse la barriga de más y no compartir el alimento cuyo propósito devendría más tarde en sentimiento y así en soledad. Por eso todos conservaban hasta cierto punto la vida de Brenda y la iban trayendo, regresando, obsequiando, prestando, conjugando o delegando al poder siempre conveniente por una buena causa.

         Ya se hacía tarde cuando la Nancy llegó a decirle al pobre hombre que vendía numeritos todo lo que sentía desde antes, un rato antes, parada sobre sueños y una dulzura en forma de moneda verde. Le contó todo de una pero, igualmente la charla duró bastante y la vida de Brenda por primera vez no formaba parte de la cuestión en sí.

Su importancia quedaba al margen de la inocencia, puede ser, dos personas que no tenían esa fuerza para enfrentar al mundo y si pasaban y no se quedaban, pocos se darían cuenta. A nadie le importaría y aunque ahora estaban y seguían enumerando desgracias, tantas por acá por allá y por debajo, y el de arriba que no se las resolvía. No caían en el oprobio por algo: La vida de Brenda (un numerito más ahora) era la que en verdad había bajado para solventar sus implicancias en el destino de otro, en beneficio del otro. Una cadena que había empezado siendo de chocolate y con el tiempo se transformaba en acero inoxidable, uniendo por el solo placer de transmitirle al que sigue menos que una palabra, menos de un gesto: La vida de Brenda, tan dulce, tan ceremonial, tan callada y redonda; tan madura aunque por dentro se viera verde como la uva en los Parrales del invierno, como las esmeraldas y como las plantas que conservan con toda su arrogancia la miel de la sabia.

         Así se veía la vida de Brenda cuando pasaba de vida en vida. La Nancy la había tenido dos veces y esta vez se la daba al hombre de los numeritos; éste a su vez se la dio de yapa a un abuelo que caminaba un día muy temprano (mañana primaveral cercana a la distancia de salir a flores y olores convertidos ya en proverbios humanos por excelencia)

         Un día, finalmente, la Vida de Brenda cayó en la vida de Brenda; una casualidad con precedentes, pero que para éste caso hubo una clara particularidad, clave si entendemos que lo netamente ontológico pasaba desapercibido. Porque, a pesar (mejor dicho a pensar) en la mano tan fina y elegante y acaramelada que llevaba Brenda con su brazo, traería ciertos prejuicios (una mano mugrienta se puede limpiar, es el caso de esta chica) Lo cierto es que aquí hallaron refugio las dos. Esta vez las dos partes (el objeto y la persona) se sintieron cómodas por primera vez. Así es, la vida de Brenda tenía vida, era conciente de los placeres que causaba en la gente; pero nunca lo había sido tanto cuando daba por fin con la persona justa para cumplir con su objeto último que era provocar en el otro la esencia invisible y mentolada, transformadora, obligándola para siempre a no ser partidaria de la verborragia y sí en cambio de la plenitud silenciosa que construye esa mirada de un ser fascinante que esconde el saber y se resguarda en el misterioso acantilado de su origen secreto (el silencio pareciera cumplir con la función de dilatar siempre la belleza y abolir esa suerte de sujeto espantoso del que todo se sabe y poco importa).

         La vida de Brenda produjo justamente eso en Brenda, que lo había perdido cuando caía en la edad de la deformidad, edad, pues, donde las cosas innatas se pierden por un tiempo indeterminado. El sigilo con que se mueve y nos va envolviendo una extraña personalidad que no conocemos y que encima va haciéndose cómplice del destino bonito pero que yace eterno en la superficie y la vanidad. Brenda tomó bien fuerte su moneda verde y ante las miradas atónitas y los ofrecimientos que iban de lo más disparatado hasta la misma vida de una persona, consideró que lo que había sido una mercancía de intercambio para otros era para ella un amuleto con sabor a sentimientos que sus papilas gustativas volvían a recuperar.

         Y así termina la vida de Brenda; pero su final pareciera formar parte de un nuevo ciclo en la forma de crecer de Brenda y esta vez para siempre. De ahora en más nadie podía ser poseedor de algo que ella toda su vida consideró propio pero que por razones del destino (inevitablemente distorsionado para cualquiera y nadie se zafa) no retuvo en lo alto, dos parpados caprichosos y atentos a no mirar ni dejar mirar, a no vivir ni dejar vivir. Son cosas que no se pueden olvidar ni dejar llevar por cualquiera. Cosas que pertenecen y punto y que los demás, Brenda, busquen su propia hostia. 

 

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Comentarios sobre La vida de Brenda

Vaya Historia de Brenda... Me gusta esta parate de la historia, tiene alma y sobre todo reflexión "consideró que lo que había sido una mercancía de intercambio para otros era para ella un amuleto con sabor a sentimientos que sus papilas gustativas volvían a recuperar". Pasa lo mismo con nosotros, hay personas que apreciamos hasta lo más pequeño que nos regala la vida y otros que la pisotean porque lo pequeño no les da felicidad.

Bueno, Nuestra vida es igual que una moneda de chocolate, para unos rico en su sabor peculiar y para otros amargo como el limón.

Un gran abrazote, me gusto mucho leerte.
Dios te bendiga y cuide siempre.
Abrazos!!!

      los mujeres son divertidos

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Alejandro

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